Las Aventuras Picantes de Wild Bill Clanton (por Sam Walser) [Revisión]

Antes de empezar con esta entrada, se hace necesario explicar el porqué de esta revisión. No es raro (especialmente con autores prolíficos) que al intentar escribir sobre una determinada categoría de relatos, haya algunos que se queden al margen, por no tener acceso a ellos. Igualmente, tampoco es raro que en un momento determinado se logre dicho acceso, con lo que el artículo original puede beneficiarse de las novedades. Esto es lo sucedido en este primer caso (que probablemente tampoco sea el último), especialmente con la publicación de la antología "Spicy Adventures" por parte de la Robert E. Howard Foundation. Se podría haber añadido simplemente un breve párrafo con los nuevos textos, pero se ha preferido repetir la publicación del artículo completo (pues puede haber otras pequeñas modificaciones).

Hacia el final de su carrera, probablemente acuciado por la necesidad económica (acrecentada por la enfermedad de su madre y los problemas para cobrar los relatos vendidos a Weird Tales), Howard vendió una serie de relatos a la revista Spicy–Adventure Stories (algo así como “Historias de Aventuras Picantes”). Que Howard no parece muy orgulloso de dedicarse a este tipo de material parece indicarlo el que las firmara con el pseudónimo de Sam Walser (Howard también empleó otros pseudónimos, pero normalmente lo hacía para saltarse así la política de las revistas de publicar sólo un relato por autor en cada número).

La mayoría de estos relatos están protagonizados por Wild Bill Clanton, aventurero y marino (como debe ser, con una novia en cada puerto) en los mares del Sur. Clanton es pendenciero y mujeriego, además de dedicarse (entre otras) a ocupaciones tan poco edificantes como el tráfico de armas o de esclavos. La obra de Howard está llena de protagonistas amorales, que difícilmente podrían ser calificados como heroicos. Sin embargo, Clanton sería directamente un personaje despreciable, sin ningún rasgo que lo redima.

Las heroinas de estos relatos combinan el papel de “damisela en apuros” con una actitud sorprendentemente independiente y activa, resultando habitualmente más astutas que sus compañeros masculinos. Ahora bien, eso no las libra de ser víctimas de los intereses de los hombres (tanto de los “buenos” como de los “malos”). En todo caso, ninguna de ellas se encontraría entre los mejores personajes femeninos creados por Howard.

El erotismo de estos relatos resulta bastante inocente para el lector moderno, y sólo va un poco más allá del que puede encontrarse en algunas de las historias de Conan. Básicamente, se trata de relatos de aventuras exóticas en los que se presta especial atención a la mención de las curvas femeninas, que suelen quedar expuestas a la vista con más frecuencia de lo habitual. En todo caso, hay que señalar la existencia de dos versiones distintas en muchos de los relatos: la original escrita por Howard (publicada en 2011) y la que se publicó en su momento en las revistas, previamente censurada. Aún así, el grado de erotismo explícito de estos relatos (considerados pornográficos en su momento) puede ser el mismo que hoy en día puede encontrarse en novelas románticas orientadas al público femenino: los tiempos cambian.

La provocación que buscan estos relatos está más en la insinuación de actividades consideradas ilícitas para el público (llama la atención que se sugiera habitualmente la existencia de sexo interracial), que en la descripción detallada de los encuentros sexuales (que normalmente llevan implícita cierta carga de violencia). Eso explica que los protagonistas se muevan por los estratos más bajos de la sociedad, que los hombres sean delincuentes sin escrúpulos, y que las mujeres estén muy alejadas del prototipo de ama de casa norteamericana de los años 30. En resumen, se trata de contar una historia con diversos elementos considerados tabú por la sociedad biempensante de la época.

En She Devil (abr-1936) [The Girl on the Hell Ship] asistimos por primera vez a como Clanton hace uso de su astucia y de sus puños para derrotar a sus enemigos y quedarse con la chica, la hispano – irlandesa Raquel O’Shane.

Ship in Mutiny (1983) es una continuación del anterior, con la misma pareja protagonista, en la que se ven mezclados con una tribu de una isla perdida de los Mares del Sur.

Desert Blood (jun-1936) [Revenge by Proxy] supone un cambio de escenario, al pasar a Argelia, donde Clanton se ve metido en líos por culpa de una mujer y del tráfico de armas. También vemos que Clanton no tiene ningún problema con el color de la piel de las mujeres.

The Dragon of Kao Tsu (sep-1936) vuelve a Singapur para contarnos una intriga comercial alrededor de una antigüedad. Hay una escena que podría calificarse fácilmente como de violación, yendo demasiado más allá de lo que sería la habitual actitud agresiva del héroe y la resistencia (sólo inicial) de la chica en estos relatos.

En The Purple Heart of Erlik (nov-1936) [Nothing to Lose] la protagonista parece ser más la heroína Arline (chantajeada para robar una joya) que el propio Clanton, que sólo aporta sus puños de hierro a la acción.

Murderer’s Grog (ene-1937) [Outlaw Working] es una floja historia ambientada en la India, en la que un Clanton traficante de armas es manipulado y utilizado por sus enemigos.

Esos son los relatos eróticos protagonizados por el inmoral Clanton, pero no serían los únicos de ese estilo que escribiría Howard. Como por ejemplo, el entretenido Guns of Khartum (1975), que mezcla las aventuras exóticas y el típico rescate de la heroína en apuros, con un protagonista más heroico que Clanton y un sorprendente detalle en el trasfondo histórico (sorprendente para un relato de este género, pero no para Howard). Este relato podría encajar perfectamente en una antología protagonizada por El Borak y personajes similares.

Por su parte, Daughters of Feud (1976) probablemente sea de los relatos más explícitos y de contenido más claramente erótico (siempre dentro de los parámetros de los años 30, claro está). El protagonista es un profesor en un colegio en el que se recomienda el uso del castigo corporal como medida disciplinaria. Como era de esperar, en la historia abundan los elementos sadomasoquistas: desde los azotes a las amenazas de castración. Aún así, Howard también incluye aquí elementos de los habituales en su obra, como la ambientación americana y los feudos que también aparecen en sus westerns.

También se incluirían en esta categoría un par de obras teatrales de título similar: Bastards All! (1987) y Songs of Bastards, escritas por Howard como diversión para compartir con su amigo Tevis Clyde Smith, y nunca pensando en su publicación (por lo que son un poco más explícitas en su lenguaje). Se trata de dos piezas cortas, ambientadas en la Inglaterra Isabelina, y de estilo picaresco y humorístico. Finalmente, hay que incluir en la producción erótica de Howard al relato Miss High-Hat (1986), al parecer también de corte ligero, y She-Cats of Samarcand (1999) es el título habitualmente dado a una breve sinopsis de Howard sobre una historia de espionaje (con elementos eróticos), más en la línea de los relatos de Clanton.

Como puede verse, Howard no consiguió vender muchos de estos relatos, aunque no hay que perder de vista que el erotismo de Wild Bill Clanton dio a Howard en su día más historias publicadas que personajes hoy más populares, como Cormac Mac Art o, incluso, Kull de Valusia.

Partiendo de la base de que estos relatos son puramente alimenticios, bastante repetitivos, y tienen más de lo que hoy podríamos llamar exploitation que de literatura, resultan una lectura entretenida si se toman con cierto sentido del humor y un necesario distanciamiento. En el momento en que los escribe, Howard está en su mejor momento como escritor y aunque parece obvio que no les dedicaría tanta atención y esfuerzo como a otros relatos, su habilidad como autor se nota.

Tros de Samotracia

Talbot Mundy es uno de esos autores hoy prácticamente desconocidos, pero que tuvieron su momento de popularidad a principios del siglo XX. Entre los autores que se consideran influidos por él se encuentran numerosos autores de género fantástico, desde los casi contemporáneos como Robert E. Howard, E. Hoffman Price, Leigh Brackett o Fritz Leiber, hasta escritores de épocas posteriores como Robert A. Heinlein o Marion Zimmer Bradley.

Su especialidad eran los relatos de aventuras ambientadas en la India colonizada por los británicos, salpicadas con dosis de misticismo oriental, cuyo ejemplo más famoso sería su novela King of the Khyber Rifles. El propio Mundy (cuyo verdadero nombre era William Lancaster Gribbon) conocía estos ambientes y no era ajeno a una vida de aventuras, pues dejó su Londres natal a los 16 años para viajar por África, India y otros lugares de Oriente (tanto el Próximo como el Lejano), y establecerse a los 30 años en Estados Unidos. Poco después empezaría a publicar sus textos en revistas pulp especializadas como Adventure o Argosy.

A mediados de los años 20, Mundy empezó a publicar las aventuras de Tros de Samotracia, un noble griego que se enfrenta a Julio César en el contexto de la invasión romana de las islas británicas. Sus historias tenían la forma de novelas cortas apareciendo en la revista Adventure entre Febrero de 1925 y Febrero de 1926. Sus títulos eran los siguientes: Tros of Samothrace, The Enemy of Rome, Prisoners of War, Hostages to Luck, Admiral of Caesar's Fleet, The Dancing Girl of Gades, y Messenger of Destiny (publicada en tres entregas). Posteriormente se publicaría en 1929 la novela Queen Cleopatra, y en 1934 se recopilarían en formato de libro (con un grosor importante) las novelas cortas publicadas originalmente en Adventure. Finalmente, en 1935 Mundy publicaría las últimas aventuras de Tros en la novela The Purple Pirate.

La existencia de secuelas a los relatos originales, así como la recopilación de estos en tapa dura, da idea de la popularidad alcanzada en su día por el personaje. Quizá una buena parte de esta popularidad se deba a la polémica provocada por la imagen desmitificada de un Julio César y un Imperio Romano presentados como imperialistas y dictatoriales. Para el lector moderno (que puede haber visto una imagen similar desde pequeño en los comics de Asterix) esto no resulta especialmente chocante, pero es comprensible que en los años  20 y 30 esto resultara casi revolucionario.

El primer volumen, Tros of Samothrace, resulta un tanto irregular. Esto se debe sin duda al origen del libro, compuesto por historias más o menos continuas, pero sin la verdadera sensación de unidad que tendrían de estar pensadas originalmente como novela independiente y no como relatos aislados. Otro elemento a considerar es que estas historias componen el periodo en que Mundy está familiarizándose con el personaje, por lo que las partes finales resultan más satisfactorias que las iniciales. En general, además, Mundy parece resultar más efectivo cuando se dedica a narrar intrigas y conspiraciones que en las secuencias de acción.

La extensión de este primer libro ha hecho que en la mayoría de sus re-ediciones haya sido separado en diversos volúmenes. En alguna ocasión se ha respetado la división original de las novelas cortas para hacerlas coincidir con la separación en volúmenes, pero en la mayor parte de los casos se ha optado por una división arbitraria. Ese ha sido el formato adoptado por la edición en castellano, lo que contribuye a acentuar la irregularidad provocada por el origen de los textos.

La historia gira alrededor de la presencia de Tros en Britania y sus enfrentamientos con los romanos de Julio César, presentado como su némesis, que le llevarán hasta la misma Roma. El relato de César es realista, sin ocultar sombras pero también sin negarle méritos, reconocidos por el propio Tros. De todas formas, los personajes en general no serían el fuerte del libro (de nuevo, es fácil achacar esta limitación al hecho de que estamos leyendo una serie de novelas cortas y no una novela como tal), a pesar de la presencia de una serie de personajes recurrentes. El propio Tros sería el personaje mejor representado (sin que esto tenga mucho mérito), y en ocasiones resulta demasiado perfecto (aunque no exento de debilidades) y poco detallado, casi más un arquetipo que una persona real.

El elemento más "fantástico" lo representa el valor que da un Mundy interesado en el misticismo a las religiones mistéricas, como una especie de culto universal que une a gentes tan separados como los Samotracios y los Druidas Galos y Británicos. El seguimiento de estos Misterios (lógicamente nunca demasiado detallados), de los que Tros parece ser un creyente no demasiado firme, permiten al noble griego, entre otras cosas, demostrar conocimientos avanzados como su afirmación de que la Tierra es redonda y las ideas que pone en práctica al construir su barco Liafail (como el proteger el casco con placas de estaño).

En Queen Cleopatra, la presencia de Tros es prácticamente testimonial, convertido en un personaje secundario de la historia (y no de los más importantes). La trama gira alrededor de la historia de la presencia de Julio César en el Egipto de la reina Cleopatra, que son los verdaderos protagonistas. Así, si la novela anterior era más bien un relato (o serie de relatos) de aventuras, esta puede considerarse más bien como una novela histórica. El estilo de la novela es deliberadamente episódico, pasando en ocasiones de manera algo abrupta de un incidente o suceso a otro. Mundy incluso se permite alguna floritura formal o experimentación, como escribir un capítulo como si se tratara de una escena teatral.

La presencia de Tros no es la única referencia que relaciona a esta novela con el mundo y el escenario establecidos en el primer volumen de la serie. El misticismo de los cultos mistéricos también aparece en Egipto, con la propia Cleopatra relacionada directamente con ellos. Además, el Julio César de esta novela es sin duda el mismo que se oponía directamente a Tros, aunque en este caso las relaciones entre ambos personajes no parecen tan tensas (o quizá es porque no se les dé tanta importancia en el texto, dado el papel subordinado de Tros).

Finalmente, con The Purple Pirate se cierra este ciclo. La novela comparte con el título anterior su ambientación en el Egipto de Cleopatra, aunque se vuelve al estilo más aventurero del primer libro. De nuevo el protagonismo recae en Tros, y el tono vuelve a ser más el de novela de aventuras que el de ficción histórica, mezclando las intrigas y las batallas navales. Por desgracia, Tros carece de un antagonista a la altura del Julio César de la primera parte.

Aunque hay que agradecer que Panini haya decidido editar esta obra (tratándose de un personaje y un autor no especialmente populares en la actualidad), por desgracia la edición resulta bastante mejorable. La separación de los libros originales en volúmenes de tamaño regular (algo más de 200 páginas cada uno), comprensible desde un punto de vista económico y comercial, resulta especialmente inadecuada con Tros of Samothrace, convertido en una serie de 6 volúmenes que, vistos como novelas independientes, no se sostienen demasiado bien. Menos grave parece la separación de Queen Cleopatra y The Purple Pirate en dos volúmenes cada uno.

Por otro lado, la traducción resulta en ocasiones demasiado moderna, con modismos y expresiones que resultan demasiado actuales, no ya para la época en que transcurre la historia, sino para la época en que fue escrita. Además, algunas extrañas separaciones y puntuaciones del texto, así como un extraño error de traducción hacia el final del libro (unos "arrow-engines", armamento naval traducido hasta entonces como "escorpiones", se convierten en un momento dado en "motores en W", algo que no suena nada propio de una trirreme), hacen pensar que la traducción pueda haber partido de un texto original en no muy buenas condiciones. Esto es especialmente perceptible en la traducción del primer libro, realizada por un traductor distinto que los otros dos, aunque tampoco es que la presencia de distintas manos en la traducción se note demasiado.

Otro pequeño defecto es el inadecuado posicionamiento de algunas "notas del traductor" que aparecen para explicar un término que lleva apareciendo en el texto desde hace páginas (o incluso volúmenes...). De nuevo, esto está relacionado casi con total seguridad con la presencia de distintos traductores a lo largo de la obra.

En el lado positivo, siempre es destacable que se hayan incluido algunos textos para situar al autor y a la obra en su contexto.

En general, las historias protagonizadas por Tros de Samotracia resultan una lectura no especialmente interesante ni atrayente, aunque tampoco puede decirse que Talbot Mundy haga un mal trabajo en su escritura. Sin embargo, los libros carecen de ese "algo" que separa a las grandes obras del resto, sea porque Mundy (o sus traductores...) no haya sabido hacer el texto más adictivo, porque la narración sea demasiado episódica o porque alguno de sus elementos haya quedado un tanto anticuado. En resumen, una lectura correcta pero no especialmente memorable.

El Último Anillo

El Último Anillo se presenta como una secuela no oficial de El Señor de los Anillos, desde el punto de vista de los perdedores de la Guerra del Anillo, y aprovechando para dar su propia versión de algunos de los eventos ya narrados en dicho libro. Su autor, Kiril Yeskov, es un biólogo y paleontólogo ruso que además ha hecho alguna incursión en el mundo de la ficción, siendo la más famosa este libro, publicado en 1999.

La repercusión y relativa popularidad de esta novela sólo se entiende por el "morbo" que despierta el venderse como versión alternativa de una (si no la más) de las novelas fantásticas más famosas del género. Si no fuera por eso, la novela habría pasado sin pena ni gloria por las estanterías de las librerías de su país, y probablemente no hubiera sido traducida a otros idiomas. Aunque no carece de defensores, por regla general, parece que muchos aficionados lo consideran poco más que una muestra de fan - fiction (aunque normalmente la diferencia entre "fan - fiction" y "secuela oficial" sea una cuestión puramente legal). Cuestión a considerar al margen sería cuantos de los fans del fantástico que critican este libro defienden engendros como Sentido y Sensibilidad y Zombies que, dicho sea de paso, tienen bastante menos mérito que el libro de Yeskov. Pero claro, Tolkien es "uno de los nuestros" y Austen no... En todo caso es un libro difícil de defender más allá de la mera pose iconoclasta, cuando los tópicos del género ya fueron puestos en cuestión hace décadas (por ejemplo, por Michael Moorcock, que además es mejor escritor).

Lo cierto es que no puede negarse (consideraciones legales y morales aparte) que el libro parte de una premisa interesante. Por desgracia, la ejecución de la idea no se acerca ni de lejos a lo intrigante de la propuesta inicial. Sobre todo a partir de la mitad del libro, el interés por la trama empieza a decaer, a lo que no acompaña el cansancio de un lector que ya ha superado la sorpresa y excitación del planteamiento inicial. Acompañando a una confusa trama de espionaje (otro elemento que podría haber sido interesante bien ejecutado: espionaje y política en un mundo fantástico), los defectos del texto se hacen cada vez más patentes.

El lenguaje del texto resulta francamente inadecuado. Yeskov ha optado por no intentar imitar a Tolkien y emplea un lenguaje coloquial. Este no sería malo, sino fuera porque deriva en muchas ocasiones en un lenguaje excesivamente moderno, y no sólo cuando el autor interpela directamente al lector para explicarle las similitudes entre los olifantes y los tanques. Y esta modernidad del lenguaje se traslada al resto de la ambientación, que nos presenta una Tierra Media en la que existe un mercado de valores y todo tipo de organizaciones burocráticas, o en la que se bebe tequila con limón y sal. Por no hablar del uso de términos que parecen totalmente fuera de lugar en el mundo creado por Tolkien (como un Aragorn que es calificado de "condottiero" y "atamán"), aunque puede que ahí en algunos casos sea cosa de la traducción. Eso cuando no aparece un elemento que en verdad parece propio de un "fanfic" adolescente, como son los sempiternos ninjas (de nombre torpemente disimulado).

La novela también parece incluir unos cuantos intentos de derivar en alegoría (algo que, recordemos, a Tolkien no le gustaba nada) de temas de actualidad, lo que otorga más elementos de modernidad a la historia. De los personajes poco puede decirse, pues resultan en su mayoría planos y poco atractivos, con lo que poco puede el lector implicarse en su historia. La cosa gana un poco de interés (y ajeno a la historia) cuando Yeskov se dedica a dar su versión pretendidamente más realista de algunos de los personajes creados por Tolkien. En general, con los personajes sucede como con los de muchas novelas históricas de baja calidad: se trata de personajes modernos que viven en un mundo diferente al actual (y, en demasiados ocasiones, no tan diferente).

Merece la pena comentar un poco la traducción al castellano. En una extraña decisión (motivada sin duda por razones de prudencia legal), todos los nombres de lugares y personajes creados por Tolkien han sido alterados. Esto no sucede ni en el original ruso ni en la traducción "semi-oficial" al inglés que puede descargarse legalmente en Internet. Se trata de una decisión que, aunque se puede entender, parece un poco contradictoria por parte de los editores españoles: vendes una obra de naturaleza "polémica" (beneficiándote comercialmente de dicha controversia), pero intentas camuflar de manera un tanto cobarde esa naturaleza. Por otro lado, hay que reconocer que se trata de una labor de traducción y adaptación francamente cuidada. En el caso de los personajes normalmente se trata de una simple modificación de letras para modificar sus nombres (Grandelf, Altagorn, Aramir...), pero la conversión de los nombres de lugar revela un conocimiento sólido de la geografía de la Tierra Media ("Midgard") y de los orígenes de los nombres (Pietror, Umbror...).

Por supuesto, se da a entender (cuando no se expresa claramente) que la versión de la historia contada en El Señor de los Anillos es una versión propagandística y manipulada de los hechos reales, lo que implica que estos fueron tal y como los cuenta El Último Anillo. Aún asumiendo que esto hubiera sido así (y dentro de lo relativamente absurdo que resulta tratar un mundo ficticio como si fuera real), este es uno de esos casos en los que, parafraseando a John Ford, habría que convertir la leyenda en hechos e imprimir la leyenda. El Último Anillo no deja de ser una curiosidad, entretenida a ratos, pero totalmente prescindible.