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Tros de Samotracia

Talbot Mundy es uno de esos autores hoy prácticamente desconocidos, pero que tuvieron su momento de popularidad a principios del siglo XX. Entre los autores que se consideran influidos por él se encuentran numerosos autores de género fantástico, desde los casi contemporáneos como Robert E. Howard, E. Hoffman Price, Leigh Brackett o Fritz Leiber, hasta escritores de épocas posteriores como Robert A. Heinlein o Marion Zimmer Bradley.

Su especialidad eran los relatos de aventuras ambientadas en la India colonizada por los británicos, salpicadas con dosis de misticismo oriental, cuyo ejemplo más famoso sería su novela King of the Khyber Rifles. El propio Mundy (cuyo verdadero nombre era William Lancaster Gribbon) conocía estos ambientes y no era ajeno a una vida de aventuras, pues dejó su Londres natal a los 16 años para viajar por África, India y otros lugares de Oriente (tanto el Próximo como el Lejano), y establecerse a los 30 años en Estados Unidos. Poco después empezaría a publicar sus textos en revistas pulp especializadas como Adventure o Argosy.

A mediados de los años 20, Mundy empezó a publicar las aventuras de Tros de Samotracia, un noble griego que se enfrenta a Julio César en el contexto de la invasión romana de las islas británicas. Sus historias tenían la forma de novelas cortas apareciendo en la revista Adventure entre Febrero de 1925 y Febrero de 1926. Sus títulos eran los siguientes: Tros of Samothrace, The Enemy of Rome, Prisoners of War, Hostages to Luck, Admiral of Caesar's Fleet, The Dancing Girl of Gades, y Messenger of Destiny (publicada en tres entregas). Posteriormente se publicaría en 1929 la novela Queen Cleopatra, y en 1934 se recopilarían en formato de libro (con un grosor importante) las novelas cortas publicadas originalmente en Adventure. Finalmente, en 1935 Mundy publicaría las últimas aventuras de Tros en la novela The Purple Pirate.

La existencia de secuelas a los relatos originales, así como la recopilación de estos en tapa dura, da idea de la popularidad alcanzada en su día por el personaje. Quizá una buena parte de esta popularidad se deba a la polémica provocada por la imagen desmitificada de un Julio César y un Imperio Romano presentados como imperialistas y dictatoriales. Para el lector moderno (que puede haber visto una imagen similar desde pequeño en los comics de Asterix) esto no resulta especialmente chocante, pero es comprensible que en los años  20 y 30 esto resultara casi revolucionario.

El primer volumen, Tros of Samothrace, resulta un tanto irregular. Esto se debe sin duda al origen del libro, compuesto por historias más o menos continuas, pero sin la verdadera sensación de unidad que tendrían de estar pensadas originalmente como novela independiente y no como relatos aislados. Otro elemento a considerar es que estas historias componen el periodo en que Mundy está familiarizándose con el personaje, por lo que las partes finales resultan más satisfactorias que las iniciales. En general, además, Mundy parece resultar más efectivo cuando se dedica a narrar intrigas y conspiraciones que en las secuencias de acción.

La extensión de este primer libro ha hecho que en la mayoría de sus re-ediciones haya sido separado en diversos volúmenes. En alguna ocasión se ha respetado la división original de las novelas cortas para hacerlas coincidir con la separación en volúmenes, pero en la mayor parte de los casos se ha optado por una división arbitraria. Ese ha sido el formato adoptado por la edición en castellano, lo que contribuye a acentuar la irregularidad provocada por el origen de los textos.

La historia gira alrededor de la presencia de Tros en Britania y sus enfrentamientos con los romanos de Julio César, presentado como su némesis, que le llevarán hasta la misma Roma. El relato de César es realista, sin ocultar sombras pero también sin negarle méritos, reconocidos por el propio Tros. De todas formas, los personajes en general no serían el fuerte del libro (de nuevo, es fácil achacar esta limitación al hecho de que estamos leyendo una serie de novelas cortas y no una novela como tal), a pesar de la presencia de una serie de personajes recurrentes. El propio Tros sería el personaje mejor representado (sin que esto tenga mucho mérito), y en ocasiones resulta demasiado perfecto (aunque no exento de debilidades) y poco detallado, casi más un arquetipo que una persona real.

El elemento más "fantástico" lo representa el valor que da un Mundy interesado en el misticismo a las religiones mistéricas, como una especie de culto universal que une a gentes tan separados como los Samotracios y los Druidas Galos y Británicos. El seguimiento de estos Misterios (lógicamente nunca demasiado detallados), de los que Tros parece ser un creyente no demasiado firme, permiten al noble griego, entre otras cosas, demostrar conocimientos avanzados como su afirmación de que la Tierra es redonda y las ideas que pone en práctica al construir su barco Liafail (como el proteger el casco con placas de estaño).

En Queen Cleopatra, la presencia de Tros es prácticamente testimonial, convertido en un personaje secundario de la historia (y no de los más importantes). La trama gira alrededor de la historia de la presencia de Julio César en el Egipto de la reina Cleopatra, que son los verdaderos protagonistas. Así, si la novela anterior era más bien un relato (o serie de relatos) de aventuras, esta puede considerarse más bien como una novela histórica. El estilo de la novela es deliberadamente episódico, pasando en ocasiones de manera algo abrupta de un incidente o suceso a otro. Mundy incluso se permite alguna floritura formal o experimentación, como escribir un capítulo como si se tratara de una escena teatral.

La presencia de Tros no es la única referencia que relaciona a esta novela con el mundo y el escenario establecidos en el primer volumen de la serie. El misticismo de los cultos mistéricos también aparece en Egipto, con la propia Cleopatra relacionada directamente con ellos. Además, el Julio César de esta novela es sin duda el mismo que se oponía directamente a Tros, aunque en este caso las relaciones entre ambos personajes no parecen tan tensas (o quizá es porque no se les dé tanta importancia en el texto, dado el papel subordinado de Tros).

Finalmente, con The Purple Pirate se cierra este ciclo. La novela comparte con el título anterior su ambientación en el Egipto de Cleopatra, aunque se vuelve al estilo más aventurero del primer libro. De nuevo el protagonismo recae en Tros, y el tono vuelve a ser más el de novela de aventuras que el de ficción histórica, mezclando las intrigas y las batallas navales. Por desgracia, Tros carece de un antagonista a la altura del Julio César de la primera parte.

Aunque hay que agradecer que Panini haya decidido editar esta obra (tratándose de un personaje y un autor no especialmente populares en la actualidad), por desgracia la edición resulta bastante mejorable. La separación de los libros originales en volúmenes de tamaño regular (algo más de 200 páginas cada uno), comprensible desde un punto de vista económico y comercial, resulta especialmente inadecuada con Tros of Samothrace, convertido en una serie de 6 volúmenes que, vistos como novelas independientes, no se sostienen demasiado bien. Menos grave parece la separación de Queen Cleopatra y The Purple Pirate en dos volúmenes cada uno.

Por otro lado, la traducción resulta en ocasiones demasiado moderna, con modismos y expresiones que resultan demasiado actuales, no ya para la época en que transcurre la historia, sino para la época en que fue escrita. Además, algunas extrañas separaciones y puntuaciones del texto, así como un extraño error de traducción hacia el final del libro (unos "arrow-engines", armamento naval traducido hasta entonces como "escorpiones", se convierten en un momento dado en "motores en W", algo que no suena nada propio de una trirreme), hacen pensar que la traducción pueda haber partido de un texto original en no muy buenas condiciones. Esto es especialmente perceptible en la traducción del primer libro, realizada por un traductor distinto que los otros dos, aunque tampoco es que la presencia de distintas manos en la traducción se note demasiado.

Otro pequeño defecto es el inadecuado posicionamiento de algunas "notas del traductor" que aparecen para explicar un término que lleva apareciendo en el texto desde hace páginas (o incluso volúmenes...). De nuevo, esto está relacionado casi con total seguridad con la presencia de distintos traductores a lo largo de la obra.

En el lado positivo, siempre es destacable que se hayan incluido algunos textos para situar al autor y a la obra en su contexto.

En general, las historias protagonizadas por Tros de Samotracia resultan una lectura no especialmente interesante ni atrayente, aunque tampoco puede decirse que Talbot Mundy haga un mal trabajo en su escritura. Sin embargo, los libros carecen de ese "algo" que separa a las grandes obras del resto, sea porque Mundy (o sus traductores...) no haya sabido hacer el texto más adictivo, porque la narración sea demasiado episódica o porque alguno de sus elementos haya quedado un tanto anticuado. En resumen, una lectura correcta pero no especialmente memorable.

El Último Anillo

El Último Anillo se presenta como una secuela no oficial de El Señor de los Anillos, desde el punto de vista de los perdedores de la Guerra del Anillo, y aprovechando para dar su propia versión de algunos de los eventos ya narrados en dicho libro. Su autor, Kiril Yeskov, es un biólogo y paleontólogo ruso que además ha hecho alguna incursión en el mundo de la ficción, siendo la más famosa este libro, publicado en 1999.

La repercusión y relativa popularidad de esta novela sólo se entiende por el "morbo" que despierta el venderse como versión alternativa de una (si no la más) de las novelas fantásticas más famosas del género. Si no fuera por eso, la novela habría pasado sin pena ni gloria por las estanterías de las librerías de su país, y probablemente no hubiera sido traducida a otros idiomas. Aunque no carece de defensores, por regla general, parece que muchos aficionados lo consideran poco más que una muestra de fan - fiction (aunque normalmente la diferencia entre "fan - fiction" y "secuela oficial" sea una cuestión puramente legal). Cuestión a considerar al margen sería cuantos de los fans del fantástico que critican este libro defienden engendros como Sentido y Sensibilidad y Zombies que, dicho sea de paso, tienen bastante menos mérito que el libro de Yeskov. Pero claro, Tolkien es "uno de los nuestros" y Austen no... En todo caso es un libro difícil de defender más allá de la mera pose iconoclasta, cuando los tópicos del género ya fueron puestos en cuestión hace décadas (por ejemplo, por Michael Moorcock, que además es mejor escritor).

Lo cierto es que no puede negarse (consideraciones legales y morales aparte) que el libro parte de una premisa interesante. Por desgracia, la ejecución de la idea no se acerca ni de lejos a lo intrigante de la propuesta inicial. Sobre todo a partir de la mitad del libro, el interés por la trama empieza a decaer, a lo que no acompaña el cansancio de un lector que ya ha superado la sorpresa y excitación del planteamiento inicial. Acompañando a una confusa trama de espionaje (otro elemento que podría haber sido interesante bien ejecutado: espionaje y política en un mundo fantástico), los defectos del texto se hacen cada vez más patentes.

El lenguaje del texto resulta francamente inadecuado. Yeskov ha optado por no intentar imitar a Tolkien y emplea un lenguaje coloquial. Este no sería malo, sino fuera porque deriva en muchas ocasiones en un lenguaje excesivamente moderno, y no sólo cuando el autor interpela directamente al lector para explicarle las similitudes entre los olifantes y los tanques. Y esta modernidad del lenguaje se traslada al resto de la ambientación, que nos presenta una Tierra Media en la que existe un mercado de valores y todo tipo de organizaciones burocráticas, o en la que se bebe tequila con limón y sal. Por no hablar del uso de términos que parecen totalmente fuera de lugar en el mundo creado por Tolkien (como un Aragorn que es calificado de "condottiero" y "atamán"), aunque puede que ahí en algunos casos sea cosa de la traducción. Eso cuando no aparece un elemento que en verdad parece propio de un "fanfic" adolescente, como son los sempiternos ninjas (de nombre torpemente disimulado).

La novela también parece incluir unos cuantos intentos de derivar en alegoría (algo que, recordemos, a Tolkien no le gustaba nada) de temas de actualidad, lo que otorga más elementos de modernidad a la historia. De los personajes poco puede decirse, pues resultan en su mayoría planos y poco atractivos, con lo que poco puede el lector implicarse en su historia. La cosa gana un poco de interés (y ajeno a la historia) cuando Yeskov se dedica a dar su versión pretendidamente más realista de algunos de los personajes creados por Tolkien. En general, con los personajes sucede como con los de muchas novelas históricas de baja calidad: se trata de personajes modernos que viven en un mundo diferente al actual (y, en demasiados ocasiones, no tan diferente).

Merece la pena comentar un poco la traducción al castellano. En una extraña decisión (motivada sin duda por razones de prudencia legal), todos los nombres de lugares y personajes creados por Tolkien han sido alterados. Esto no sucede ni en el original ruso ni en la traducción "semi-oficial" al inglés que puede descargarse legalmente en Internet. Se trata de una decisión que, aunque se puede entender, parece un poco contradictoria por parte de los editores españoles: vendes una obra de naturaleza "polémica" (beneficiándote comercialmente de dicha controversia), pero intentas camuflar de manera un tanto cobarde esa naturaleza. Por otro lado, hay que reconocer que se trata de una labor de traducción y adaptación francamente cuidada. En el caso de los personajes normalmente se trata de una simple modificación de letras para modificar sus nombres (Grandelf, Altagorn, Aramir...), pero la conversión de los nombres de lugar revela un conocimiento sólido de la geografía de la Tierra Media ("Midgard") y de los orígenes de los nombres (Pietror, Umbror...).

Por supuesto, se da a entender (cuando no se expresa claramente) que la versión de la historia contada en El Señor de los Anillos es una versión propagandística y manipulada de los hechos reales, lo que implica que estos fueron tal y como los cuenta El Último Anillo. Aún asumiendo que esto hubiera sido así (y dentro de lo relativamente absurdo que resulta tratar un mundo ficticio como si fuera real), este es uno de esos casos en los que, parafraseando a John Ford, habría que convertir la leyenda en hechos e imprimir la leyenda. El Último Anillo no deja de ser una curiosidad, entretenida a ratos, pero totalmente prescindible.

Conan el Bárbaro: la Novelización

Raramente una novelización, la adaptación de una película al medio literario, suele resultar una lectura especialmente satisfactoria. Hace años podían ser la única forma de revivir una película en el propio hogar, pero en la actualidad se puede disponer a los 3 meses del estreno de cualquier título en formato doméstico y máxima calidad. Así pues, no parece que una novelización pueda ser poco más que una pieza más de la maquinaria promocional de una película.

Especialmente curioso es el caso de aquellas películas que tienen origen literario, pero cuyo guión ha ignorado por completo esos orígenes y ha creado su propia historia. Ese es el caso de Conan el Bárbaro, escrita por Michael A. Stackpole (cuyo mayor éxito es alguna novela de la franquicia de Star Wars), que noveliza la fallida película de Marcus Nispel, y protagonizada por Jason Momoa.

A favor de los editores anglosajones hay que decir que, también como parte de la promoción de la película, se ha publicado una interesante antología de historias de Conan escritas por Robert E. Howard, con el subtítulo de "las historias que inspiraron la película" (si al menos esto fuera cierto...), que se convierten en un aceptable Best of Conan. Además, consciente del tipo de producto de usar y tirar que es, esta novelización sólo ha sido publicada en formato de bolsillo barato, costando menos de la mitad de lo que cuesta la correspondiente traducción al castellano en tapa dura.

Realmente, el único interés de una novelización de estas características es ver qué es lo que ha hecho otra persona en otro medio con el mismo punto de partida. Cuando acepta un encargo de este tipo, normalmente el escritor recibe una copia del guión sobre la que basarse para componer su libro. Por su parte, el proceso cinematográfico sigue por su camino habitual en el que son previsibles los cambios de guión de última hora o los recortes en la sala de montaje. En consecuencia, no es nada raro que haya diferencias entre lo que se ve en la pantalla de cine y lo que se lee en el correspondiente "libro de la película".

En el caso de este "Conan el Bárbaro", las principales diferencias sirven para paliar un poco algunas (que no todas) de las principales carencias de la historia de la película. Stackpole dedica más tiempo (o espacio) a los personajes que Nispel, lo que beneficia sobre todo a los personajes que rodean a Conan. Las motivaciones de los villanos, Khalar Zym y Marique, están más claras, y el personaje de Tamara y su relación con Conan resultan más creibles. Probablemente sea el personaje interpretado por Rachel Nichols el que mejor parado salga en su versión escrita, demostrando que Nispel no tenía muy claro qué hacer con él. Aún así, esto no quiere decir que los personajes adquieran unas dimensiones que no tienen: siguen siendo bastante planos y estereotipados, pero no tanto como en la película.

Con este libro, Stackpole se une a las legiones de autores de pastiches, haciendo compañía a los Carpenter, Jordan, Perry y otros pálidos imitadores de Howard. El autor demuestra que conoce al personaje o que, al menos, ha hecho los deberes y ha leído algunas cosas para dar cuerpo a su libro. Así, son constantes las referencias a la relación entre Conan y Bêlit, situando esta historia justo después del relato La Reina de la Costa Negra. Igualmente, el libro incluye escenas con el abuelo de Conan y el saqueo de Venarium, unos de los pocos elementos de la infancia de Conan que Howard menciona. El libro también es algo más respetuoso con la geografía Hiboria, con lo que aparece la ciudad de Asgalun (convertida en "Askalon" en la película sin que parezca haber una razón lógica). A Stackpole también hay que agradecerle que nos ahorre un par de escenas que rozan la caricatura en la película, lo que parece indicar que (una vez más) son idea de Nispel o su equipo próximo.

En conclusión, esta novelización demuestra que "Conan el Bárbaro" podría haber sido una película un poco mejor, sin llegar a ser una obra maestra del séptimo arte (o ni siquiera una buena representación...). No hubiera estado presente el Conan creado por Howard, pero hubiera sido como una película decente basada en uno de los pastiches menos malos, o en uno de los comics del montón. Por cierto, que la única mención del libro a Robert E. Howard está en la dedicatoria de Stackpole, aunque sí que se nombra a los autores del guión en que se basa la novela. Aunque a Howard no le suponga ningún beneficio el ver su nombre asociado con esta película (más bien lo contrario...) no deja de parecer una falta de respeto que en ningún momento se diga quien es el creador del personaje.

Conan el Bárbaro

Se hace un poco raro salir satisfecho del cine porque la película que se ha visto no es tan mala como uno se esperaba, pero eso es lo que sucede con Conan el Bárbaro. Lo visto hasta el momento en la mediocre campaña de marketing, sumado al nombre del director asociado al proyecto, no invitaba precisamente al optimismo. Las primeras críticas, tanto de aficionados al género y al personaje como de críticos generalistas, confirmaban en su mayoría estas expectativas. Y es cierto, Conan el Bárbaro no es precisamente una buena película, ciertamente no la que se merecen el personaje y su creador, pero no pueden dejar de encontrarse algunos aspectos positivos entre los abundantes problemas del largometraje.

Aunque la película se ha intentado presentar desde el principio como una nueva adaptación del personaje, la sombra del largometraje de 1982 ha sido difícil de esquivar, y tampoco parece que los productores se hayan esforzado mucho por hacerlo. La coincidencia de titulo y logotipo, el contar el origen del personaje, el ser una historia de venganza, e incluso contar con elementos temáticos y estéticos sospechosamente similares, hacen que no quede muy claro si finalmente estamos viendo un remake o no. Por poner un ejemplo cercano en el tiempo, esta película se parecería en su planteamiento, más que a Batman Begins, a Superman Returns (al menos Bryan Singer es un buen director).

Hay que reconocer que la película lo tiene difícil para contentar a los distintos tipos de espectadores que se enfrentan a ella. Por un lado, a los aficionados del personaje original de Robert E. Howard, que echan de menos la adaptación de las historias originales. Por otro lado, a los fans de Arnold Schwarzenegger, muchos de los cuales consideran una herejía que su ídolo no protagonice la película o, en su defecto, algún otro culturista (o estrella de la lucha). Finalmente, quizá los menos exigentes sean los espectadores "mayoritarios", a los que puede que les parezca raro que Conan no se parezca al antiguo gobernador de California, pero a los que tampoco les importara mucho (algunos, como mucho, puede que incluso sepan que hay cómics de Conan...)

El director de este Conan el Bárbaro es Marcus Nispel, procedente del mundo del videoclip, y cuya carrera incluye un par de remakes de clásicos del terror de los 70 y la fallida película de aventuras Pathfinder: El Guía del Desfiladero (otro remake). Con ese curriculum no podía esperarse gran cosa, aunque quizá con este largometraje haya hecho su mejor trabajo. Sin embargo, todo parece indicar que el es el principal responsable de algunos de los mayores defectos de la película (además, para eso es el director).

Para la historia, de forma difícilmente justificable, se ha optado por ignorar la obra de Robert E. Howard y crear una historia nueva para contarnos el origen del personaje, como ya se hizo en la película de 1982. Hubiera sido muy fácil adaptar uno de los relatos de Howard (o juntar un par), siendo que siempre es mas fácil adaptar textos breves que novelas, y además se hubieran ganado puntos con los fans del personaje literario, y se hubiera podido utilizar la fidelidad al original como herramienta de venta de la película. Sin embargo, se ha optado por el pastiche, por contar una historia que esta más próxima a los títulos publicados en los 80 y 90 por autores de encargo. Y, como sucede con estos mismos libros, no es fácil hacer compatible la historia con una continuidad basada en las historias originales: parece que hay que asumir que el Conan cinematográfico no es el literario. Y, como sucede con muchos de los pastiches, el tono de la historia no es el de los relatos escritos por Howard. Aunque Conan no deja de oponerse en ocasiones a grandes amenazas de proporciones épicas, la mayor parte de las veces los peligros a los que se enfrenta tienen un ámbito mucho más limitado (y, en muchos casos, estas son sus mejores historias). Por el contrario, el Conan de los pastiches (incluyendo la historia de esta película) suele tener que derrotar a un hechicero que quiere hacerse con el poder absoluto y acabar con el mundo como se le conoce.

Por otra parte, quienes han seguido de cerca el proceso de producción de esta película cuentan que el guión definitivo (con ajustes y reescrituras de última hora de gente como Sean Hood, realmente interesado en el personaje original) se ha librado de elementos realmente lamentables que aparecían en los primeros borradores. Aun así, la historia sigue siendo mediocre, como lo son la mayoría de los diálogos, aunque se agradecen algunos guiños a los textos de Howard, por breves y fuera de contexto que estén. También parece ser que la mayor parte del guión dedicado a la exposición o a desarrollar un poco las motivaciones de los personajes se ha quedado por el camino, sea porque Nispel decidió eliminar estas escenas en la sala de montaje o porque ni siquiera se dignó a rodarlas. Como resultado, la película se convierte en una secuencia de escenas de acción tras escenas de acción que acaban saturando al espectador con un ritmo excesivo: la película no se hace larga (tampoco lo es), pero en ocasiones se agradecería un ritmo más pausado.

De cualquier personaje literario pueden existir tantas interpretaciones distintas como lectores, y hay que reconocer que el Conan de esta película está más próximo al creado por Howard que el de 1982. En la película tenemos ocasión de asistir a sus grandes alegrías y a sus grandes melancolías, y vemos a Conan no sólo como un guerrero individualista (capaz de ahuyentar a un enemigo con la fuerza de su presencia), sino también como un líder de hombres. Ahora bien, algunos aspectos son más discutibles. En un momento dado Conan es presentado como un libertador de esclavos, para más tarde aparecer como un torturador sádico: ninguno de los dos extremos parecen propios del Conan de Howard. Por no hablar de su tratamiento de Tamara, la protagonista femenina, que además hace que la evolución de su relación no resulte nada creíble. Pero claro, si Nispel se dedica a dar entrevistas en las que dice que ha querido mostrar a "Conan el Misógino"... Conan no es que vaya a ser un adalid del feminismo, pero ¿misógino?

El mundo Hiborio en el que se mueve Conan está moderadamente bien representado, dando la sensación que se ha querido mantener un tono estético acorde con lo establecido con los actuales cómics publicados por Dark Horse. Dicho esto, no hay pocas incongruencias a poco que uno intente buscarle un poco de lógica y coherencia a la geografía (en su mayor parte inventada para la ocasión) y a las culturas que aparecen en la película. Por cierto, y como anécdota, creo que Conan no menciona a Crom en toda la película: una muestra más del desdén por la ambientación original.

Quien mejor parado sale de la película es sin duda su protagonista, un Jason Momoa que ha sabido superar las dudas iniciales que su selección ocasionó. No era fácil seguir los pasos de un Arnold Schwarzenegger que, a pesar de su poca adecuación para interpretar al Conan de Howard, supo crear una imagen que poca gente consigue separar del personaje. La caracterización de Momoa como Conan es casi perfecta (sólo le faltan los ojos azules...), y su físico resulta más creíble como guerrero que el de un culturista depilado y aceitado. Además, en este Conan no vemos sólo la tremenda fortaleza del personaje, sino también su agilidad felina. Y, por supuesto, Momoa resulta mejor actor que un joven culturista austriaco que apenas podía decir sus frases sin un fuerte acento. En cierto modo, le sucede lo mismo que a James Purefoy en Solomon Kane: actor y personaje merecían una película mejor.

Stephen Lang (Avatar) y Rose McGowan (Planet Terror) dan vida correctamente a los villanos del film, aunque sus personajes resultan excesivos y casi caricaturescos y, de nuevo, lastrados por una falta de definición habitual en toda la película. La belleza de Rachel Nichols (G.I:Joe) es lo único destacable de su presencia en la película. En su descargo hay que decir que el guión tampoco parece tener muy claro si su personaje es más una mujer de acción a lo Valeria o Bêlit, o una típica damisela en peligro, con lo que pasa de un extremo a otro sin más explicación. Del resto del reparto hay que mencionar al siempre correcto Ron Perlman (Hellboy) y a Leo Howard, que interpreta al Conan adolescente en la primera parte de la película, haciendo también un buen trabajo. En general, todos los actores del reparto hacen lo que pueden con las frases que les han tocado en el guión, pero no tienen mucho material con el que trabajar.

También debe mencionarse la breve intervención de Morgan Freeman, que da voz al narrador que introduce la película y explica la transición del Conan adolescente al maduro. Esa transición da muestra una vez más de la ineptitud de Nispel: mientras Freeman nos habla de las aventuras que ha tenido Conan cualquier director hubiera acompañado sus palabras con un montaje ilustrativo. Nispel nos obsequia con una pantalla en negro...

Pasando a considerar los aspectos técnicos, la fotografía y los efectos especiales de la película son correctos, combinando los paisajes de Bulgaria con fondos generados por ordenador para presentarnos unos reinos Hiborios más variados y espectaculares que los que vimos en 1982. Los efectos flaquean más en algunas criaturas generadas por ordenador, como unos prescindibles elefantes que acompañan al malvado Khalar Zym. Vestuario y ambientación en general también aprueban sin problemas, con un equilibrio razonable entre realismo y fantasía. El montaje de las secuencias de acción es igualmente irregular, oscilando entre lo claro de algunas secuencias (la persecución en el bosque) y lo totalmente confuso de otras (el guardián acuático). Como ya se ha comentado, este Conan es más rápido que versiones anteriores en su estilo de lucha, pero también abusa de los tajos dados con la espada empuñada a la inversa (como para apuñalar), que parecen más propios de una película de ninjas que de un bárbaro de Cimmeria. Por su parte, el montaje entre escenas es prácticamente inexistente, sin que llegue a crear una sensación de la distancia o el tiempo que transcurre entre una escena de acción y la siguiente. Este montaje frenético dificulta que ninguna escena pueda tener impacto emocional, pues no se deja tiempo para asimilarlas. Por no hablar de algunos momentos en los que la continuidad parece desaparecer, con amaneceres que se producen de forma instantánea y armaduras que dejan de usarse sin más explicación.

Por supuesto, la película ha caído en la tentación de convertirse al 3D en su post – producción, es de suponer que con los habituales resultados decepcionantes cuando se aborda de esta manera la imagen tridimensional. En general, parece que la producción intenta jugar la carta de ser "cool" y políticamente incorrecta. Esto hace que muchas cosas parezcan ideadas por una mentalidad infantil (o, si se prefiere, inmadura), como si los creadores se hubieran pasado todo el proyecto en plan: ¿y no molaría que...? ¿...que salga un barco cargado por elefantes? ¿...que el malo use una cimitarra doble? ¿...que la mala lleve unas garras a lo Freddy? ¿...que los Pictos gruñan como animales? ¿...y si la hacemos en 3D?. Y, además, para que se note que vamos en serio, vamos a decir que haya sangre y tetas... (aunque luego hay más de todo eso en series de TV como la excesiva Spartacus). Hubiera sido preferible una película más fiel a Howard (o, al menos, mejor hecha) aunque hubiera sido "para todos los públicos" (aunque, de acuerdo, no hubiera sido fácil...)

Si hay algo que casi nadie discute de la película de 1982 es que la música compuesta por Basil Poledouris es una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine. Fuese quien fuese el elegido para esta película, lo iba a tener francamente difícil para evitar las comparaciones. Si encima el elegido es Tyler Bates, un compositor con un estilo totalmente diferente, más apropiado para la creación de texturas que de melodías, la batalla puede darse por perdida de antemano. Bates hace uno de sus habituales trabajos funcionales, sin nada especialmente memorable, pero que tampoco funciona mal en el contexto de la película.

Lo peor de todo, al menos para los aficionados al Conan de Howard, es que una vez más se perpetúa entre el público una imagen incompleta y sesgada del personaje, y se le relaciona con una película que va a ser sinónimo de decepción. Por otra parte, el batacazo en taquilla de la película en el fin de semana de su estreno hace que las perspectivas para Conan como franquicia cinematográfica no sean buenas. La película cuenta con la desventaja en taquilla de su clasificación por edades: un “R” raramente garantiza resultados espectaculares de recaudación. El marketing del proyecto ha sido sin duda insuficiente, y no se ha sabido interesar a un público saturado por remakes (o similares…). Las críticas y el “boca a oreja” tampoco parece que le vayan a hacer aumentar los ingresos, aunque es un título que puede funcionar bien en el mercado doméstico. Teniendo en cuenta que el fin de semana de su estreno la película ha recaudado más o menos lo mismo que recaudó la de 1982 (sin ajustes por la inflación), puede decirse sin miedo a equivocarse que la película ha sido un fracaso.

Lógicamente, esta no es una película que sea un buen modelo a seguir para lanzar una serie de títulos protagonizados por Conan, y quizá un éxito en taquilla hubiera transmitido el mensaje de que esta es la manera de llevar al personaje a la gran pantalla. Con unos resultados simplemente mediocres, siempre queda la esperanza de que un mejor director haga un trabajo de mayor calidad en las inevitables continuaciones (pues el protagonista adecuado parece haberse encontrado). Además, Sean Hood ha comentado su interés por desarrollar un guión a partir de un par de historias de Howard, posiblemente con Black Colossus como historia principal y empleando The Frost Giant's Daughter como secuencia introductoria (a lo 007). Ahora, llegar a ver algún día esto hecho realidad parece menos probable, sobre todo gracias a Marcus Nispel y a los responsables de esta historia (productores y guionistas), que quizá es que simplemente no hayan sabido hacer un trabajo mejor por mucho empeño que hayan puesto (eso hay que reconocérselo: se nota mucha más desidia y desgana en la cuarta entrega de Piratas del Caribe, por ejemplo). Aunque si se tiene en cuenta que se van a estrenar secuelas de Ghost Rider y de G.I. Joe, quizá todo es posible y dentro de unos pocos años podamos ver de nuevo a Conan espada en mano, dominando las relucientes salas de cine.

X-Files: Creer es la Clave

Si hay una serie que hizo historia de la televisión en los años 90 esa es sin duda Expediente X. A lo largo de 9 temporadas, las investigaciones de los agentes del FBI Fox Mulder y Dana Scully dieron un nuevo giro a la típica serie policiaca, añadiendo el toque sobrenatural y, sobre todo, la temática conspiratoria a la trama. En 1998, como puente entre la quinta y sexta temporadas, Rob Bowman dirigió la película que llevaba a la gran pantalla el universo creado por Chris Carter, con discretos resultados. La película no pasaba de ser un episodio largo, y era casi imposible seguir su trama si no se conocía la serie, lo que complicó su éxito masivo entre el público.

Ahora, llega a nuestras pantallas X – Files: Creer es la Clave, la segunda película protagonizada por los agentes Mulder y Scully, esta vez dirigida por el propio Chris Carter. Por desgracia, la película llega tarde y a destiempo, con escasa promoción, casi como si se estrenara de tapadillo, como si sus responsables no confiaran demasiado en ella. Y, vista la película, se entiende que sea así: todo tiene un aire rutinario, como de episodio de relleno escrito para llegar al número necesario para la temporada. Hasta las flojas dos últimas temporadas tenían episodios mucho mejores.

Como bien conocen los aficionados, en Expediente X había dos tipos de episodios: los de la mitología, que trataban de los alienígenas y las conspiraciones gubernamentales al respecto, y los del monstruo de la semana, en los que la pareja del FBI investigaba algún caso no relacionado con dicha trama principal. De hecho, la mayoría de los episodios eran de este tipo (y varios de ellos estarán entre los mejores de la serie), aunque las temporadas se abrían y cerraban con capítulos mitológicos, ya que esta subtrama es la que le daba a la serie su carácter propio.

Chris Carter, cuando empezó a hablarse de este nuevo proyecto, advirtió que no se trataría de una película relacionada con la mitología, sino un caso independiente (un monstruo de la semana). Visto el final de la serie, en la novena temporada, no tiene mucho sentido poner a Mulder y Scully perdiendo el tiempo en investigar un caso cualquiera. Hubiera sido mucho más coherente dar un verdadero cierre a la trama mitológica con esta película, en vez de narrar la investigación de un expediente X del montón. Por supuesto, parece ser que Carter ha comentado que si se hace una tercera película, ya será para tratar el final de la mitología.

Evidentemente, se ha querido evitar el error de la película anterior para no cerrarse puertas ante el gran público. Aún así, es discutible que esto se consiga: un espectador que solo tenga un conocimiento superficial de la serie probablemente no entienda que Mulder y Scully no estén en el FBI, ni la situación actual de su relación o las menciones a William. En resumen, que ese “espectador tipo” se va a encontrar con unos Mulder y Scully que no va a reconocer, y la película tampoco hace mucho por aclarar estas dudas.

David Duchovny y Gillian Anderson están, como no podría ser de otra forma, correctos en los papeles de unos personajes que desarrollaron a lo largo de una década. Anderson consigue transmitir mejor las emociones que su inexpresivo compañero, pero no puede reprochárseles nada a ninguno de los dos: hacen lo que pueden con el material que les proporciona el guión. En cuanto a los secundarios, sus personajes no aportan nada en absoluto y se echa de menos que se haya recuperado a algunos secundarios de la serie (y se agradece cuando por fin aparece uno de los “clásicos” de la serie). Técnicamente, la película se muestra correcta, aunque no deja de tener un aspecto televisivo que parece que le reste entidad. También es verdad que Expediente X fue una de las primeras series en adoptar un look más cinematográfico, así que es posible que por eso el resultado parezca estar a mitad de camino entre el cine y la TV.

La historia en sí no va a sorprender al espectador, resultando bastante típica en su búsqueda de víctimas de un psicópata. El elemento “X” lo aportan las visiones de un sacerdote católico que tiene un (previsible) oscuro pasado. Por otra parte, hay resoluciones bastante increibles (como que Scully prepare un innovador tratamiento médico con la ayuda de Google), recursos narrativos flojos (¿hace falta sacar a Mulder con barba para indicar que ha pasado el tiempo y que vive aislado?), y partes no muy bien explicadas. El humor en ocasiones también peca de predecible: a estas alturas, reirse de George Bush no resulta precisamente transgresor. Y en cuanto al MacGuffin que hay tras los secuestros, es tan extremo que casi resulta ridículo. Por si fuera poco, hay ocasiones en que el ritmo es bastante lento, dando la sensación de que estamos viendo un episodio alargado de forma artificial (ni siquiera un episodio doble de los que eran habituales en la serie).

También hay que comentar un par de cosas sobre la versión española. La primera es que se ha cambiado la voz habitual de doblaje de la agente Scully, poniéndole una voz con un timbre demasiado juvenil (es la voz habitual de Neve Campbell, la protagonista de Scream), que no le hubiera pegado a la actriz ni en la primera temporada de la serie. Tampoco se entiende muy bien (aunque esta ya sea una batalla perdida) el cambio en la traducción del título: del I Want To Believe del título original se ha pasado a un incomprensible Creer es la Clave. Y lo peor es que esa frase se dice en un momento de la película, en la que Mulder dice algo como que “quiere creer” (remitiendo al famoso poster de su despacho), y en el doblaje dice que “creer es la clave”, con lo que el diálogo ni siquiera queda coherente.

La vuelta al cine de Expediente X sólo puede calificarse como decepcionante. Se trata de un thriller del montón, en el que casualmente aparecen unos agentes llamados Mulder y Scully, y que si no fuera por eso puede que se hubiera quedado en el mercado doméstico o no hubiera cruzado el Atlántico. La principal razón es la elección de una trama aislada de la mitología de la serie, que es lo que al fin y al cabo le daba sus señas de identidad. A los que no sean seguidores de la serie, la película les dejará bastante indiferentes (y no les animará precisamente a ver la serie original). Para los seguidores de la serie el impacto aún es mayor: sí, David Duchovny y Gillian Anderson salen en pantalla, pero lo que se está viendo no es un Expediente X.

Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal

Es muy difícil que una nueva entrega de algo que ya es historia del cine no acabe por defraudarnos: es algo que aprendimos con La Amenaza Fantasma. Dejando aparte la calidad intrínseca de la película, es casi imposible que esté a la altura de algo que llevamos años mitificando. ¿Es esta introducción una preparación para decir que Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal no cumple con lo prometido? No, no es eso: la película se presenta como una película de Indiana Jones, y eso es lo que es. Aunque sí es posible que la película no cumpla con lo esperado, que es una cosa distinta.

Así, la película no engaña a nadie: estamos viendo una película de Indiana Jones, con todo lo que ello conlleva. Y eso incluye el contar una aventura al estilo clásico (bueno, con toques de los años 80), donde los buenos ganan y los malos pierden, sin florituras visuales ni argumentales, y alguna que otra exageración y situaciones imposibles. La única concesión a la modernidad es la inevitable evolución tecnológica que se ve en los efectos especiales. En resumen, que la película sigue la fórmula de otras de la saga (dejando a El Templo Maldito como la única que se sale un poco del molde). Estamos viendo lo mismo que siempre: bien hecho, sí, pero no deja de ser más de lo mismo.

En todo caso, la película tampoco renuncia a adaptar su fórmula al paso del tiempo, con una ambientación propia de unos idealizados años 50 (homenajes incluidos a American Graffiti en el inicio, y al Marlon Brando de Salvaje en la entrada en escena del personaje de Shia LaBeouf). El habitual prólogo (que es el que más relación tiene con el resto de la película de toda la saga) concluye con una espectacular escena con el que Spielberg deja bien a las claras que Indiana Jones está en una nueva era. Por cierto, que dicho prólogo incluye una excesiva escena que seguro será polémica, aunque no es muy distinta de cosas que se han visto en El Templo Maldito...

El argumento, sin entrar en detalles reveladores, se adecúa perfectamente a la nueva era. Los rusos comunistas de la guerra fría no son males sucesores de los nazis en el papel de villanos, aprovechando que tanto Hitler como Stalin tenían una pequeña obsesión con lo sobrenatural. Además, el elemento de paranoia propio de la época está presente en la historia. Probablemente habrá elementos del guión que no gustarán nada a mucha gente, porque suponen un cierto cambio de orientación a lo que hemos visto de Jones hasta ahora, aunque son coherentes como aventura pulp de los años 50. En todo caso, es de agradecer el intento (por leve que acabe resultando) de hacer algo distinto. También son interesantes los guiños a lo que ha sido la actividad del Dr. Jones desde la última vez que lo vimos hasta el 1957 en que está ambientada la película. Tampoco faltan guiños al resto de la saga e, incluso, a la serie televisiva.

El paso del tiempo para nuestro protagonista es uno de los temas básicos de la película, y se ve reflejado en las inevitables bromas sobre la edad de Jones/Ford. También es la película en el que el peso de la acción está más repartido: si en las otras toda ella giraba alrededor de Jones, en esta casi podemos hablar de un trabajo de equipo, con lo que el protagonismo del héroe se diluye (¿pesan los años, Dr.Jones?). Dicho esto, no puede negarse que Harrison Ford está perfecto en el papel, mostrándose afectado por los años cuando es necesario, y olvidándose de las canas que tapa su sombrero cuando empieza la acción.

Si en las otras películas en el reparto no abundaban las caras conocidas, en esta es todo lo contrario: Cate Blanchett, Shia LaBeouf, John Hurt, Jim Broadbent... En general, los secundarios cumplen con lo que se espera de ellos, aunque hay algunos personajes un poco desaprovechados (como el que interpreta John Hurt). La química entre Ford y Shia LaBeouf tampoco llega a los niveles que había entre Ford y Connery, pero es que eso era prácticamente imposible. Si habría que destacar a alguno de los secundarios sería a Cate Blanchett, en su papel de archi-villana, aunque su interpretación nos la estropee un doblaje bastante malo (No se sabe que les pasa a nuestros actores de doblaje, que últimamente no dan una cuando tienen que doblar a un personaje con acento. Casi hubiera sido mejor que el personaje de Cate Blanchett tuviera el típico acento ruso de película antigua de 007...)

La banda sonora de John Williams está a la altura (¿y cuando no?), aunque no es especialmente destacable. Quizá se echa en falta algún tema nuevo que sea realmente memorable, más allá de la repetición del tema principal y del romántico de la primera película. La fotografía de Janusz Kaminski no desentona demasiado con la de las películas anteriores, es decir, que ha abandonado su habitual esteticismo para trabajar al servicio de la saga.

Quizá el principal problema que tiene la película es que va de más a menos. Así, las secuencias finales no consiguen estar a la altura de las divertidas y espectaculares escenas iniciales, y eso no puede impedir que uno salga del cine con peor sensación de la que tendría si hubiera sido al revés. Por ello, la película resulta levemente decepcionante: Harrison Ford demuestra que aún puede interpretar a Indiana Jones y resultar creíble, pero la película no acaba de estar a la altura y no tiene escenas especialmente memorables (como sí sucedía con las otras). Una pena que sea así cuando se supone que la búsqueda del guión ideal ha sido un largo y costoso proceso de años... En general, se parte de un buen material del que podría haber salido una muy buena película, pero por falta de algo intangible ("química" si se quiere) todo se queda en un entretenimiento decente.

Ahora bien, la película no está a la altura si la comparamos con la trilogía original. Probablemente sea la peor de las cuatro películas de Indiana Jones (aunque quizá con el paso del tiempo, la revaloricemos: no sería la primera vez), pero sigue siendo mejor que imitadores como Tomb Raider, La Búsqueda o, incluso, a La Momia (cuya primera película resulta un acercamiento al Indy clásico de lo más logrado). Y es que, a pesar de todo, Indiana Jones sigue siendo Indiana Jones, así que ¿como no disfrutar en el cine cuando se apagan las luces y empieza a sonar la música de Williams y sale la montaña del logo clásico de la Paramount?. Aunque luego, en frío, nos deje peor sabor de boca que las tres anteriores... En resumen, sentimientos encontrados

El Libro de Nobac

El Libro de Nobac, escrito por Federico Fernández Giordano, es el ganador del Premio Minotauro 2008. Se trata de una novela que mezcla diversos géneros: aunque domina el misterio de tipo detectivesco, el texto presenta pinceladas fantásticas, de terror e, incluso, de ciencia ficción. Pero en definitiva el elemento fantástico casi puede considerarse secundario, sin llegar a quedarse en un simple MacGuffin por muy poco. Sin que esto sea malo en sí, cabe preguntarse si los responsables del premio tienen miedo de una fantasía más hard (si se me permite tomar prestado el término procedente de la ci-fi, y sin que esto implique la presencia de elfos y dragones), cuando tres de los cinco premios otorgados hasta ahora han sido novelas cuyos elementos fantásticos podrían aparecer sin muchos problemas en según y qué best-sellers de lo que podíamos llamar literatura general (el mainstream de los anglosajones). O quizá sea una cuestión de estrategia comercial, para intentar atraer a un público genérico que rechazaría a priori el género fantástico, pero sería capaz de aceptar ese tipo de elementos si los firma un Dan Brown, un Pérez-Reverte o un Ruiz Zafón. O quizá es que simplemente la novela que más ha gustado al jurado ha tenido esas características y tampoco hay que darle más vueltas al asunto.

Dejando de lado este tipo de reflexiones y pasando al libro ganador este año, lo primero que hay que agradecer (especialmente después de la intrascendencia de la ganadora del año pasado) es que se trata de una novela ambiciosa. Sin embargo, esto no quiere decir que el resultado sea perfecto, ni mucho menos. La trama nos cuenta la historia de Edgar Pym, escritor (fracasado, por supuesto) y de Lisa Lynch, periodista (atractiva, por supuesto). Ambos son contratados por un anciano llamado Valdemar, que posee un inquietante libro, lo que les lleva a investigar su pasado, relacionado con el del (misterioso, por supuesto) profesor Nobac.

Lo estereotipado de los personajes y sus relaciones, incluídos los evidentes homenajes que implican sus nombres, así como la evolución de la trama y ciertas reflexiones que aparecen a lo largo del texto, apuntan hacia un posible juego o reflexión metaliteraria que no acaba de cuajar. Sin embargo, y ese quizá sea uno de los puntos fuertes de la novela, ésta queda lo suficientemente abierta para admitir interpretaciones alternativas. La novela deja los suficientes cabos sueltos (sin que su trama principal quede sin resolver ni excesivamente abierta) para estimular la imaginación del lector.

Si los personajes son lo más flojo del libro, su mayor punto fuerte está en el planteamiento y desarrollo de una trama, que si bien tampoco es que sea un prodigio de originalidad, está bien escrita, sabe atrapar al lector, y consigue mantener el interés hasta sus últimas páginas. Aunque el género dominante es el misterio de tono intelectual, el libro no carece de momentos que provocan la inquietud y una cierta paranoia (¿será por eso que la coprotagonista se apellida Lynch?). De todas formas, es uno de esos casos en que el lector (si es medianamente avispado o ha leído lo suficiente) se empieza a figurar lo que está pasando a media novela, y la hipotética revelación detrás del misterio no lo es tanto cuando llega el último capítulo. Por otra parte, el final parece un poco precipitado y peor estructurado que la creación de la intriga que domina el resto del libro.

Por desgracia, y pasando a un apartado más formal que de contenido, la edición de la novela es francamente mejorable. No hay nada que objetar a la portada (bueno, dejando aparte que no me gustan las portadas que incluyen textos además del título y autor...) ni a lo que es el libro como objeto en sí, pero con respecto al texto, hay mucho que decir. La presencia de erratas es un mal que parece cada vez más asumido y no hay libro que se salve de ellas. Pueden perdonarse (que no aceptarse) errores como ...la cinta del magnetófono se atacó... (pág.168), que hasta resulta gracioso. Más difíciles de admitir son cosas que cualquier corrector ortográfico de un procesador de textos hubiera señalado, como ...no parecía consagtrarse... (pág.16), o ...requería a lgún tipo de distensión... (pág.211).

Sin embargo, hay un tipo de incoherencias y errores que son aún peores y que le dan al texto un aspecto descuidado (y aquí sería más difícil determinar si la culpa es del propio autor o del editor). Hay un par de frases que parecen haber sido corregidas a medias, como ...le pareció bastante descuidada en el inicio iniciales de su recorrido... (pág.17), donde da la sensación de que el autor primero escribió una cosa y luego la cambió, pero se dejó parte de la frase anterior.

Quizá la incoherencia más grave se refiera al año en que está ambientada la novela (aspecto que en principio tampoco tiene la menor relevancia). Si en un momento dado se nos dice ...un día de verano de 1974 - continuó -. De eso hace ya treinta y cinco años... (pág.61), ¿por qué una serie de informes que incluye la novela (y que se suponen escritos durante la acción de la misma) tienen fecha del 99?: las cuentas no salen. Por si fuera poco, y dadas las características de la novela (que tampoco es plan de explicar aquí), esto supone una distracción, pues hace que el lector se plantee si se trata de un error en la novela o es un hecho deliberado dentro de la intriga que presenta la historia.

Además, hacia el final de la historia se percibe un cambio bastante obvio. Si al principio la ambientación era relativamente atemporal, en su conclusión se ve claramente un aumento de los elementos que la atan a la época actual (móviles, portátiles, Internet, Wikipedia...) y que hasta ese momento no habían tenido protagonismo o presencia. En general, estos errores e incoherencias dan la sensación de que estamos leyendo el borrador de una novela escrita hace 10 años, con una conclusión escrita en la actualidad y una revisión no muy cuidadosa. No se trata de afirmar que sea así: obviamente ni lo sé, ni realmente tendría importancia si fuera ese el caso (en lo que se refiere al proceso de creación de la novela; el descuido en la revisión no sería admisible nunca), pero esa es la impresión que da en ocasiones el texto. Si un lector casual, sin hacer una lectura con lupa (a pesar de lo que pueda parecer), encuentra todas estas cosas, ¿qué no podría haber hecho un editor profesional dedicando el tiempo necesario al libro?

Puede argumentarse que estas cosas no afectan a la calidad del texto en sí, lo que sería discutible (de acuerdo respecto a las erratas, no tanto en lo que se refiere al aspecto descuidado). Ciertamente en este libro no son tantas como para hacer incómoda la lectura (aunque cuando ya en las páginas 16 y 17 te encuentras dos seguidas, uno empieza a preocuparse). En cualquier caso, cualquier incidencia de este estilo que distrae de lo que es la lectura propiamente dicho es algo que debería evitarse. Si me encuentro una página impresa al revés también puedo seguir la lectura dando la vuelta al libro y tampoco es culpa de la novela en sí, pero será igualmente criticable. La diferencia es que en ese caso a lo mejor puedo conseguir que me cambien el libro en la tienda por estar defectuoso: con una errata nunca lo he intentado pero no creo que me lo aceptaran. Eso sí, a lo mejor las editoriales empezaban a preocuparse un poco más por el producto que venden.

En conclusión, El Libro de Nobac es una buena novela, que nos cuenta una historia interesante. Si sirve de alguna indicación o referencia, estaría en el punto medio de lo que han sido hasta ahora los premios Minotauro (en una escala donde lo mejor sería Señores del Olimpo y lo peor Los Sicarios del Cielo). Sin embargo, la calidad del libro se ve necesariamente reducida por los defectos que salpican el texto (no todos achacables a los duendes de imprenta) y que dejan con la sensación de haber leído algo a cuya revisión no se ha dedicado el suficiente esfuerzo. Y eso es lamentable en lo que debería ser uno de los lanzamientos estrella de la temporada para su editorial. Igual que no se admitiría como buena una edición en CD del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (o del Nevermind si se prefiere), por muy disco imprescindible que sea, que sonara a hueco o con chasquidos, o con las canciones desordenadas, hay que quitar un punto o dos a la nota final del libro por esos motivos. Y es realmente triste tener que dedicar casi más espacio a comentar esas cosas sobre el libro que a la novela como tal.

Nota: Bien (podría llegar al Notable Bajo con un mejor trabajo de revisión y edición)

The Making of Star Wars

Como espectadores, pocas veces nos planteamos el esfuerzo y el coste que hay tras la realización de una película. Nos sentamos en una sala oscura y confiamos en que el director y todo el equipo que tiene detrás nos ofrezcan un producto por el que nos haya merecido pagar la entrada. Naturalmente, esto no quiere decir que haya que perdonarle a una película sus defectos porque tenga mucho trabajo detrás, pero sí que es un elemento más a considerar a la hora de hacer un análisis exhaustivo (porque, precisamente, muchas veces ese trabajo ha sido insuficiente).

Este libro escrito por el periodista J.W. Rinzler presenta y detalla la creación de una de las películas míticas de todos los tiempos: La Guerra de las Galaxias. Independientemente de la opinión que se tenga de ella, pocas personas se atreverían a negar que esta película es un título imprescindible a la hora de conocer la historia del séptimo arte, y que marcó un punto de inflexión en la industria y en la forma de entender el cine de ciencia ficción y el espectáculo cinematográfico.

El libro está creado a partir de una buena cantidad de entrevistas y testimonios de la época, y ese quizá sea uno de sus mayores atractivos. En ningún momento se habla de las secuelas, más que como una posibilidad y un punto de enfrentamiento por el que disputarían George Lucas y la Fox. Así, la perspectativa y las opiniones presentadas son siempre de unos años alrededor del estreno de Star Wars (cuando aún no era A New Hope), y las protagonizan prácticamente todos los miembros del equipo, desde George Lucas y los productores de la Fox hasta los técnicos, pasando por los miembros del reparto. Además, no faltan las opiniones de algunos de los amigos de George Lucas: Steven Spielberg, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Brian de Palma…

Aunque el libro no se limita a exponer los fragmentos de entrevistas, sino que los va enlazando y ordenando en orden cronológico, quizá lo que se echa un poco en falta es un poco más de contenido analítico o crítico. En vez de eso, el texto es más bien expositivo y nos cuenta (como avisa en su subtítulo el libro), la historia definitiva detrás de la película original, dejando que el lector saque sus propias conclusiones.

Con casi 400 páginas de buen tamaño (el libro tiene más o menos las dimensiones de un LP), el nivel de detalle que se nos ofrece llega a ser apabullante. También es digna de mencionar la cantidad de material gráfico que se utiliza (probablemente no haya una sola página sin algún tipo de ilustración): fotografías de la época, arte conceptual (como las legendarias láminas creadas por Ralph McQuarrie), storyboards

Pero hay que insistir en que este no es uno de esos libros decorativos, cuyo único interés está en mirar sus imágenes. El texto recoge de forma tremendamente detallada todo el proceso de creación de la película, desde las primeras ideas de Lucas hasta las reacciones de la crítica y el público tras el estreno. Aunque hacer un resumen completo es casi imposible, sí que hay varios puntos que merecen ser mecionados.

En lo que se refiere a la historia propiamente dicha, el texto nos lleva a través de las distintas versiones del guión y de las ideas de George Lucas. Muy pronto queda claro que Lucas resulta tremendamente detallista, y que sus primeras versiones de la historia son excesivas para una única película. Así, poco a poco el guión se va simplificando (y depurando), pero Lucas no abandona la complejidad del universo que está creando. Por supuesto, eso no quiere decir que tuviera planeadas las dos trilogías desde el principio, ni mucho menos. De hecho, muchos de los conceptos e ideas son bastante diferentes de lo que acabarán siendo (sin irse muy lejos, la idea de Darth Vader como padre de Luke Skywalker no aparece todavía en ningún momento). Como curiosidad, Lucas sí que hace en esa época una mención a los denostados (y con razón) midiclorianos que reaparecerán en La Amenaza Fantasma.

El proceso de casting también es narrado con bastante detalle. Es curioso pensar que Harrison Ford al principio sólo iba a las sesiones para dar la réplica a los actores (Lucas no quería repetir actores con los que ya hubiera trabajado, en el caso de Ford en American Graffiti). Y que Han Solo podría haber sido Christopher Walken o Kurt Russell. Y que Jodie Foster tenía muchas posibilidades para ser la Princesa Leia, pero fue descartada porque su juventud (14 años) le impedía trabajar las mismas horas que un adulto.

El rodaje se nos narra prácticamente día a día, con insertos de los planes de rodaje para cada día que permiten ver como van rodándose las escenas, y aparecen los problemas e inconvenientes. También se mencionan aquí algunas de las escenas que acabarían en la sala de montaje, como la relación de Luke con sus amigos o la escena entre Han Solo y Jabba (recuperada/retocada en las ediciones especiales).

Es evidente que Star Wars supuso una revolución en el campo de los efectos especiales, quizá no tanto en lo que se hacía, pero sobre todo en para qué se utilizaban. Así pues, buena parte de la historia de esta película está enlazada con la historia de la ILM (Industrial Light & Magic), la empresa de efectos especiales creada por Lucas para este proyecto, y casi indiscutiblemente líder actual en su campo. Además de los problemas económicos y de gestión, Lucas y la ILM se enfrentaron a los inevitables plazos y fechas de entrega impuestos por el estudio.

Obviamente, el principal protagonista de esta “novela” es un joven director de poco más de 30 años llamado George Lucas. El cineasta californiano es una figura discutida y polémica entre los aficionados al cine en general y a Star Wars en particular, y este libro permite conocerle un poco mejor, al menos en lo que se refiere a la época en que rodó esta película. Los problemas a los que se enfrentó durante la producción, en la que tuvo que poner buena parte de su propio bolsillo para que saliera adelante, y las tensas relaciones con la Fox parecen explicar bastantes cosas. Sin pretender buscar justificaciones o hacer análisis psicológicos "de todo a 100", visto todo eso parece comprensible su aparente obsesión por el control y por disponer del dinero necesario para poder hacer lo que le venga en gana con sus próximas películas. En el libro ya aparecen su insatisfacción con el resultado de la película (que acabará culminando en la creación de las "ediciones especiales") y su agotamiento que le lleva a renunciar a la dirección (pasarían más de 20 años antes de que volviera a ponerse tras las cámaras).

Por todo esto y mucho más, The Making of Star Wars: The Definitive Story Behind the Original Film se presenta como la referencia indiscutible sobre la producción de La Guerra de las Galaxias, y es un libro que no debería faltar en la biblioteca de los aficionados al universo creado por Lucas que quieran conocer en profundidad sus orígenes, o en la de los cinéfilos que quieran conocer el absoluto "como se hizo" de esta película.

Los Crímenes de Oxford

La última película de Alex de la Iglesia, que llevaba 4 años sin estrenar ningún largometraje, es la adaptación de la novela del autor argentino Guillermo Martínez, también conocida como Crímenes Imperceptibles. Como era de esperar por la naturaleza del proyecto, de la Iglesia deja de lado buena parte de su particular universo y forma de entender el cine para sacar adelante una correcta adaptación del libro a la pantalla. A priori parece que no era un proyecto adecuado para el director vasco, pero así nos demuestra que no le importa adaptarse a las características de un cine que no es el suyo. Aún así, la película tiene algunos momentos de humor muy propios de de la Iglesia, aunque en general parece evidente que es su trabajo menos personal, lo que puede decepcionar a algunos de los espectadores.

La película, al igual que la novela (respecto a la que no introduce grandes cambios), es un misterio clásico, un whodunit, que dicen los ingleses. Tenemos los esperados crímenes misteriosos que sacuden a una pequeña comunidad, y a la pareja de detectives aficionados (en este caso, matemáticos) que intentan resolver el caso. El motivo matemático de los crímenes es poco más que una excusa para darle un toque de “thriller intelectual” a la historia, pero poco más. La matemática y la filosofía también sirven para introducir unos cuantos elementos de reflexión en el guión, y aquí es donde se encuentra probablemente su mayor problema. La película cuenta con demasiadas escenas en que los personajes se limitan a discutir y filosofar en voz alta, algo que puede funcionar en el libro, pero ralentiza la película.

Como ya se ha dicho, Alex de la Iglesia se limita a hacer un trabajo clásico para contarnos el misterio alrededor de los asesinatos. Si acaso, destaca un poco el imposible plano secuencia que enlaza a los personajes al principio de la película. En la película vemos demasiadas referencias a otras películas (Pi, V de Vendetta, El Silencio de los Corderos). Así, en momentos parece que estemos viendo un ejercicio de estilo a lo Tarantino, aunque la suma de elementos es demasiado inconexa para encontrarle cierta coherencia: ¡si hasta podemos ver similitudes formales con El Código Da Vinci!.

En el reparto destaca sin duda John Hurt (V de Vendetta, Hellboy), que demuestra su categoría y experiencia a lo largo de todo el metraje. Elijah Wood (El Señor de los Anillos) está en su línea habitual (o sea, tirando a flojo, aunque en ningún caso lamentable), y no consigue llegarle a la suela de los zapatos a Hurt. El reparto femenino también está correcto, tanto Julie Cox (Dune (TV)) como Leonor Watling (Salvador). Hay que destacar que el rodaje se ha hecho en inglés, y Watling es la única española del reparto (para la versión española ha sido doblada, y confieso que llegué a pensar que se había doblado a sí misma). Lo que sí es criticable es la escasa credibilidad como posible pareja de Wood con cualquiera de las dos actrices: el aspecto juvenil del actor tiene un pase para hacer de estudiante de doctorado, pero resulta difícil imaginarlo como pareja de ambas mujeres.

La banda sonora es de uno de los habituales del cine español, Roque Baños, que hace incluso un pequeño papel como director de orquesta. Su trabajo es correcto, aunque previsible, recordando en ocasiones a las composiciones de Bernard Hermann para Hitchcock (otra referencia demasiado obvia). La fotografía y el resto de aspectos técnicos son correctos, si bien no especialmente llamativos. Si acaso, se echa en falta un mayor aprovechamiento del excelente escenario que supone Oxford, pues en la película abundan los interiores y los planos cortos de los actores.

En resumen, Los Crímenes de Oxford es una correcta y entretenida película de misterio, protagonizada por un inmenso John Hurt, pero también es uno de los trabajos más impersonales de Alex de la Iglesia. Así, aunque el director de Bilbao hace un trabajo correcto, los fans de su estilo se verán defraudados. Sin duda, no se trata de una película que vaya a pasar a la historia, aunque si buscamos un poco de intriga sin muchas más pretensiones, podremos pasar casi un par de horas de entretenimiento. Correcta, pero prescindible.

La Brújula Dorada

Esta película es la primera de la que pretende ser la nueva trilogía fantástica que dé beneficios a New Line Cinema, después del bombazo conseguido con El Señor de los Anillos. De hecho, la campaña de publicidad ha estado relacionando directamente y sin ninguna vergüenza ambas series de películas. La producción de La Brújula Dorada no parece haber sido fácil. Cuando Chris Weitz fue elegido director, descartó el guión que ya había sido escrito para ocuparse él mismo de la escritura. Después, abandonó el proyecto y fue sustituido por otro director, que también lo abandonaría por diferencias creativas con el estudio, con lo que acabó regresando Weitz. El estudio también parece haber impuesto varios actores, como en el caso de Christopher Lee o Ian McKellen (como la voz de Iorek Byrnison). De nuevo, parece un intento de enlazar esta película con anteriores éxitos del estudio...

Además, la película tiene detrás todo el tema de la controversia religiosa que acompaña a los libros. La trilogía de Philip Pullman siempre ha sido considerada una obra anti – religiosa o, directamente, anti – cristiana, por su representación de una iglesia católica ficticia dogmática e inmovilista, y por su tratamiento de temas religiosos. De hecho, en muchas ocasiones han sido presentados como una especie de "anti–Narnia" (por las lecturas cristianas que pueden hacerse de los libros de C.S. Lewis). En esta primera adaptación al cine todos estos temas no se referencian directamente. Es cierto que en el propio libro del que parte la película eran menos importantes, pero da que pensar acerca de las próximas películas, donde es un tema que debería ser cada vez más importante. Curiosamente, Pullman ha dado su voto de confianza a la película, al contrario que muchos de los aficionados de su trilogía. La razón de esta suavización está clara: el estudio tenía miedo de que las presiones de grupos fundamentalistas hicieran fracasar la película en las taquillas de Estados Unidos. De todas formas, no se han librado de la polémica ya que varios de estos grupos han criticado la película a priori por estar relacionada con esos libros ateos y promover entre los niños su lectura. El estudio debería haber estado más listo, y también más valiente, y haber aprovechado la polémica (viendo lo sucedido con casos como El Código Da Vinci o, en menor medida, el propio Harry Potter), promoviendo una adaptación más fiel. La controversia hubiera sido más o menos la misma, y al menos hubieran ganado puntos por fidelidad entre los aficionados a la novela. Claro, que entonces hubiera sido más difícil publicitar la película como un simple producto infantil.

En general, la adaptación de la película es un trabajo bastante fiel, aunque se han dejado fuera algunos de los últimos capítulos del libro, que se verán al inicio de la próxima película (y, de hecho, algunas escenas han podido verse en los trailers). Esta es una decisión un tanto discutible, ya que la película no es especialmente larga, y así queda con un final totalmente anticlimático, más parecido a un “continuará” televisivo que al final de una película. Por otro lado, muchas partes de la historia resultan un tanto confusas y se pasa atropelladamente de una situación a otra sin que queden muy claros los motivos. De nuevo (y ese es un defecto muy habitual últimamente), los lectores de la novela se enterarán más de lo que sucede que los que no conozcan el material de origen, y eso que esta parecía en principio la novela más fácil de adaptar de la trilogía. Quizá lo peor sea que da la sensación de que se ha optado por eliminar elementos que podían ser duros o crueles para dirigir la película hacia un público infantil. Por cierto, la traducción al castellano de varios términos importantes ha ignorado totalmente lo establecido en la traducción de las novelas.

La dirección de Chris Weitz resulta bastante plana e impersonal, y bastante mejorable en muchas partes. Esto puede ser achacable tanto a su inexperiencia (sólo ha dirigido antes las comedias Down to Earth y Un Niño Grande) como a los problemas de su participación y dedicación al proyecto. Puede que tuviera razón cuando abandonó el proyecto pensando que no estaba a la altura. En general, ni como director ni como guionista consigue generar demasiada emoción, quedándole una película un tanto fría y desangelada. El ritmo también es bastante mejorable, con repeticiones excesivas de algunas situaciones y demasiadas explicaciones dadas por los personajes (saltándose la vieja máxima de muestra algo, no lo cuentes). La banda sonora de Alexander Desplat (The Queen), joven compositor en alza, tampoco aporta gran cosa al resultado final.

El papel principal de Lyra Belacqua supone el estreno como actriz de la niña Dakota Blue Richards, que realiza un trabajo correcto, aunque a su personaje le falta un poco de desarrollo. Del resto del reparto, destaca especialmente Nicole Kidman, que es la que tiene mayor protagonismo, así como un personaje que le permite un mayor lucimiento. La presencia de Daniel Craig es bastante secundaria (a pesar de haber visto aumentado su papel de Lord Asriel respecto al libro), al igual que sucede con Eva Green, que interpreta a la bruja Serafina Pekkala. El resto de los actores, incluyendo las voces de Freddie Highmore (Descubriendo Nunca Jamás), Ian McKellen, Kristin Scott Thomas o Kathy Bates, tienen papeles bastante más secundarios.

De todas formas, el mayor fuerte de la película es la lograda recreación de la Tierra alternativa en que transcurre la acción, especialmente en ese Oxford y esa Inglaterra del principio, a mitad de camino entre lo real y lo mágico, con toques de steampunk. En todo caso, da la sensación de que un director más hábil le podía haber sacado más partido a este elemento. Los imprescindibles efectos especiales son correctos, centrándose sobre todo en la recreación de los acompañantes en forma de animal de los personajes humanos y en los osos polares, con lo que aparecen algunos problemas cuando se trata de generar pelaje por ordenador.

En conclusión, La Brújula Dorada es una correcta adaptación, que como película resulta más bien decepcionante, a pesar de su excelente ambientación y el buen trabajo de los actores, sobre todo porque es muy evidente que sólo es la primera parte de una historia más larga y que sólo podrá juzgarse correctamente cuando se tenga una visión de conjunto. Tampoco está muy definido cual es el público al que se dirige. Aunque los libros de Pullman parecen orientados a un público juvenil (que no infantil), lo cierto es que tienen bastantes lecturas que los hacen interesantes para los adultos. En cambio, la película se queda en una incómoda tierra de nadie: los niños la encontrarán compleja y aburrida en muchas partes, mientras que para los adultos puede plantear elementos interesantes, pero diluidos por un tono demasiado infantil. Además, la frialdad que transmite (y no es culpa de los helados escenarios en que transcurre buena parte de la historia) no ayuda a implicarse en la película, a la que le falta algo de verdadera emoción. La suerte que tiene esta película es que no tiene competencia para convertirse en el título de estas Navidades, porque si hubiese tenido que competir con un Potter o incluso con una Narnia, lo hubiera pasado bastante mal.

Beowulf

El gran poema épico de la lengua inglesa (más o menos equivalente en importancia a lo que es el Cantar de Mío Cid para la lengua castellana) ha sido adaptado varias veces al cine recientemente. En 1999 fue una extraña película protagonizada por Christopher Lambert que con resultados bastante lamentables le daba a la historia una ambientación cercana a la ciencia ficción. Ese mismo año, El Guerrero Número 13 adaptaba una novela de Michael Crichton que daba su propia versión de la historia, con resultados mucho mejores. Y hace un par de años, Beowulf & Grendel, protagonizada por Gerard Butler, daba un enfoque más realista a la leyenda en esta pequeña película.

Para su versión del poema, Robert Zemeckis ha utilizado las técnicas que empleó para su anterior trabajo, Polar Express, realizando una película de animación por ordenador empleando captura de movimientos. Es decir, la actuación de los actores se recoge en el ordenador mediante un traje lleno de sensores, así como la expresividad de sus rostros (también sembrados de pequeñas pelotitas reflectantes para detectar sus movimientos). Después el director y los animadores pueden emplear toda esta información para disponer los modelos en 3D de los personajes en escenarios también virtuales y realizar cualquier movimiento de cámara que pueda imaginarse.

Los personajes animados, al menos en su mayor parte, se parecen a sus contrapartidas originales (a las que también dan voz), quizá con la excepción del protagonista, Ray Winstone, que se ha ahorrado horas y horas de gimnasio para disponer de un físico perfecto (aunque el propio Winstone, de 50 años, afirma que su personaje se parece a él cuando tenía 18 años…). Puede discutirse la necesidad de realizar así la película, cuando podría haberse hecho algo similar a 300 y emplear directamente a los actores reales en entornos virtuales. La razón que se ha dado es que de esta manera el director dispone de total control y flexibilidad, algo que no podría tener de otra forma. También es de suponer que es más fácil poder crear luego tanto la versión normal como la tridimensional, y desaparecen los problemas de integración de elementos reales en escenarios virtuales.

Quizá el principal problema de la película, en su apartado técnico, venga de su planteamiento para ser vista y disfrutada en cines capaces de proyectarla con su novedoso sistema tridimensional (que emplea una tecnología y unas gafas más avanzadas que las clásicas gafas azules y rojas). Esto hace que en un cine tradicional esa espectacularidad se pierda y que en varias escenas se note excesivamente que están diseñadas para ser vistas en 3D (como sucede con la de la lanza). Al menos no es tan grave como era de esperar tras haber visto Polar Express y sus interminables recorridos del tren en plan montaña rusa. Así pues, parece que es recomendable ver la película en un cine preparado para la proyección en 3D, pero por desgracia son pocos y la mayor parte del público nos tenemos que conformar con el formato tradicional.

Siguiendo con las inevitables comparaciones con Polar Express, hay que reconocer que en esta nueva película los personajes parecen más reales y expresivos que en aquella: es obvio que la técnica avanza. Por otra parte, hay algunos momentos (escasos) en los que la expresividad de algún personaje no está del todo lograda, y quizá hubiera sido conveniente “corregirla” empleando técnicas de animación por ordenador tradicional (o, si se ha hecho así, habría que haberlo hecho mejor). Aún así, sigue habiendo una cierta sensación de “frialdad” en los personajes, aunque quizá se deba a que inconscientemente sabemos que no son reales (otros casos similares, como Gollum o Davy Jones, resultan más creíbles, pero quizá se deba a su integración en un entorno real). En todo caso, es difícil hablar de la calidad de las actuaciones y de las voces, habiéndola visto doblada, tampoco puede decirse mucho. En todo caso, es de agradecer que la mayoría de los actores (además de Winstone, completan el reparto Anthony Hopkins, Angelina Jolie, Robin Wright Penn, John Malkovich y Brendan Gleeson) tengan sus voces habituales de doblaje y no se haya contratado a “famosetes” de medio pelo como es tristemente habitual en otras películas de animación (claro, que esta tampoco sería la típica película de animación…)

Porque en efecto, esta no es una película de animación familiar y para todos los públicos: nada que ver con el cuento infantil navideño que era Polar Express. Además de alusiones sexuales y desnudos (aunque con bastante grado de “Austinpowerismo”, como lo ha llamado el crítico Roger Ebert), la película cuenta una historia violenta y sangrienta, y no se limita demasiado a la hora de mostrar sus aspectos más brutales.

El guión sigue bastante literalmente la historia del poema original, aunque se trata de una interpretación moderna realizada por el guionista Roger Avary (colaborador de Tarantino en el guión de Pulp Fiction y autor del de Silent Hill) y el escritor Neil Gaiman (cuya novela Stardust hemos podido ver recientemente también adaptada al cine). Como era de esperar en esta modernización de la historia, se busca dar algo más de profundidad psicológica al protagonista: Beowulf no es un héroe perfecto, sino un hombre con defectos y debilidades. Igualmente, Grendel y su madre no son únicamente monstruos a eliminar por el guerrero, y la película insinúa razones para que el espectador empatice con ellos. Aún así, esto son sólo unos apuntes: el guión de la historia no deja de ser una secuencia de escenas de acción y combate espectaculares, sin mucha más profundidad detrás. Al fin y al cabo, la historia de Beowulf no deja de ser la historia vista mil veces del guerrero que se enfrenta al monstruo, y eso es lo que hace en la película (varias veces…)

El habitual colaborador de Zemeckis, Alan Silvestri se ocupa de la banda sonora. Se trata de un trabajo espectacular de tonos épicos, que recuerda en ocasiones por su estilo a la música que compuso para Van Helsing, y acompaña a la perfección con su fuerza y grandilocuencia a lo que se ve en pantalla.

Beowulf es una película espectacular, y es de suponer que lo es todavía más si se puede ver en 3D, siguiendo con la tendencia de atraer al espectador a las salas de cine ofreciendo el más difícil todavía y el máximo espectáculo. Con una duración inferior a las dos horas, y con contínuas escenas trepidantes, el ritmo no decae en ningún momento. Eso sí, la película no cuenta una historia especialmente original ni sorprendente. Así, Beowulf resulta muy entretenida, pero no resulta memorable ni revolucionaria, ni en el apartado técnico ni en lo que se refiere al contenido. Quizá lo más destacable sea el enfoque sangriento y más adulto tratándose de una superproducción de animación, y es poco probable que un título pase a la historia del cine por eso.

Stardust

La película se basa en una novela ilustrada escrita por Neil Gaiman, cuya historia adapta de manera bastante fiel. Incluso la ambientación recuerda bastante a las ilustraciones de Charles Vess para la novela original. Lógicamente, hay omisiones y modificaciones (el propio Gaiman se ha mostrado más que comprensivo con el tema), aunque no son demasiado radicales. En algunos casos, las eliminaciones han servido para eliminar de la trama elementos que quedaban sin resolución en la novela, haciendo la historia más compacta. En todo caso, que nadie espere una historia especialmente original o un guión con giros imprevisibles. Desde su concepción, la historia de Stardust es la de un cuento de tipo clásico, con su narrador (Sir Ian McKellen en la versión original), sus príncipes y princesas, sus piratas y sus brujas.

Este el segundo trabajo como director del londinense Matthew Vaughn, productor de películas como Lock and Stock y Snatch, y director de Layer Cake. Aparentemente, un director no familiarizado precisamente con el género fantástico (aunque su próximo trabajo es la adaptación al cine del personaje de comic Thor). Vaughn hace un buen trabajo tras las cámaras, en general de corte clásico pero con toques espectaculares en algunas escenas sólo posibles gracias a los efectos especiales generados por ordenador.

En los papeles principales tenemos a dos rostros jóvenes. Claire Danes (Romeo + Julieta, Terminator 3), a pesar de su juventud, tiene ya una cierta experiencia, mientras que Charlie Cox es prácticamente un debutante. Ambos se desenvuelven más que bien como Yvaine y Tristan, la pareja protagonista. Cox está correcto en la evolución de su personaje, pero su compañera de aventuras brilla un poco más (dicho sea sin segundas interpretaciones). El resto del reparto está lleno de caras más o menos conocidas procedentes del cine británico (Peter O’Toole, Sienna Miller, Ricky Gervais, Rupert Everett), aunque sin duda alguna las más conocidas (y con más peso en la película) sean las de los estadounidenses Robert de Niro y Michelle Pfeiffer.

Robert de Niro no es precisamente el de Toro Salvaje o El Padrino II, pero su actuación está un poco por encima de lo que le vemos últimamente en sus papeles más “alimenticios”. Además, su personaje proporciona algunos de los momentos más divertidos de la película. Michelle Pfeiffer, cuyo regreso al cine (y en un papel de “mala”) con esta película ha sido ampliamente publicitado, está estupenda como bruja: se nota que disfruta con el papel y combina los momentos de reírse de sí misma con los de un enfoque más serio del personaje. Por otra parte, a pesar de que hace más de 20 años que la vimos en Lady Halcón (un tipo de película con las que esta está más que emparentada), hay que reconocer que está tan guapa como entonces.

Los efectos especiales y la banda sonora (de un desconocido Ilan Eshkeri, con el que el director trabajó en su anterior película) cumplen con su cometido, sin ser especialmente espectaculares, pero manteniéndose al servicio de la historia (destacando la sencillez y eficacia del “brillo” de Yvaine). Así, los efectos especiales o el maquillaje en ocasiones resultan un poco evidentes, pero no hay que perder de vista que la película tiene menos de la mitad de presupuesto que el último título de Harry Potter. No es que sea una pequeña producción independiente, pero tampoco es un título millonario destinado a romper las taquillas.

La película no ha funcionado demasiado bien en las taquillas estadounidenses (donde se estrenó en verano), y ha tenido que esperar al mercado internacional para empezar a hacer beneficios. Las críticas, por otra parte, en general han sido en su mayor parte positivas.

Stardust es un ejemplo perfecto de cine para todos los públicos, con un estilo que recuerda más a La Princesa Prometida (referencia confesada por el propio director) y al cine fantástico que se hacía en los años 80, que a Harry Potter. Quizá no sea una película que levante pasiones ni entusiasmos desatados, pero probablemente sí que sea una película de la que nadie diga nada malo. Y es que la película tiene un poco de todo: aventuras, espectáculo, romance, magia y humor. Por otra parte, es un título que pueden disfrutar tanto los más pequeños (a pesar de ciertas muertes crueles) como los adultos: no es tan infantil como Las Crónicas de Narnia, por poner un ejemplo. Por último, es de agradecer que de vez en cuando surjan películas así dentro del género fantástico, capaces de contar una historia en poco más de 2 horas, sin necesidad de formar parte de una saga, y que puede disfrutar sin problemas cualquier espectador. Stardust es un título muy recomendable para cualquiera, y casi imprescindible para los amantes del cine fantástico.

Harry Potter and The Deathly Hallows

Después de 10 años y 7 libros, llegamos al final de las aventuras del mago más famoso de los últimos tiempos, un adolescente llamado Harry Potter. Desde la publicación del primero de los libros en 1997, el éxito en forma de premios y ventas ha acompañado a cada nueva entrega. De hecho, los últimos 4 libros han roto records de ventas en poco tiempo, alcanzando ingresos comparables a los de un taquillazo cinematográfico. Incluso en un país como el nuestro, en el que no somos conocidos por la afición a la lectura (y mucho menos por el dominio de los idiomas extranjeros), la salida a la venta de los dos últimos volúmenes en inglés se ha visto acompañada de un despliegue de marketing (con su reflejo en ventas) nada usual.

No puede negarse: el fenómeno editorial que han supuesto los libros de J.K. Rowling es algo que no se había visto nunca, y mucho menos en el mundillo del género fantástico. George R.R. Martin, por poner un ejemplo de autor actual popular, es improbable que alcance ese mismo despliegue mediático con la publicación de sus próximos libros. Ni siquiera Dan Brown puede aspirar a algo así con su próximo best – seller.

Sin duda, parte del secreto del éxito de Rowling está en el tipo de libros que ha escrito, a medio camino entre el género infantil y el fantástico, pero a la vez con una ambientación reconociblemente terrenal y muy británica. En el punto negativo, el mundo mágico de los libros de Potter no parece pensado para sufrir un análisis en profundidad y en muchos casos carece de coherencia. En ocasiones se abusa de una magia repleta de conjuros ad-hoc y de su uso como deus ex-machina (¡caramba! cuanto latín…). En otras palabras, como decía Lucy Lawless en un episodio de Los Simpson, se emplea demasiado el “Lo hizo un mago” (o “es magia”) para justificar las cosas. Por otra parte, esto probablemente sólo nos preocupe (relativamente) a los aficionados al fantástico del ala más “dura”, y para el público en general se trata de una parte más del encanto de la serie. Porque no hay que olvidar que la serie de Potter es un libro de raiz fantástica (en su vertiente para niños y jóvenes) pero que llega a un público de toda edad y condición.

Los dos primeros libros, La Piedra Filosofal (1997) y La Cámara Secreta (1998) eran una excelente, aunque sencilla, introducción al mundo de Potter. En El Prisionero de Azkaban (1999) la historia se empezaba a alejar del tono más infantil de los libros anteriores (desarrollando algunos elementos siniestros ya apuntados), y en El Cáliz de Fuego (2000) la saga alcanzaba prometedores tonos de oscuridad épica, abriéndose el camino para la gran trama central de la saga. En ese sentido, La Orden del Fénix (2003) supuso una decepción con una trama en la que no se avanzaba gran cosa, y donde los elementos importantes estaban mal escritos y pérdidos entre páginas y páginas de relleno. Aunque también era un libro de transición hacia el último, El Misterio del Príncipe (2005) era mucho más interesante y prometía un final apasionante.

Desde el principio se notan dos cosas muy claramente. La primera, que The Deathly Hallows es el último libro de la saga y a la autora, como es lógico, de vez en cuando le da por ponerse un poco nostálgica. Así, abundan las referencias a los libros anteriores y los “momentos – recuerdo”. Por otra parte, Rowling no hace concesiones y el libro se presenta como la continuación directa de El Misterio del Príncipe, sin recapitulaciones ni recordatorios de ningún tipo, ni al principio ni durante el texto. Es decir, es recomendable la relectura de dicho libro para tener más claro lo que sucede en este. En cierto modo, este libro y el anterior siguen una trama continúa (la relacionada con los Horcruxes) que se iniciaba en El Misterio del Príncipe y se continúa en The Deathly Hallows, mientras que el resto de libros podían considerarse episodios prácticamente independientes.

En ocasiones, esta dependencia de los libros anteriores llega a resultar un poco excesiva, y para el lector casual (por llamarle de alguna forma) que sólo se ha leído los libros una vez y no es un fan dedicado hay muchas cosas que pueden quedar poco claras. De todas formas, al fin y al cabo el séptimo libro de cualquier serie tiene que asumir que va dirigido a un cierto tipo de lector, capaz de emprender el largo viaje que supone disfrutar de una de estas extensas sagas (y esos lectores son los que Rowling incluye en su dedicatoria). Sin embargo, no hubiera estado de más algún que otro apoyo para los más desmemoriados.

Uno de los puntos de partida más interesantes que nos encontramos en esta novela es que (como ya avanzaba El Misterio del Príncipe) se rompe la fórmula que han seguido casi religiosamente los libros anteriores. En los otros seis libros de la saga la trama se veía encorsetada por un armazón que se veía obligada a respetar, y del que por fin se ha liberado en esta última.

Por desgracia, Rowling no acaba de sacarle a esto todo el provecho posible y, tras un prometedor inicio (quizá uno de los mejores de la serie), la trama sufre un tremendo parón de ritmo antes de llegar a la mitad del libro. Ni los protagonistas ni (al parecer) la autora saben muy bien hacia donde dirigirse, y el lector se encuentra con que no pasa prácticamente nada (y lo que pasa es bastante repetitivo) durante decenas de páginas. Da un poco la sensación de que Rowling no se encuentra demasiado cómoda fuera de la estructura de los otros libros. Así, tampoco quedan demasiado claros el paso del tiempo ni la percepción del espacio y las distancias (algo muy difícil de lograr cuando el medio de transporte habitual de los personajes es la teletransportación).

Quizá otra de las razones de esta caída de ritmo sea que la historia en esa parte se centra casi exclusivamente en el trío principal: Harry, Ron y Hermione. Es obvio que se trata de los absolutos protagonistas de la saga, pero con el extenso e interesante reparto que ha ido creando Rowling, se echa en falta mayor atención a otros personajes. Por otra parte, son tres personajes a los que ya conocemos muy bien, y no vamos a encontrarnos grandes sorpresas en su interacción y en el desarrollo de su relación. En general (y esto se aplica a todo el libro, aunque es menos grave fuera de esta parte), se hubiera agradecido algo más de presencia de otros personajes de la serie, pues casi todos aparecen, pero apenas esbozados.

Por suerte, después de este bache la cosa va remontando poco a poco hasta llegar a unas trepidantes últimas 150 páginas. En cierto modo, pasa lo mismo que en casi todas las novelas anteriores (al menos en las de mayor extensión): el ritmo inicial es lento, e incluso un poco cansino, pero el clímax final hace que dejar el libro de lado durante la última parte sea casi un acto doloroso.

Como era de esperar, el recuento de cadáveres con “nombre” de este último libro es bastante alto (no vamos a dar nombres…). Sin embargo, en pocos casos estas muertes provocan una verdadera emoción, y suele ser más por el tiempo que se lleva con algunos personajes que por la narración de Rowling. Ahora bien, lo que sí consigue crear la autora es la sensación de que nadie está a salvo de peligro, y de que en cualquier momento cualquier personaje puede ser una nueva víctima en la guerra entre el bien y el mal. Quizá sea también esa sobredosis de muertes la que le quite algo de impacto a las que se producen.

Lo cierto es que dicho enfrentamiento entre las fuerzas del bien y las del mal no nos ofrece demasiadas sorpresas: casi todo transcurre como es de esperar (o, al menos, de una de las formas posibles) y como ya planteaba El Misterio del Príncipe. Se cierran todas las tramas que se tienen que cerrar y no parece que la saga presente inconsistencias a primera vista (todo un mérito dada su extensión). Las sorpresas aparecen en forma de interesantes revelaciones sobre el pasado de un personaje importante (sin llegar a ser como el completo retrato de Voldemort que había en El Misterio del Príncipe), y en las Reliquias de la Muerte del título (una vez leído, esa parece la traducción más adecuada).

En conclusión, The Deathly Hallows es una más que adecuada conclusión a la saga, coherente con el resto de la historia, y que probablemente satisfará a todos los aficionados. Quizá el algo edulcorado epílogo sea lo que provoque más divisiones entre los lectores, aunque después de tanta amargura, quizá no venga mal ese toquecito de azucar. Por supuesto, el libro tiene defectos y está lejos de ser una obra maestra de la literatura. El mencionado problema de ritmo inicial por suerte se olvida gracias al gran final, pero sigue ahí. También da la sensación de que el libro está peor escrito que entregas anteriores, obligando a la relectura de algunos párrafos para tener claro lo que cuentan (y no, no parece que sea problema del idioma). Sin embargo, eso no dejan de ser menudencias ante lo que no deja de ser el libro que relata el enfrentamiento final entre Harry Potter y Lord Voldemort, entre el Bien y el Mal.

Nota: Notable Alto