Conan el Bárbaro: la Novelización

Raramente una novelización, la adaptación de una película al medio literario, suele resultar una lectura especialmente satisfactoria. Hace años podían ser la única forma de revivir una película en el propio hogar, pero en la actualidad se puede disponer a los 3 meses del estreno de cualquier título en formato doméstico y máxima calidad. Así pues, no parece que una novelización pueda ser poco más que una pieza más de la maquinaria promocional de una película.

Especialmente curioso es el caso de aquellas películas que tienen origen literario, pero cuyo guión ha ignorado por completo esos orígenes y ha creado su propia historia. Ese es el caso de Conan el Bárbaro, escrita por Michael A. Stackpole (cuyo mayor éxito es alguna novela de la franquicia de Star Wars), que noveliza la fallida película de Marcus Nispel, y protagonizada por Jason Momoa.

A favor de los editores anglosajones hay que decir que, también como parte de la promoción de la película, se ha publicado una interesante antología de historias de Conan escritas por Robert E. Howard, con el subtítulo de "las historias que inspiraron la película" (si al menos esto fuera cierto...), que se convierten en un aceptable Best of Conan. Además, consciente del tipo de producto de usar y tirar que es, esta novelización sólo ha sido publicada en formato de bolsillo barato, costando menos de la mitad de lo que cuesta la correspondiente traducción al castellano en tapa dura.

Realmente, el único interés de una novelización de estas características es ver qué es lo que ha hecho otra persona en otro medio con el mismo punto de partida. Cuando acepta un encargo de este tipo, normalmente el escritor recibe una copia del guión sobre la que basarse para componer su libro. Por su parte, el proceso cinematográfico sigue por su camino habitual en el que son previsibles los cambios de guión de última hora o los recortes en la sala de montaje. En consecuencia, no es nada raro que haya diferencias entre lo que se ve en la pantalla de cine y lo que se lee en el correspondiente "libro de la película".

En el caso de este "Conan el Bárbaro", las principales diferencias sirven para paliar un poco algunas (que no todas) de las principales carencias de la historia de la película. Stackpole dedica más tiempo (o espacio) a los personajes que Nispel, lo que beneficia sobre todo a los personajes que rodean a Conan. Las motivaciones de los villanos, Khalar Zym y Marique, están más claras, y el personaje de Tamara y su relación con Conan resultan más creibles. Probablemente sea el personaje interpretado por Rachel Nichols el que mejor parado salga en su versión escrita, demostrando que Nispel no tenía muy claro qué hacer con él. Aún así, esto no quiere decir que los personajes adquieran unas dimensiones que no tienen: siguen siendo bastante planos y estereotipados, pero no tanto como en la película.

Con este libro, Stackpole se une a las legiones de autores de pastiches, haciendo compañía a los Carpenter, Jordan, Perry y otros pálidos imitadores de Howard. El autor demuestra que conoce al personaje o que, al menos, ha hecho los deberes y ha leído algunas cosas para dar cuerpo a su libro. Así, son constantes las referencias a la relación entre Conan y Bêlit, situando esta historia justo después del relato La Reina de la Costa Negra. Igualmente, el libro incluye escenas con el abuelo de Conan y el saqueo de Venarium, unos de los pocos elementos de la infancia de Conan que Howard menciona. El libro también es algo más respetuoso con la geografía Hiboria, con lo que aparece la ciudad de Asgalun (convertida en "Askalon" en la película sin que parezca haber una razón lógica). A Stackpole también hay que agradecerle que nos ahorre un par de escenas que rozan la caricatura en la película, lo que parece indicar que (una vez más) son idea de Nispel o su equipo próximo.

En conclusión, esta novelización demuestra que "Conan el Bárbaro" podría haber sido una película un poco mejor, sin llegar a ser una obra maestra del séptimo arte (o ni siquiera una buena representación...). No hubiera estado presente el Conan creado por Howard, pero hubiera sido como una película decente basada en uno de los pastiches menos malos, o en uno de los comics del montón. Por cierto, que la única mención del libro a Robert E. Howard está en la dedicatoria de Stackpole, aunque sí que se nombra a los autores del guión en que se basa la novela. Aunque a Howard no le suponga ningún beneficio el ver su nombre asociado con esta película (más bien lo contrario...) no deja de parecer una falta de respeto que en ningún momento se diga quien es el creador del personaje.

Conan el Bárbaro

Se hace un poco raro salir satisfecho del cine porque la película que se ha visto no es tan mala como uno se esperaba, pero eso es lo que sucede con Conan el Bárbaro. Lo visto hasta el momento en la mediocre campaña de marketing, sumado al nombre del director asociado al proyecto, no invitaba precisamente al optimismo. Las primeras críticas, tanto de aficionados al género y al personaje como de críticos generalistas, confirmaban en su mayoría estas expectativas. Y es cierto, Conan el Bárbaro no es precisamente una buena película, ciertamente no la que se merecen el personaje y su creador, pero no pueden dejar de encontrarse algunos aspectos positivos entre los abundantes problemas del largometraje.

Aunque la película se ha intentado presentar desde el principio como una nueva adaptación del personaje, la sombra del largometraje de 1982 ha sido difícil de esquivar, y tampoco parece que los productores se hayan esforzado mucho por hacerlo. La coincidencia de titulo y logotipo, el contar el origen del personaje, el ser una historia de venganza, e incluso contar con elementos temáticos y estéticos sospechosamente similares, hacen que no quede muy claro si finalmente estamos viendo un remake o no. Por poner un ejemplo cercano en el tiempo, esta película se parecería en su planteamiento, más que a Batman Begins, a Superman Returns (al menos Bryan Singer es un buen director).

Hay que reconocer que la película lo tiene difícil para contentar a los distintos tipos de espectadores que se enfrentan a ella. Por un lado, a los aficionados del personaje original de Robert E. Howard, que echan de menos la adaptación de las historias originales. Por otro lado, a los fans de Arnold Schwarzenegger, muchos de los cuales consideran una herejía que su ídolo no protagonice la película o, en su defecto, algún otro culturista (o estrella de la lucha). Finalmente, quizá los menos exigentes sean los espectadores "mayoritarios", a los que puede que les parezca raro que Conan no se parezca al antiguo gobernador de California, pero a los que tampoco les importara mucho (algunos, como mucho, puede que incluso sepan que hay cómics de Conan...)

El director de este Conan el Bárbaro es Marcus Nispel, procedente del mundo del videoclip, y cuya carrera incluye un par de remakes de clásicos del terror de los 70 y la fallida película de aventuras Pathfinder: El Guía del Desfiladero (otro remake). Con ese curriculum no podía esperarse gran cosa, aunque quizá con este largometraje haya hecho su mejor trabajo. Sin embargo, todo parece indicar que el es el principal responsable de algunos de los mayores defectos de la película (además, para eso es el director).

Para la historia, de forma difícilmente justificable, se ha optado por ignorar la obra de Robert E. Howard y crear una historia nueva para contarnos el origen del personaje, como ya se hizo en la película de 1982. Hubiera sido muy fácil adaptar uno de los relatos de Howard (o juntar un par), siendo que siempre es mas fácil adaptar textos breves que novelas, y además se hubieran ganado puntos con los fans del personaje literario, y se hubiera podido utilizar la fidelidad al original como herramienta de venta de la película. Sin embargo, se ha optado por el pastiche, por contar una historia que esta más próxima a los títulos publicados en los 80 y 90 por autores de encargo. Y, como sucede con estos mismos libros, no es fácil hacer compatible la historia con una continuidad basada en las historias originales: parece que hay que asumir que el Conan cinematográfico no es el literario. Y, como sucede con muchos de los pastiches, el tono de la historia no es el de los relatos escritos por Howard. Aunque Conan no deja de oponerse en ocasiones a grandes amenazas de proporciones épicas, la mayor parte de las veces los peligros a los que se enfrenta tienen un ámbito mucho más limitado (y, en muchos casos, estas son sus mejores historias). Por el contrario, el Conan de los pastiches (incluyendo la historia de esta película) suele tener que derrotar a un hechicero que quiere hacerse con el poder absoluto y acabar con el mundo como se le conoce.

Por otra parte, quienes han seguido de cerca el proceso de producción de esta película cuentan que el guión definitivo (con ajustes y reescrituras de última hora de gente como Sean Hood, realmente interesado en el personaje original) se ha librado de elementos realmente lamentables que aparecían en los primeros borradores. Aun así, la historia sigue siendo mediocre, como lo son la mayoría de los diálogos, aunque se agradecen algunos guiños a los textos de Howard, por breves y fuera de contexto que estén. También parece ser que la mayor parte del guión dedicado a la exposición o a desarrollar un poco las motivaciones de los personajes se ha quedado por el camino, sea porque Nispel decidió eliminar estas escenas en la sala de montaje o porque ni siquiera se dignó a rodarlas. Como resultado, la película se convierte en una secuencia de escenas de acción tras escenas de acción que acaban saturando al espectador con un ritmo excesivo: la película no se hace larga (tampoco lo es), pero en ocasiones se agradecería un ritmo más pausado.

De cualquier personaje literario pueden existir tantas interpretaciones distintas como lectores, y hay que reconocer que el Conan de esta película está más próximo al creado por Howard que el de 1982. En la película tenemos ocasión de asistir a sus grandes alegrías y a sus grandes melancolías, y vemos a Conan no sólo como un guerrero individualista (capaz de ahuyentar a un enemigo con la fuerza de su presencia), sino también como un líder de hombres. Ahora bien, algunos aspectos son más discutibles. En un momento dado Conan es presentado como un libertador de esclavos, para más tarde aparecer como un torturador sádico: ninguno de los dos extremos parecen propios del Conan de Howard. Por no hablar de su tratamiento de Tamara, la protagonista femenina, que además hace que la evolución de su relación no resulte nada creíble. Pero claro, si Nispel se dedica a dar entrevistas en las que dice que ha querido mostrar a "Conan el Misógino"... Conan no es que vaya a ser un adalid del feminismo, pero ¿misógino?

El mundo Hiborio en el que se mueve Conan está moderadamente bien representado, dando la sensación que se ha querido mantener un tono estético acorde con lo establecido con los actuales cómics publicados por Dark Horse. Dicho esto, no hay pocas incongruencias a poco que uno intente buscarle un poco de lógica y coherencia a la geografía (en su mayor parte inventada para la ocasión) y a las culturas que aparecen en la película. Por cierto, y como anécdota, creo que Conan no menciona a Crom en toda la película: una muestra más del desdén por la ambientación original.

Quien mejor parado sale de la película es sin duda su protagonista, un Jason Momoa que ha sabido superar las dudas iniciales que su selección ocasionó. No era fácil seguir los pasos de un Arnold Schwarzenegger que, a pesar de su poca adecuación para interpretar al Conan de Howard, supo crear una imagen que poca gente consigue separar del personaje. La caracterización de Momoa como Conan es casi perfecta (sólo le faltan los ojos azules...), y su físico resulta más creíble como guerrero que el de un culturista depilado y aceitado. Además, en este Conan no vemos sólo la tremenda fortaleza del personaje, sino también su agilidad felina. Y, por supuesto, Momoa resulta mejor actor que un joven culturista austriaco que apenas podía decir sus frases sin un fuerte acento. En cierto modo, le sucede lo mismo que a James Purefoy en Solomon Kane: actor y personaje merecían una película mejor.

Stephen Lang (Avatar) y Rose McGowan (Planet Terror) dan vida correctamente a los villanos del film, aunque sus personajes resultan excesivos y casi caricaturescos y, de nuevo, lastrados por una falta de definición habitual en toda la película. La belleza de Rachel Nichols (G.I:Joe) es lo único destacable de su presencia en la película. En su descargo hay que decir que el guión tampoco parece tener muy claro si su personaje es más una mujer de acción a lo Valeria o Bêlit, o una típica damisela en peligro, con lo que pasa de un extremo a otro sin más explicación. Del resto del reparto hay que mencionar al siempre correcto Ron Perlman (Hellboy) y a Leo Howard, que interpreta al Conan adolescente en la primera parte de la película, haciendo también un buen trabajo. En general, todos los actores del reparto hacen lo que pueden con las frases que les han tocado en el guión, pero no tienen mucho material con el que trabajar.

También debe mencionarse la breve intervención de Morgan Freeman, que da voz al narrador que introduce la película y explica la transición del Conan adolescente al maduro. Esa transición da muestra una vez más de la ineptitud de Nispel: mientras Freeman nos habla de las aventuras que ha tenido Conan cualquier director hubiera acompañado sus palabras con un montaje ilustrativo. Nispel nos obsequia con una pantalla en negro...

Pasando a considerar los aspectos técnicos, la fotografía y los efectos especiales de la película son correctos, combinando los paisajes de Bulgaria con fondos generados por ordenador para presentarnos unos reinos Hiborios más variados y espectaculares que los que vimos en 1982. Los efectos flaquean más en algunas criaturas generadas por ordenador, como unos prescindibles elefantes que acompañan al malvado Khalar Zym. Vestuario y ambientación en general también aprueban sin problemas, con un equilibrio razonable entre realismo y fantasía. El montaje de las secuencias de acción es igualmente irregular, oscilando entre lo claro de algunas secuencias (la persecución en el bosque) y lo totalmente confuso de otras (el guardián acuático). Como ya se ha comentado, este Conan es más rápido que versiones anteriores en su estilo de lucha, pero también abusa de los tajos dados con la espada empuñada a la inversa (como para apuñalar), que parecen más propios de una película de ninjas que de un bárbaro de Cimmeria. Por su parte, el montaje entre escenas es prácticamente inexistente, sin que llegue a crear una sensación de la distancia o el tiempo que transcurre entre una escena de acción y la siguiente. Este montaje frenético dificulta que ninguna escena pueda tener impacto emocional, pues no se deja tiempo para asimilarlas. Por no hablar de algunos momentos en los que la continuidad parece desaparecer, con amaneceres que se producen de forma instantánea y armaduras que dejan de usarse sin más explicación.

Por supuesto, la película ha caído en la tentación de convertirse al 3D en su post – producción, es de suponer que con los habituales resultados decepcionantes cuando se aborda de esta manera la imagen tridimensional. En general, parece que la producción intenta jugar la carta de ser "cool" y políticamente incorrecta. Esto hace que muchas cosas parezcan ideadas por una mentalidad infantil (o, si se prefiere, inmadura), como si los creadores se hubieran pasado todo el proyecto en plan: ¿y no molaría que...? ¿...que salga un barco cargado por elefantes? ¿...que el malo use una cimitarra doble? ¿...que la mala lleve unas garras a lo Freddy? ¿...que los Pictos gruñan como animales? ¿...y si la hacemos en 3D?. Y, además, para que se note que vamos en serio, vamos a decir que haya sangre y tetas... (aunque luego hay más de todo eso en series de TV como la excesiva Spartacus). Hubiera sido preferible una película más fiel a Howard (o, al menos, mejor hecha) aunque hubiera sido "para todos los públicos" (aunque, de acuerdo, no hubiera sido fácil...)

Si hay algo que casi nadie discute de la película de 1982 es que la música compuesta por Basil Poledouris es una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine. Fuese quien fuese el elegido para esta película, lo iba a tener francamente difícil para evitar las comparaciones. Si encima el elegido es Tyler Bates, un compositor con un estilo totalmente diferente, más apropiado para la creación de texturas que de melodías, la batalla puede darse por perdida de antemano. Bates hace uno de sus habituales trabajos funcionales, sin nada especialmente memorable, pero que tampoco funciona mal en el contexto de la película.

Lo peor de todo, al menos para los aficionados al Conan de Howard, es que una vez más se perpetúa entre el público una imagen incompleta y sesgada del personaje, y se le relaciona con una película que va a ser sinónimo de decepción. Por otra parte, el batacazo en taquilla de la película en el fin de semana de su estreno hace que las perspectivas para Conan como franquicia cinematográfica no sean buenas. La película cuenta con la desventaja en taquilla de su clasificación por edades: un “R” raramente garantiza resultados espectaculares de recaudación. El marketing del proyecto ha sido sin duda insuficiente, y no se ha sabido interesar a un público saturado por remakes (o similares…). Las críticas y el “boca a oreja” tampoco parece que le vayan a hacer aumentar los ingresos, aunque es un título que puede funcionar bien en el mercado doméstico. Teniendo en cuenta que el fin de semana de su estreno la película ha recaudado más o menos lo mismo que recaudó la de 1982 (sin ajustes por la inflación), puede decirse sin miedo a equivocarse que la película ha sido un fracaso.

Lógicamente, esta no es una película que sea un buen modelo a seguir para lanzar una serie de títulos protagonizados por Conan, y quizá un éxito en taquilla hubiera transmitido el mensaje de que esta es la manera de llevar al personaje a la gran pantalla. Con unos resultados simplemente mediocres, siempre queda la esperanza de que un mejor director haga un trabajo de mayor calidad en las inevitables continuaciones (pues el protagonista adecuado parece haberse encontrado). Además, Sean Hood ha comentado su interés por desarrollar un guión a partir de un par de historias de Howard, posiblemente con Black Colossus como historia principal y empleando The Frost Giant's Daughter como secuencia introductoria (a lo 007). Ahora, llegar a ver algún día esto hecho realidad parece menos probable, sobre todo gracias a Marcus Nispel y a los responsables de esta historia (productores y guionistas), que quizá es que simplemente no hayan sabido hacer un trabajo mejor por mucho empeño que hayan puesto (eso hay que reconocérselo: se nota mucha más desidia y desgana en la cuarta entrega de Piratas del Caribe, por ejemplo). Aunque si se tiene en cuenta que se van a estrenar secuelas de Ghost Rider y de G.I. Joe, quizá todo es posible y dentro de unos pocos años podamos ver de nuevo a Conan espada en mano, dominando las relucientes salas de cine.

El Que Escribe Desde las Sombras: Las Colaboraciones y Revisiones de H.P. Lovecraft

Lovecraft necesitaba dinero. Tras una infancia más o menos acomodada, las circunstancias situaron al autor de Providence en una complicada situación adulta, con necesidad de ganarse el sustento y con poca capacidad e inclinación para dedicarse a oficio alguno. Ni siquiera consideraba la escritura como una actividad profesional, viéndose a sí mismo eternamente como un aficionado. Sin embargo, su habilidad con las palabras sí que le permitió ganar algunos dólares mediante el oficio de revisor o, directamente, ghost – writer (lo que en castellano se suele conocer como un negro: alguien que escribe textos que firman otros).

Las tareas de Lovecraft como revisor pueden encuadrarse en dos grandes grupos. Por un lado, no solía negarse a examinar y revisar textos a sus amistades y conocidos (trabajo por el que, presumiblemente, no cobraría). Por otra parte, llegó a anunciarse en prensa y aceptaba encargos que iban desde las revisiones editoriales normales, al desarrollo de relatos desde cero (o, al menos, desde una breve sinopsis proporcionada por el cliente).

Estas revisiones y colaboraciones no pueden dejarse de lado al examinar la obra de Lovecraft, especialmente teniendo en cuenta que suponen un número importante de títulos en relación a su obra “en solitario”, y que en muchos casos son relatos de Lovecraft en todo menos en la firma de publicación. En todo caso, no siempre es fácil saber cuando empieza la labor de Lovecraft y cuando acaba la de su co–autor. En algunos casos pueden descubrirse pistas e indicios en la correspondencia del autor, lo que puede llegar a provocar que se descubran aún en nuestros días textos en los que Lovecraft intervino en alguna medida. Aunque en ocasiones también aparecen confusiones y casos dudosos, como sucede con el relato The Thing in the Moonlight, originado en la narración de un sueño a Donald Wandrei y “completado” en 1941 por J. Chapman Miske, considerándose en ocasiones como un relato de Lovecraft, cuando nunca tuvo esa pretensión.

También debería mencionarse aquí The Challenge From Beyond (1935), a pesar de tener más valor como curiosidad y por las credenciales de los participantes, que como relato en sí mismo. Se trata de un cuento escrito mediante el sistema round–robin (es decir, por turnos) en el que participaron C.L. Moore, Abraham Merritt, H.P. Lovecraft, Robert E.Howard, y Frank Belknap Long. En general, cada autor da muestra de su estilo propio, y el relato adolece de una diversidad de estilos y una orientación y objetivos poco claros.

Finalmente, mención aparte merece lo que se ha dado en llamar “colaboraciones póstumas”. En muchos casos, se trata de relatos escritos a modo de homenaje a partir de textos inacabados o fragmentos de cartas, como por ejemplo The Treader of the Dust (1935) de Clark Ashton Smith, The Black Tome of Alsophocus (1969) de Martin S. Warnes, o The Snouted Thing (1991) de J. Vernon Shea. En todo caso, la intervención de Lovecraft se reduce a ser el desencadenante del relato. Pero sin duda alguna el mayor “colaborador póstumo” de Lovecraft fue August Derleth, responsable por otro lado de popularizar la obra lovecraftiana. Derleth publicó un total de dieciseis historias firmadas por Lovecraft y él mismo. En realidad se trata de relatos escritos y desarrollados totalmente por Derleth, basados en algún apunte del cuaderno de ideas y anotaciones de Lovecraft, cuya involuntaria participación se reduce a eso.

Primeras Colaboradoras


Las primeras colaboraciones en las que participó Lovecraft parecen haberse originado a partir de verse incolucrado en el campo del periodismo amateur.

Su primera colaboradora fue Winifred V. Jackson, una poetisa sin talento para la prosa (según Lovecraft), con la que se ha especulado acerca del posible interés romántico que habría tenido el autor. En The Green Meadow (1919) se presenta una la descripción inacabada de otro mundo a partir de un extraño cuaderno encontrado en un meteorito. Por su parte, en The Crawling Chaos (1920) es una sobredosis de opio lo que provoca un viaje onírico a otro mundo en el que se presencia su destrucción. En ambos casos se trata de relatos muy similares a otros de la etapa Dunsaniana de Lovecraft, clara (y explícitamente) emparentados con el resto de su Ciclo Onírico. Como curiosidad, ambos relatos fueron publicados con la doble firma de sus dos autores, pero escondidos bajo pseudónimos.

Poco se sabe de Anna Helen Crofts, con la que Lovecraft comparte la autoría de Poetry and the Gods (1920), un breve relato de apreciación y exaltación del lenguaje poético protagonizado por una versión femenina del típico personaje lovecraftiano.

Lovecraft también colaboró en un par de ocasiones con Sonia H. Greene, antes de contraer matrimonio con ella. The Horror at Martin's Beach (1922), también conocido como The Invisible Monster, está escrito a partir de un borrador realizado por Greene. Se trata de un relato de horror ambientado en una localidad costera en el que se puede intuir algo del Lovecraft dedicado al terror marino. Más flojo resulta Four O'Clock (1922), una historia de obsesión psicológica y culpa en la que se intenta fallidamente crear tensión mediante el recurso de la repetición de una frase.

Amigos y Patronos


Lovecraft era amigo de la familia Eddy, con uno de cuyos miembros (C.M. Eddy Jr.) compartiría relatos y oportunidades de trabajo, gracias al trabajo de Eddy como agente de Houdini. En el caso de los relatos co–escritos con Eddy, la labor de Lovecraft parece ser más la de revisor y editor que la de escritor en la sombra.

Poca influencia de Lovecraft puede encontrarse en Ashes (1924) un melodramático relato sobre un científico loco y un compuesto que lo transforma todo en cenizas. Siendo muy generoso, puede verse en esta historia una fuente de inspiración para The Case of Charles Dexter Ward.Más trabajo de re–escritura parece que hubo en The Ghost–Eater (1923) un relato de fantasmas (con toques de licantropía) correcto pero sin nada destacable. El mejor relato de esta pareja probablemente sea The Loved Dead (1923), una macabra historia de necrofilia, al parecer considerada escandalosa cuando se publicó (lo que aumentó las ventas de Weird Tales). La última colaboración con Eddy es Deaf, Dumb, and Blind (1923), una interesante idea con una estructura típicamente lovecraftiana a la que sin embargo le falta “algo”. Se trata de la historia de una muerte en extrañas circunstancias, descrita por un mutilado de guerra con amplias limitaciones sensoriales.

El famoso mago y escapista Harry Houdini fue utilizado como gancho publicitario por la revista Weird Tales. Al parecer, Lovecraft escribió la única columna firmada por Houdini que apareció en la revista, pero también escribió completamente (a partir de una supuesta historia real que le contó Houdini) un relato que aparecería firmado por el escapista. Eddy, Lovecraft y Houdini también tenían en proyecto un libro The Cancer of Superstition, dedicado a combatir la superstición, que quedó abandonado con la muerte del mago.

Under the Pyramids (1924), también publicado como Imprisoned with the Pharaohs narra en primera persona (el protagonista se supone que es el propio Houdini) una terrible visión o sueño presenciada en Egipto. La primera parte del relato es casi un cuaderno de viajes dedicado a Egipto y El Cairo, seguido por el descubrimiento de unas horribles momias híbridas. Probablemente esta sea una de las mejores “colaboraciones” en las que participó Lovecraft.

Revisor Profesional


A medida que aumenta la reputación de Lovecraft y su círculo de corresponsales, los trabajos de colaboración se vuelven más variados, y empezando a incluir tanto a aficionados como a profesionales de la escritura.

Wilfred Blanch Talman era un colaborador habitual de Weird Tales y llegó a actuar como agente de Lovecraft, que le re–escribió el relato Two Black Bottles (1926), una historia más bien floja de brujería y magia negra, robo de almas y asesinatos.

El traductor, periodita, autor, abogado y erudito de origen judío Adolphe de Castro al parecer era uno de los clientes más fiables de Lovecraft, con el que trabajó en un par de ocasiones. The Last Test (1927) es un detallista relato al que le sobran extensión y melodrama, y al que Lovecraft aportó el origen alienígena de la enfermedad alrededor de la que gira la historia. En The Electric Executioner (1929) se parte de una idea central interesante (un inventor loco atrapa a un hombre en un tren), pero de nuevo le sobra detallismo y la parte sobrenatural (que mezcla los mitos de Cthulhu con los aztecas) tampoco aporta nada.

Quizá el más consagrado de los escritores con los que colaboró Lovecraft fuera Henry S. Whitehead, un antiguo misionero que había quedado fascinado por las costumbres y tradiciones caribeñas. En The Trap (1932) Lovecraft es el completo responsable de la parte central, que describe detalladamente otra dimensión a la que ha sido trasladado un estudiante mediante un misterioso espejo. Bothon (1946) también tiene elementos típicos de la obra lovecraftiana, pero está menos logrado que otros relatos similares. En este caso, un golpe en la cabeza altera los sentidos del protagonista y le permite recordar su existencia prehistórica en un legendario continente. Whitehead además empleó una idea de Lovecraft para su relato Cassius.

Duane W. Rimel es otro autor con el que Lovecraft colaboró en alguna ocasión y con el que compartió la idea de lanzar una revista de ciencia ficción. The Tree on the Hill (1934) trata de un extraño árbol que sirve de puerta a otro mundo, pero su interesante planteamiento se ve estropeado por su flojo desarrollo. The Disinterment (1935) es un relato de horror en primera persona con científico loco. Sus personajes actúan de forma poco creíble y Lovecraft ha tratado mucho mejor en otras ocasiones este tipo de horror personal. The Jewels of Charlotte (1935) quiere ser ambiguo pero se pasa de la raya y se convierte en, directamente, flojo. Un último relato, el Dunsaniano The Sorcery of Aphlar (1934) pertenece a la categoría de colaboraciones en las que la participación de Lovecraft es dudosa.

Aunque la colaboración más conocida con E. Hoffman Price es Through the Gates of the Silver Key, también trabajaron juntos en Tarbis of the Lake (1934), un forzado relato de ambiente más o menos exótico en el que un hombre se obsesiona por la mujer a la que ama, que resulta ser una momia egipcia.

Uno de los más pintorescos clientes de Lovecraft debió ser William Lumley, interesado por el ocultismo, y que afirmaba ser un antiguo marino que había presenciado todo tipo de cosas extrañas. En The Diary of Alonzo Typer (1935) abundan los elementos propios de los Mitos de Cthulhu (aunque es difícil saber si los incluyó Lovecraft o ya estaban en el borrador original de Lumley). Por lo demás, es un clásico relato de casa encantada que afecta al estudioso que va a investigarla. Lovecraft permitió que Lumley se quedará con todo el dinero cobrado por el relato, y este le obsequió una traducción del Libro de los Muertos.

Kenneth Sterling acabaría abandonando la escritura por la medicina, pero él y Lovecraft firmaron la publicación de In the Walls of Eryx (1936). Se trata de toda una rareza en la obra lovecraftiana, pues se trata de un relato de ciencia ficción “tradicional” sobre un colono humano en Venus. Por lo demás, el relato no es muy destacable, aparte de por un final que podría considerarse relativamente “moderno”. Lovecraft duplicó la extensión del relato a partir del borrador de Sterling.

Zealia Bishop


Zealia B. Reed era una joven viuda (con un hijo) que intentaba ganarse la vida con la escritura y a la que una amigo común puso en contacto con Lovecraft para que le echara una mano (remunerada, eso sí). Lovecraft, que escribió totalmente tres relatos a partir de unas breves sinopsis de su cliente, tuvo bastantes problemas para recibir sus honorarios, especialmente después de que la viuda volviera a casarse y se conviertiera en Zealia Bishop. Por lo demás, la mayor parte de su obra gira alrededor de la literatura romántica, no de la fantástica.

The Curse of Yig (1928) es un interesante relato acerca de una maldición de un antiguo dios indio de las serpientes (Yig no es presentado nunca como un miembro del panteón cthulhoideo, a pesar de que muchos imitadores lo utilizarán así), que acaba con un matrimonio y engendra una horrible criatura.

La “colaboración” más extensa de todas las realizadas por Lovecraft es The Mound (1930). A partir de lo que parece una típica historia de fantasmas indios (esa era la sinopsis de Bishop), lovecraft desarrolla una historia de una extraña civilización prehistórica que pervive hasta nuestros días. No tan logrado como otros relatos similares (probablemente porque la civilización no es lo bastante “alienígena”), contiene aún así elementos interesantes, como es el uso de las tradiciones americanas. Esto ya aparecía en el relato anterior, y es una característica diferenciadora de los relatos firmados por Bishop (pero escritos por Lovecraft...)

El más flojo de estas tres historias es Medusa's Coil (1930), la versión lovecraftiana del mito de la Górgona. A pesar de algunas partes interesantes, el resto es prescindible o excesivo. Además, el relato tiene un “golpe” final tan racista como inútil, que incluso llegó a ser censurado por Derleth al publicar el relato.

Hazel Heald


No es mucho lo que se sabe de Hazel Heald, aparte de que fue presentada a Lovecraft por la familia Eddy, y que sus intenciones románticas hicieron que el autor de Providence se distanciara de ella. El trabajo de Lovecraft en este caso se centró en la re – escritura de un total de cinco relatos de Heald, convirtiéndose así en una de las colaboraciones más prolíficas.

The Man of Stone (1932) es una historia acerca de un brujo vengativo en la que Lovecraft introdujo elementos propios de los Mitos de Cthulhu para intentar darle otro aire.

Una de las mejores obras escritas en pareja por Lovecraft es sin duda The Horror in the Museum (1932), una especie de Pickman's Model ambientado en un siniestro museo de cera y aderezado con elementos de los Mitos de Cthulhu y toques macabros.

En contraste, Winged Death resulta más flojo, a pesar de su interesante planteamiento que mezcla ciencia y superstición, y le sobra alguna que otra página.

A pesar de algunos defectos, también es muy bueno Out of the Aeons (1933), que gira alrededor de una extraña momia en un museo y la actividad que genera. Se trata de una historia de los Mitos de Cthulhu en estado puro, quizá más parecida a sus imitadores que al propio Lovecraft, pero aún así imprescindible.

Mucho menos original es The Horror in the Burying–Ground, un correcto relato macabro que se deja leer, ambientado en un cementerio y protagonizado por un enterrador.

Robert H. Barlow


El autor que en más ocasiones colaboraría con Lovecraft fue el joven de Florida Robert H. Barlow, al que consideraba un autor muy prometedor. Sin embargo, el principal papel de Barlow en relación con la obra de Lovecraft estaría relacionado con la labor de conservación de los manuscritos del escritor, que le nombró su albacea literario a su muerte.

The Hoard of the Wizard–Beast (1933) es una breve pieza fantástica no especialmente destacable sobre un tesoro y su guardián. Igualmente breve es The Slaying of the Monster (1933), que trata con tono de fábula la historia de un pueblo que se dirige a matar al monstruo que los amenaza.

Otra rareza es The Battle That Ended the Century (1934), una pieza cómica sobre un combate de boxeo en la que aparecen caricaturizados (empleando los apodos habituales creados por Lovecraft) amigos y conocidos, que parecen ser los verdaderos destinatarios de la historia (más allá del gran público).

El estilo de Barlow empieza a aparecer en “Till A' the Seas” (1935), un relato ambiental y atmosférico que describe la muerte del último habitante de una Tierra moribunda debido a una catástrofe ambiental descrita con una sorprendente clarividencia y precisión.

Poco puede decirse de Collapsing Cosmoses (1935), una viñeta incompleta de ciencia ficción interplanetaria.

Como otras historias, The Night Ocean (1936) tiene su origen en un sueño de Lovecraft. El relato consiste sobre todo en la creación de una atmósfera poética y reflexiva mientras el artista protagonista reposa en una localidad costera y encuentra algún elemento misterioso.

Colaboraciones y Conclusiones


Ninguno de los relatos que Lovecraft escribió en colaboración (entiendo este término de la manera más amplia posible) estará nunca incluido en lo mejor de su obra. Al fin y al cabo, estos relatos eran un trabajo y es poco probable que le despertaran tanto interés (y, por lo tanto, dedicación) como los desarrollados a partir de ideas propias. Aún así, en esta categoría hay un puñado de relatos que merecen ser considerados por lo menos en la “segunda división” de la obra de Lovecraft. Muchos autores, entre los que seguramente pueda incluirse a la totalidad de sus colaboradores, nunca pueden aspirar a tanto.