El Libro de Nobac

El Libro de Nobac, escrito por Federico Fernández Giordano, es el ganador del Premio Minotauro 2008. Se trata de una novela que mezcla diversos géneros: aunque domina el misterio de tipo detectivesco, el texto presenta pinceladas fantásticas, de terror e, incluso, de ciencia ficción. Pero en definitiva el elemento fantástico casi puede considerarse secundario, sin llegar a quedarse en un simple MacGuffin por muy poco. Sin que esto sea malo en sí, cabe preguntarse si los responsables del premio tienen miedo de una fantasía más hard (si se me permite tomar prestado el término procedente de la ci-fi, y sin que esto implique la presencia de elfos y dragones), cuando tres de los cinco premios otorgados hasta ahora han sido novelas cuyos elementos fantásticos podrían aparecer sin muchos problemas en según y qué best-sellers de lo que podíamos llamar literatura general (el mainstream de los anglosajones). O quizá sea una cuestión de estrategia comercial, para intentar atraer a un público genérico que rechazaría a priori el género fantástico, pero sería capaz de aceptar ese tipo de elementos si los firma un Dan Brown, un Pérez-Reverte o un Ruiz Zafón. O quizá es que simplemente la novela que más ha gustado al jurado ha tenido esas características y tampoco hay que darle más vueltas al asunto.

Dejando de lado este tipo de reflexiones y pasando al libro ganador este año, lo primero que hay que agradecer (especialmente después de la intrascendencia de la ganadora del año pasado) es que se trata de una novela ambiciosa. Sin embargo, esto no quiere decir que el resultado sea perfecto, ni mucho menos. La trama nos cuenta la historia de Edgar Pym, escritor (fracasado, por supuesto) y de Lisa Lynch, periodista (atractiva, por supuesto). Ambos son contratados por un anciano llamado Valdemar, que posee un inquietante libro, lo que les lleva a investigar su pasado, relacionado con el del (misterioso, por supuesto) profesor Nobac.

Lo estereotipado de los personajes y sus relaciones, incluídos los evidentes homenajes que implican sus nombres, así como la evolución de la trama y ciertas reflexiones que aparecen a lo largo del texto, apuntan hacia un posible juego o reflexión metaliteraria que no acaba de cuajar. Sin embargo, y ese quizá sea uno de los puntos fuertes de la novela, ésta queda lo suficientemente abierta para admitir interpretaciones alternativas. La novela deja los suficientes cabos sueltos (sin que su trama principal quede sin resolver ni excesivamente abierta) para estimular la imaginación del lector.

Si los personajes son lo más flojo del libro, su mayor punto fuerte está en el planteamiento y desarrollo de una trama, que si bien tampoco es que sea un prodigio de originalidad, está bien escrita, sabe atrapar al lector, y consigue mantener el interés hasta sus últimas páginas. Aunque el género dominante es el misterio de tono intelectual, el libro no carece de momentos que provocan la inquietud y una cierta paranoia (¿será por eso que la coprotagonista se apellida Lynch?). De todas formas, es uno de esos casos en que el lector (si es medianamente avispado o ha leído lo suficiente) se empieza a figurar lo que está pasando a media novela, y la hipotética revelación detrás del misterio no lo es tanto cuando llega el último capítulo. Por otra parte, el final parece un poco precipitado y peor estructurado que la creación de la intriga que domina el resto del libro.

Por desgracia, y pasando a un apartado más formal que de contenido, la edición de la novela es francamente mejorable. No hay nada que objetar a la portada (bueno, dejando aparte que no me gustan las portadas que incluyen textos además del título y autor...) ni a lo que es el libro como objeto en sí, pero con respecto al texto, hay mucho que decir. La presencia de erratas es un mal que parece cada vez más asumido y no hay libro que se salve de ellas. Pueden perdonarse (que no aceptarse) errores como ...la cinta del magnetófono se atacó... (pág.168), que hasta resulta gracioso. Más difíciles de admitir son cosas que cualquier corrector ortográfico de un procesador de textos hubiera señalado, como ...no parecía consagtrarse... (pág.16), o ...requería a lgún tipo de distensión... (pág.211).

Sin embargo, hay un tipo de incoherencias y errores que son aún peores y que le dan al texto un aspecto descuidado (y aquí sería más difícil determinar si la culpa es del propio autor o del editor). Hay un par de frases que parecen haber sido corregidas a medias, como ...le pareció bastante descuidada en el inicio iniciales de su recorrido... (pág.17), donde da la sensación de que el autor primero escribió una cosa y luego la cambió, pero se dejó parte de la frase anterior.

Quizá la incoherencia más grave se refiera al año en que está ambientada la novela (aspecto que en principio tampoco tiene la menor relevancia). Si en un momento dado se nos dice ...un día de verano de 1974 - continuó -. De eso hace ya treinta y cinco años... (pág.61), ¿por qué una serie de informes que incluye la novela (y que se suponen escritos durante la acción de la misma) tienen fecha del 99?: las cuentas no salen. Por si fuera poco, y dadas las características de la novela (que tampoco es plan de explicar aquí), esto supone una distracción, pues hace que el lector se plantee si se trata de un error en la novela o es un hecho deliberado dentro de la intriga que presenta la historia.

Además, hacia el final de la historia se percibe un cambio bastante obvio. Si al principio la ambientación era relativamente atemporal, en su conclusión se ve claramente un aumento de los elementos que la atan a la época actual (móviles, portátiles, Internet, Wikipedia...) y que hasta ese momento no habían tenido protagonismo o presencia. En general, estos errores e incoherencias dan la sensación de que estamos leyendo el borrador de una novela escrita hace 10 años, con una conclusión escrita en la actualidad y una revisión no muy cuidadosa. No se trata de afirmar que sea así: obviamente ni lo sé, ni realmente tendría importancia si fuera ese el caso (en lo que se refiere al proceso de creación de la novela; el descuido en la revisión no sería admisible nunca), pero esa es la impresión que da en ocasiones el texto. Si un lector casual, sin hacer una lectura con lupa (a pesar de lo que pueda parecer), encuentra todas estas cosas, ¿qué no podría haber hecho un editor profesional dedicando el tiempo necesario al libro?

Puede argumentarse que estas cosas no afectan a la calidad del texto en sí, lo que sería discutible (de acuerdo respecto a las erratas, no tanto en lo que se refiere al aspecto descuidado). Ciertamente en este libro no son tantas como para hacer incómoda la lectura (aunque cuando ya en las páginas 16 y 17 te encuentras dos seguidas, uno empieza a preocuparse). En cualquier caso, cualquier incidencia de este estilo que distrae de lo que es la lectura propiamente dicho es algo que debería evitarse. Si me encuentro una página impresa al revés también puedo seguir la lectura dando la vuelta al libro y tampoco es culpa de la novela en sí, pero será igualmente criticable. La diferencia es que en ese caso a lo mejor puedo conseguir que me cambien el libro en la tienda por estar defectuoso: con una errata nunca lo he intentado pero no creo que me lo aceptaran. Eso sí, a lo mejor las editoriales empezaban a preocuparse un poco más por el producto que venden.

En conclusión, El Libro de Nobac es una buena novela, que nos cuenta una historia interesante. Si sirve de alguna indicación o referencia, estaría en el punto medio de lo que han sido hasta ahora los premios Minotauro (en una escala donde lo mejor sería Señores del Olimpo y lo peor Los Sicarios del Cielo). Sin embargo, la calidad del libro se ve necesariamente reducida por los defectos que salpican el texto (no todos achacables a los duendes de imprenta) y que dejan con la sensación de haber leído algo a cuya revisión no se ha dedicado el suficiente esfuerzo. Y eso es lamentable en lo que debería ser uno de los lanzamientos estrella de la temporada para su editorial. Igual que no se admitiría como buena una edición en CD del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (o del Nevermind si se prefiere), por muy disco imprescindible que sea, que sonara a hueco o con chasquidos, o con las canciones desordenadas, hay que quitar un punto o dos a la nota final del libro por esos motivos. Y es realmente triste tener que dedicar casi más espacio a comentar esas cosas sobre el libro que a la novela como tal.

Nota: Bien (podría llegar al Notable Bajo con un mejor trabajo de revisión y edición)

Indiana Jones: la Trilogía Original

En 1981, Steven Spielberg venía de fracasar con 1941, una comedia desmadrada bastante inferior (tanto en calidad como en resultados de taquilla) a sus dos anteriores trabajos (Tiburón y Encuentros en la Tercera Fase). Por su parte, George Lucas acababa de producir El Imperio Contraataca, probablemente la mejor película de su archiconocida trilogía galáctica. Lucas había estado pensando en Indiana Jones desde los años 70, rememorando los seriales de aventuras por entregas realizados en los años 30 y 40 (que él había visto en TV), y al parecer ya le había hablado de ello a Spielberg en 1977. A estos dos nombres básicos para esta trilogía se uniría finalmente el tercero: su actor protagonista, un Harrison Ford conocido sobre todo por su papel de Han Solo. A pesar de que Lucas no acababa de estar convencido (pues Ford ya había trabajado con él en sus otras películas, mismo motivo por el que estuvo a punto de no ser Han Solo), era la primera elección de Spielberg, y acabó por imponerse a nombres como los de Tom Selleck o Nick Nolte.

Con la combinación de estos tres nombres se sentaban las bases de lo que acabaría siendo una de las mejores series de películas de aventuras de todos los tiempos. George Lucas aportaba su capacidad de imaginar historias y mundos, reinventando y combinando elementos procedentes de muchas fuentes. Por suerte, Lucas (mejor productor que director) se apoyaba en uno de los directores con más talento de nuestro tiempo, Steven Spielberg. Finalmente, Harrison Ford aportaba su carisma como protagonista. Dicho esto, tampoco habría que olvidarse de John Williams, compositor de una banda sonora (en las tres películas) que acaba de redondear el conjunto, además de crear una serie de temas memorables. Ni del trabajo en el guión de la primera parte de Lawrence Kasdan (guionista también de El Imperio Contraataca), o de la labor en la sala de edición de Michael Kahn, quien se convertiría en montador habitual de las películas de Spielberg.

En Busca del Arca Perdida (1981)

La película empieza con la que acabará convirtiéndose en una de las constantes de la serie: un prólogo sin relación alguna (al menos directa) con el resto de la película. Esto puede verse tanto como una herencia de los seriales en que se basa la creación del personaje y su mundo (en los que es habitual el uso de un cliffhanger, dejando la acción inconclusa al final del episodio para finalizarla al inicio del siguiente), como del inicio de las películas de James Bond (que era lo que se planteaba hacer Spielberg cuando Lucas le dijo que tenía una idea mejor…). En todo caso, esta introducción no es un simple relleno y le sirve a Spielberg para presentarnos al personaje, así como para mostrarnos la primera de las escenas inolvidables de la película: la del robo del ídolo y la huída de la esfera de roca gigante. Además, de una forma u otra, estas escenas tendrán una leve relación con el resto de la trama.

Tras ello, la acción pasa a un ambiente universitario, en la que descubrimos al aventurero de la introducción convertido en un profesor de arqueología, gafas incluidas, en un cambio de aspecto tan radical (o más) que el que se da entre Superman y Clark Kent. Aquí es donde se nos presenta la trama principal, centrada en la búsqueda del Arca de la Alianza, que es “encargada” por el gobierno de los Estados Unidos para que no se hagan con ellas los que son los principales villanos de la saga: los nazis.

La trama nos lleva a diversos lugares exóticos, y conocemos a la chica de la película. Se trata de Marion Ravenwood, hija de un profesor de Jones con la que nuestro protagonista tuvo una relación con aspectos turbios y final doloroso. Marion está alejada del prototipo de chica en apuros (aunque eso no le impide meterse en abundantes líos de los que debe ser rescatada por Indiana), y a lo largo de toda la película da muestras de su iniciativa (y de la resistencia de su hígado). Su intérprete, Karen Allen, encabeza el reparto de coprotagonistas y secundarios, actores poco conocidos pero eficaces, que dan vida a un excelente conjunto tanto de aliados (Marcus Brody, Sallah) como de enemigos (Belloq, la némesis de Jones, o los siniestros nazis encabezados por Toht).

El resto de la película está repleto de escenas inolvidables: el breve enfrentamiento entre Indy y un espadachín en El Cairo (planeado inicialmente como un duelo mucho más largo, pero reducido a lo que se ve en pantalla a causa de los problemas estomacales que afectaban a Ford y a buena parte del equipo), el templo lleno de serpientes (que nuestro héroe odia con todas sus fuerzas), la brutal pelea alrededor del aeroplano nazi, la espectacular persecución en el camión para hacerse con el Arca… Todo ello concluye en un terrorífico y espectacular final apoyado por unos excelentes efectos especiales, realizados (como no) por la Industrial Light and Magic.

Curiosamente, para ser una película “ligera” de aventuras, y obra de un Spielberg al que se suele acusar (no siempre justamente) de forzar los finales felices, esta película concluye con un tono claramente agridulce. Aunque Indiana derrota a los malos y se queda con la chica, la conclusión muestra que el gobierno se ha aprovechado de él y el Arca se esconde en un almacén (que parece adelantarse a lugares similares que veremos en Expediente X) en vez de mostrarse en un museo.

La película fue un éxito tanto entre la crítica como entre el público. Además de ser el título más taquillero de 1981 fue nominada a ocho Oscars (incluido el de Mejor Película), de los que ganaría cuatro, además de un quinto Oscar especial al Montaje de Efectos de Sonido. La clave de su éxito probablemente esté en la recuperación de un estilo de cine de acción y aventuras considerado anticuado en su época, dándole un nuevo barniz de modernidad gracias a los avances tecnológicos y a un guión preciso y lleno de un irónico sentido del humor, encabezados por un personaje y un actor protagonista rebosantes de carisma.

Indiana Jones y El Templo Maldito (1984)

El éxito de la primera película hace se plantee de forma casi inevitable la realización de esta secuela o continuación, aunque curiosamente está ambientada en 1935, un año antes que la película anterior. Entre ambas, Spielberg dirige una de sus películas más conocidas, E.T. (1982), mientras que Lucas concluye su (primera) trilogía galáctica con El Retorno del Jedi (1983). Por su parte, Ford venía de un complejo rodaje en lo que se convertiría en un clásico de culto, Blade Runner (1982).

De nuevo, tenemos una escena inicial ajena al resto de la película, en la que Spielberg homenajea a un par de géneros en los que no había trabajado. Así, los créditos iniciales se ven mezclados con un número musical en el club Obi Wan (uno de los guiños a Star Wars que también abundan en la trilogía) propio de los clásicos de Fred Astaire y Ginger Rogers, y la acción inicial nos presenta a un Harrison Ford que podría perfectamente estar interpretando a James Bond.

Esta vez la trama está más localizada que en la primera parte, sin tanto viaje y cambio de escenario, limitándose a ser una aventura menos “trascendente” situada en la India, alejada de la importancia a nivel arqueológico y estratégico que suponía la búsqueda del Arca de la Alianza. El guión también nos presenta a un Jones que oscila entre sus deseos de buscar fama y fortuna y el comportarse como un héroe (en este caso, salvando a unos niños secuestrados).

Por un lado, esta película tiene un tono más ligero, propiciado por los secundarios que acompañan a Indy. Para empezar, al Doctor Jones le ha “crecido” un compañero infantil, un niño asiático que se hace llamar Tapón, sin duda un elemento creado para que el público más joven empatice con él. Por ello, la película cae en alguno de los defectos que suelen tener las películas con niño, aunque también le sirve a Spielberg para insinuar uno de los temas habituales de su cine, el de las relaciones paterno – filiales. Por otra parte, la chica de la película está muy alejada del papel fuerte que tenía Marion: la cantante Willie Scott responde al prototipo de rubia tonta y superficial. En consecuencia, el humor de la película es bastante poco sofisticado, aunque no por ello menos efectivo.

Por otro lado, esta película tiene algunos de los momentos con mayor oscuridad de la saga. Así, vemos a niños torturados y torturando, corazones arrancados del pecho de sacrificios humanos y al propio héroe maltratando a un niño (aunque sea bajo la influencia de un maligno brebaje), algo inconcebible en el cine comercial estadounidense. Por no hablar de las escenas abiertamente pensadas para provocar desagrado en el espectador, como la de los insectos (que continúan con la tradición iniciada con las serpientes en la primera parte) o la de la cena exótica en el palacio hindú. Como curiosidad, esta película (a sugerencia de Spielberg) condujo a la creación de una nueva categoría intermedia (el PG–13) en las calificaciones por edades estadounidenses, entre el “todos los públicos” y el “para mayores”.

La película también es más abiertamente fantástica que la primera parte. Si en En Busca del Arca Perdida el elemento sobrenatural aparecía poco a poco para estallar en el clímax final, aquí está presente desde el tramo central de la película. Por otra parte, la conclusión de la película depende menos de la exhibición de efectos visuales, aunque no por ello carece de tensión o espectacularidad, gracias a escenas como la persecución de las vagonetas o la del puente colgante.

En general, la película destaca entre las otras dos de la trilogía original por su cambio de temas y escenarios. Por ello mismo, mucha gente cree que carece de los elementos clásicos de las películas de Indiana Jones (los nazis, el desierto, las grandes reliquias religiosas), pero también por eso mismo mucha gente la valora por su originalidad. Y es que con esta trilogía no sucede como con otras, como con Star Wars (en la que parece que el consenso es que El Imperio Contraataca es la mejor de todas), y no hay una película que se considere mejor que las otras.

Indiana Jones y La Última Cruzada (1989)

Entre esta película y la anterior pasaría algún tiempo más que entre la primera y la segunda. Mientras tanto, Spielberg hace sus primeros intentos por ser considerado como un director “serio” con El Color Púrpura (1985) y El Imperio del Sol (1987). Intentos, por otra parte, fallidos: tendría que llegar todavía el momento más adelante con La Lista de Schindler. Lucas, por su parte, se dedicaba a la producción con suerte desigual, desde Dentro del Laberinto (1986) o Willow (1988) a Howard el Pato (1986) y las películas de los Ewoks. Mientras tanto, Harrison Ford se ha convertido ya en una de las mayores estrellas de Hollywood, en títulos como Único Testigo (1985) o Armas de Mujer (1988).

En esta tercera parte se ahonda un poco más en el carácter y, en definitiva, en el personaje de Indiana Jones. Esto ya sucede desde la espectacular escena inicial, que juega con el equivoco de hacernos pensar que estamos viendo al Doctor Jones en acción, hasta que descubrimos que en realidad estamos viendo una aventura del joven Indiana. Una estupenda elipsis nos lleva a la conclusión de la historia en el presente de la película, en el año 1938.

El guión de la película casi puede considerarse un calco o remake de la de la primera parte (y este quizá sea su peor defecto). No sólo es que nos encontramos con los mismos enemigos y reaparezcan personajes secundarios, y que de nuevo se busca un importante objeto de la tradición judeo–cristiana, sino que muchos elementos estructurales de la trama parecen adaptados de En Busca del Arca Perdida. Dicho esto, la película en ningún momento se hace aburrida ni sufre a causa de esta repetición.

El principal hallazgo de la película es el del personaje del Doctor Henry Jones, el padre de Indiana, interpretado por un excelente Sean Connery. La química existente entre Ford y Connery hace de su relación un elemento básico de la película, tanto en sus elementos más cómicos como en los más sentimentales. Por no hablar de la otra excelente pareja cómica que forman Connery y Denholm Elliott, que da vida al inolvidable Marcus Brody, el único hombre capaz de perderse en su propio museo. Quizá porque el núcleo de la película está en la relación entre Indiana Jones y su padre, el personaje femenino está más descuidado, aunque la atractiva Doctora Elsa Schneider cumple con su papel de mujer fatal.

Esta película también cuenta con los mejores momentos cómicos de la trilogía, tanto gracias a lo que es comedia puramente física como a gags apoyados en las ingeniosas frases de su guión. El clímax de la película, además del esperado espectáculo, nos presenta la culminación de la evolución de los personajes principales a la que hemos asistido a lo largo de la película. Y es que la búsqueda del Grial no deja de ser un símbolo de la verdadera búsqueda que realizan los dos Doctores Jones.

El mayor triunfo de esta película es que es más que capaz de ignorar los defectos que le impone la repetición respecto a la primera parte, y sabe convertir en una virtud lo que pudiera parecer un recurso facilón (el emparejar al protagonista con un pariente).

El Futuro de Indiana Jones

Cuando se estrenó la tercera parte, Indiana Jones ya se había convertido en uno de los iconos inconfundibles de la cultura popular moderna. Además de las tres películas, Indiana Jones protagonizaría comics, novelas y videojuegos más allá de las típicas adaptaciones fílmicas. George Lucas también produciría una serie de televisión para contarnos Las Aventuras del Joven Indiana Jones, tan ambiciosa como irregular.

Inevitablemente, durante mucho tiempo se estuvo hablando de una cuarta entrega de la serie (y eso antes de la era de Internet). A bote pronto, algunos de los rumores hablaban de una adaptación del exitoso videojuego Indiana Jones and The Fate of Atlantis, aunque esto parecía más deseo de los fans que algo viable. También se mencionaba que en la hipotética cuarta parte aparecería el hermano de Indiana Jones (por aquello de repetir lo que había dado buen resultado en la tercera película), interpretado nada menos que por Kevin Costner (que a principios de los 90 era una estrella emergente). Todo aquello, como bien sabemos, no pasó del estado de rumor.

Mientras tanto, Steven Spielberg se convertía en una de los más respetados y exitosos directores de cine de la actualidad (y, por que no decirlo, de la historia del séptimo arte), con el público y la crítica rendidos a sus pies. George Lucas tenía tiempo de rodar una segunda trilogía de Star Wars, y acumular el dinero suficiente para dedicarse a hacer lo que quiera, sin importante la opinión del público o la crítica. Mientras tanto, Harrison Ford se dedicaba en estos años a protagonizar productos de calidad cada vez inferior, hasta que se reunión con Spielberg y Lucas para volver al personaje que le dio la fama (con permiso de Han Solo)

El tiempo pasó y, cuando ya parecía imposible, casi 20 años después de la última entrega, se va a producir el estreno de la cuarta película de la saga: Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal. El tiempo ha pasado inevitablemente y la película está ambientada en los años 50 (es difícil pensar en un Harrison Ford sesentón interpretando al personaje que era en los años 30), los malos van a ser los rusos (como corresponde a la época de guerra fría), y hasta es posible que Indiana Jones tenga un hijo (no está muy claro cual es el papel que interpreta el joven Shia LaBeouf). Si el resto de los elementos que han convertido a Indiana Jones en un hito del cine de aventuras seguirán intactos, lo podremos ver en nuestras pantallas muy pronto.

The Making of Star Wars

Como espectadores, pocas veces nos planteamos el esfuerzo y el coste que hay tras la realización de una película. Nos sentamos en una sala oscura y confiamos en que el director y todo el equipo que tiene detrás nos ofrezcan un producto por el que nos haya merecido pagar la entrada. Naturalmente, esto no quiere decir que haya que perdonarle a una película sus defectos porque tenga mucho trabajo detrás, pero sí que es un elemento más a considerar a la hora de hacer un análisis exhaustivo (porque, precisamente, muchas veces ese trabajo ha sido insuficiente).

Este libro escrito por el periodista J.W. Rinzler presenta y detalla la creación de una de las películas míticas de todos los tiempos: La Guerra de las Galaxias. Independientemente de la opinión que se tenga de ella, pocas personas se atreverían a negar que esta película es un título imprescindible a la hora de conocer la historia del séptimo arte, y que marcó un punto de inflexión en la industria y en la forma de entender el cine de ciencia ficción y el espectáculo cinematográfico.

El libro está creado a partir de una buena cantidad de entrevistas y testimonios de la época, y ese quizá sea uno de sus mayores atractivos. En ningún momento se habla de las secuelas, más que como una posibilidad y un punto de enfrentamiento por el que disputarían George Lucas y la Fox. Así, la perspectativa y las opiniones presentadas son siempre de unos años alrededor del estreno de Star Wars (cuando aún no era A New Hope), y las protagonizan prácticamente todos los miembros del equipo, desde George Lucas y los productores de la Fox hasta los técnicos, pasando por los miembros del reparto. Además, no faltan las opiniones de algunos de los amigos de George Lucas: Steven Spielberg, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Brian de Palma…

Aunque el libro no se limita a exponer los fragmentos de entrevistas, sino que los va enlazando y ordenando en orden cronológico, quizá lo que se echa un poco en falta es un poco más de contenido analítico o crítico. En vez de eso, el texto es más bien expositivo y nos cuenta (como avisa en su subtítulo el libro), la historia definitiva detrás de la película original, dejando que el lector saque sus propias conclusiones.

Con casi 400 páginas de buen tamaño (el libro tiene más o menos las dimensiones de un LP), el nivel de detalle que se nos ofrece llega a ser apabullante. También es digna de mencionar la cantidad de material gráfico que se utiliza (probablemente no haya una sola página sin algún tipo de ilustración): fotografías de la época, arte conceptual (como las legendarias láminas creadas por Ralph McQuarrie), storyboards

Pero hay que insistir en que este no es uno de esos libros decorativos, cuyo único interés está en mirar sus imágenes. El texto recoge de forma tremendamente detallada todo el proceso de creación de la película, desde las primeras ideas de Lucas hasta las reacciones de la crítica y el público tras el estreno. Aunque hacer un resumen completo es casi imposible, sí que hay varios puntos que merecen ser mecionados.

En lo que se refiere a la historia propiamente dicha, el texto nos lleva a través de las distintas versiones del guión y de las ideas de George Lucas. Muy pronto queda claro que Lucas resulta tremendamente detallista, y que sus primeras versiones de la historia son excesivas para una única película. Así, poco a poco el guión se va simplificando (y depurando), pero Lucas no abandona la complejidad del universo que está creando. Por supuesto, eso no quiere decir que tuviera planeadas las dos trilogías desde el principio, ni mucho menos. De hecho, muchos de los conceptos e ideas son bastante diferentes de lo que acabarán siendo (sin irse muy lejos, la idea de Darth Vader como padre de Luke Skywalker no aparece todavía en ningún momento). Como curiosidad, Lucas sí que hace en esa época una mención a los denostados (y con razón) midiclorianos que reaparecerán en La Amenaza Fantasma.

El proceso de casting también es narrado con bastante detalle. Es curioso pensar que Harrison Ford al principio sólo iba a las sesiones para dar la réplica a los actores (Lucas no quería repetir actores con los que ya hubiera trabajado, en el caso de Ford en American Graffiti). Y que Han Solo podría haber sido Christopher Walken o Kurt Russell. Y que Jodie Foster tenía muchas posibilidades para ser la Princesa Leia, pero fue descartada porque su juventud (14 años) le impedía trabajar las mismas horas que un adulto.

El rodaje se nos narra prácticamente día a día, con insertos de los planes de rodaje para cada día que permiten ver como van rodándose las escenas, y aparecen los problemas e inconvenientes. También se mencionan aquí algunas de las escenas que acabarían en la sala de montaje, como la relación de Luke con sus amigos o la escena entre Han Solo y Jabba (recuperada/retocada en las ediciones especiales).

Es evidente que Star Wars supuso una revolución en el campo de los efectos especiales, quizá no tanto en lo que se hacía, pero sobre todo en para qué se utilizaban. Así pues, buena parte de la historia de esta película está enlazada con la historia de la ILM (Industrial Light & Magic), la empresa de efectos especiales creada por Lucas para este proyecto, y casi indiscutiblemente líder actual en su campo. Además de los problemas económicos y de gestión, Lucas y la ILM se enfrentaron a los inevitables plazos y fechas de entrega impuestos por el estudio.

Obviamente, el principal protagonista de esta “novela” es un joven director de poco más de 30 años llamado George Lucas. El cineasta californiano es una figura discutida y polémica entre los aficionados al cine en general y a Star Wars en particular, y este libro permite conocerle un poco mejor, al menos en lo que se refiere a la época en que rodó esta película. Los problemas a los que se enfrentó durante la producción, en la que tuvo que poner buena parte de su propio bolsillo para que saliera adelante, y las tensas relaciones con la Fox parecen explicar bastantes cosas. Sin pretender buscar justificaciones o hacer análisis psicológicos "de todo a 100", visto todo eso parece comprensible su aparente obsesión por el control y por disponer del dinero necesario para poder hacer lo que le venga en gana con sus próximas películas. En el libro ya aparecen su insatisfacción con el resultado de la película (que acabará culminando en la creación de las "ediciones especiales") y su agotamiento que le lleva a renunciar a la dirección (pasarían más de 20 años antes de que volviera a ponerse tras las cámaras).

Por todo esto y mucho más, The Making of Star Wars: The Definitive Story Behind the Original Film se presenta como la referencia indiscutible sobre la producción de La Guerra de las Galaxias, y es un libro que no debería faltar en la biblioteca de los aficionados al universo creado por Lucas que quieran conocer en profundidad sus orígenes, o en la de los cinéfilos que quieran conocer el absoluto "como se hizo" de esta película.