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Conan el Bárbaro: la Novelización

Raramente una novelización, la adaptación de una película al medio literario, suele resultar una lectura especialmente satisfactoria. Hace años podían ser la única forma de revivir una película en el propio hogar, pero en la actualidad se puede disponer a los 3 meses del estreno de cualquier título en formato doméstico y máxima calidad. Así pues, no parece que una novelización pueda ser poco más que una pieza más de la maquinaria promocional de una película.

Especialmente curioso es el caso de aquellas películas que tienen origen literario, pero cuyo guión ha ignorado por completo esos orígenes y ha creado su propia historia. Ese es el caso de Conan el Bárbaro, escrita por Michael A. Stackpole (cuyo mayor éxito es alguna novela de la franquicia de Star Wars), que noveliza la fallida película de Marcus Nispel, y protagonizada por Jason Momoa.

A favor de los editores anglosajones hay que decir que, también como parte de la promoción de la película, se ha publicado una interesante antología de historias de Conan escritas por Robert E. Howard, con el subtítulo de "las historias que inspiraron la película" (si al menos esto fuera cierto...), que se convierten en un aceptable Best of Conan. Además, consciente del tipo de producto de usar y tirar que es, esta novelización sólo ha sido publicada en formato de bolsillo barato, costando menos de la mitad de lo que cuesta la correspondiente traducción al castellano en tapa dura.

Realmente, el único interés de una novelización de estas características es ver qué es lo que ha hecho otra persona en otro medio con el mismo punto de partida. Cuando acepta un encargo de este tipo, normalmente el escritor recibe una copia del guión sobre la que basarse para componer su libro. Por su parte, el proceso cinematográfico sigue por su camino habitual en el que son previsibles los cambios de guión de última hora o los recortes en la sala de montaje. En consecuencia, no es nada raro que haya diferencias entre lo que se ve en la pantalla de cine y lo que se lee en el correspondiente "libro de la película".

En el caso de este "Conan el Bárbaro", las principales diferencias sirven para paliar un poco algunas (que no todas) de las principales carencias de la historia de la película. Stackpole dedica más tiempo (o espacio) a los personajes que Nispel, lo que beneficia sobre todo a los personajes que rodean a Conan. Las motivaciones de los villanos, Khalar Zym y Marique, están más claras, y el personaje de Tamara y su relación con Conan resultan más creibles. Probablemente sea el personaje interpretado por Rachel Nichols el que mejor parado salga en su versión escrita, demostrando que Nispel no tenía muy claro qué hacer con él. Aún así, esto no quiere decir que los personajes adquieran unas dimensiones que no tienen: siguen siendo bastante planos y estereotipados, pero no tanto como en la película.

Con este libro, Stackpole se une a las legiones de autores de pastiches, haciendo compañía a los Carpenter, Jordan, Perry y otros pálidos imitadores de Howard. El autor demuestra que conoce al personaje o que, al menos, ha hecho los deberes y ha leído algunas cosas para dar cuerpo a su libro. Así, son constantes las referencias a la relación entre Conan y Bêlit, situando esta historia justo después del relato La Reina de la Costa Negra. Igualmente, el libro incluye escenas con el abuelo de Conan y el saqueo de Venarium, unos de los pocos elementos de la infancia de Conan que Howard menciona. El libro también es algo más respetuoso con la geografía Hiboria, con lo que aparece la ciudad de Asgalun (convertida en "Askalon" en la película sin que parezca haber una razón lógica). A Stackpole también hay que agradecerle que nos ahorre un par de escenas que rozan la caricatura en la película, lo que parece indicar que (una vez más) son idea de Nispel o su equipo próximo.

En conclusión, esta novelización demuestra que "Conan el Bárbaro" podría haber sido una película un poco mejor, sin llegar a ser una obra maestra del séptimo arte (o ni siquiera una buena representación...). No hubiera estado presente el Conan creado por Howard, pero hubiera sido como una película decente basada en uno de los pastiches menos malos, o en uno de los comics del montón. Por cierto, que la única mención del libro a Robert E. Howard está en la dedicatoria de Stackpole, aunque sí que se nombra a los autores del guión en que se basa la novela. Aunque a Howard no le suponga ningún beneficio el ver su nombre asociado con esta película (más bien lo contrario...) no deja de parecer una falta de respeto que en ningún momento se diga quien es el creador del personaje.

Conan el Bárbaro

Se hace un poco raro salir satisfecho del cine porque la película que se ha visto no es tan mala como uno se esperaba, pero eso es lo que sucede con Conan el Bárbaro. Lo visto hasta el momento en la mediocre campaña de marketing, sumado al nombre del director asociado al proyecto, no invitaba precisamente al optimismo. Las primeras críticas, tanto de aficionados al género y al personaje como de críticos generalistas, confirmaban en su mayoría estas expectativas. Y es cierto, Conan el Bárbaro no es precisamente una buena película, ciertamente no la que se merecen el personaje y su creador, pero no pueden dejar de encontrarse algunos aspectos positivos entre los abundantes problemas del largometraje.

Aunque la película se ha intentado presentar desde el principio como una nueva adaptación del personaje, la sombra del largometraje de 1982 ha sido difícil de esquivar, y tampoco parece que los productores se hayan esforzado mucho por hacerlo. La coincidencia de titulo y logotipo, el contar el origen del personaje, el ser una historia de venganza, e incluso contar con elementos temáticos y estéticos sospechosamente similares, hacen que no quede muy claro si finalmente estamos viendo un remake o no. Por poner un ejemplo cercano en el tiempo, esta película se parecería en su planteamiento, más que a Batman Begins, a Superman Returns (al menos Bryan Singer es un buen director).

Hay que reconocer que la película lo tiene difícil para contentar a los distintos tipos de espectadores que se enfrentan a ella. Por un lado, a los aficionados del personaje original de Robert E. Howard, que echan de menos la adaptación de las historias originales. Por otro lado, a los fans de Arnold Schwarzenegger, muchos de los cuales consideran una herejía que su ídolo no protagonice la película o, en su defecto, algún otro culturista (o estrella de la lucha). Finalmente, quizá los menos exigentes sean los espectadores "mayoritarios", a los que puede que les parezca raro que Conan no se parezca al antiguo gobernador de California, pero a los que tampoco les importara mucho (algunos, como mucho, puede que incluso sepan que hay cómics de Conan...)

El director de este Conan el Bárbaro es Marcus Nispel, procedente del mundo del videoclip, y cuya carrera incluye un par de remakes de clásicos del terror de los 70 y la fallida película de aventuras Pathfinder: El Guía del Desfiladero (otro remake). Con ese curriculum no podía esperarse gran cosa, aunque quizá con este largometraje haya hecho su mejor trabajo. Sin embargo, todo parece indicar que el es el principal responsable de algunos de los mayores defectos de la película (además, para eso es el director).

Para la historia, de forma difícilmente justificable, se ha optado por ignorar la obra de Robert E. Howard y crear una historia nueva para contarnos el origen del personaje, como ya se hizo en la película de 1982. Hubiera sido muy fácil adaptar uno de los relatos de Howard (o juntar un par), siendo que siempre es mas fácil adaptar textos breves que novelas, y además se hubieran ganado puntos con los fans del personaje literario, y se hubiera podido utilizar la fidelidad al original como herramienta de venta de la película. Sin embargo, se ha optado por el pastiche, por contar una historia que esta más próxima a los títulos publicados en los 80 y 90 por autores de encargo. Y, como sucede con estos mismos libros, no es fácil hacer compatible la historia con una continuidad basada en las historias originales: parece que hay que asumir que el Conan cinematográfico no es el literario. Y, como sucede con muchos de los pastiches, el tono de la historia no es el de los relatos escritos por Howard. Aunque Conan no deja de oponerse en ocasiones a grandes amenazas de proporciones épicas, la mayor parte de las veces los peligros a los que se enfrenta tienen un ámbito mucho más limitado (y, en muchos casos, estas son sus mejores historias). Por el contrario, el Conan de los pastiches (incluyendo la historia de esta película) suele tener que derrotar a un hechicero que quiere hacerse con el poder absoluto y acabar con el mundo como se le conoce.

Por otra parte, quienes han seguido de cerca el proceso de producción de esta película cuentan que el guión definitivo (con ajustes y reescrituras de última hora de gente como Sean Hood, realmente interesado en el personaje original) se ha librado de elementos realmente lamentables que aparecían en los primeros borradores. Aun así, la historia sigue siendo mediocre, como lo son la mayoría de los diálogos, aunque se agradecen algunos guiños a los textos de Howard, por breves y fuera de contexto que estén. También parece ser que la mayor parte del guión dedicado a la exposición o a desarrollar un poco las motivaciones de los personajes se ha quedado por el camino, sea porque Nispel decidió eliminar estas escenas en la sala de montaje o porque ni siquiera se dignó a rodarlas. Como resultado, la película se convierte en una secuencia de escenas de acción tras escenas de acción que acaban saturando al espectador con un ritmo excesivo: la película no se hace larga (tampoco lo es), pero en ocasiones se agradecería un ritmo más pausado.

De cualquier personaje literario pueden existir tantas interpretaciones distintas como lectores, y hay que reconocer que el Conan de esta película está más próximo al creado por Howard que el de 1982. En la película tenemos ocasión de asistir a sus grandes alegrías y a sus grandes melancolías, y vemos a Conan no sólo como un guerrero individualista (capaz de ahuyentar a un enemigo con la fuerza de su presencia), sino también como un líder de hombres. Ahora bien, algunos aspectos son más discutibles. En un momento dado Conan es presentado como un libertador de esclavos, para más tarde aparecer como un torturador sádico: ninguno de los dos extremos parecen propios del Conan de Howard. Por no hablar de su tratamiento de Tamara, la protagonista femenina, que además hace que la evolución de su relación no resulte nada creíble. Pero claro, si Nispel se dedica a dar entrevistas en las que dice que ha querido mostrar a "Conan el Misógino"... Conan no es que vaya a ser un adalid del feminismo, pero ¿misógino?

El mundo Hiborio en el que se mueve Conan está moderadamente bien representado, dando la sensación que se ha querido mantener un tono estético acorde con lo establecido con los actuales cómics publicados por Dark Horse. Dicho esto, no hay pocas incongruencias a poco que uno intente buscarle un poco de lógica y coherencia a la geografía (en su mayor parte inventada para la ocasión) y a las culturas que aparecen en la película. Por cierto, y como anécdota, creo que Conan no menciona a Crom en toda la película: una muestra más del desdén por la ambientación original.

Quien mejor parado sale de la película es sin duda su protagonista, un Jason Momoa que ha sabido superar las dudas iniciales que su selección ocasionó. No era fácil seguir los pasos de un Arnold Schwarzenegger que, a pesar de su poca adecuación para interpretar al Conan de Howard, supo crear una imagen que poca gente consigue separar del personaje. La caracterización de Momoa como Conan es casi perfecta (sólo le faltan los ojos azules...), y su físico resulta más creíble como guerrero que el de un culturista depilado y aceitado. Además, en este Conan no vemos sólo la tremenda fortaleza del personaje, sino también su agilidad felina. Y, por supuesto, Momoa resulta mejor actor que un joven culturista austriaco que apenas podía decir sus frases sin un fuerte acento. En cierto modo, le sucede lo mismo que a James Purefoy en Solomon Kane: actor y personaje merecían una película mejor.

Stephen Lang (Avatar) y Rose McGowan (Planet Terror) dan vida correctamente a los villanos del film, aunque sus personajes resultan excesivos y casi caricaturescos y, de nuevo, lastrados por una falta de definición habitual en toda la película. La belleza de Rachel Nichols (G.I:Joe) es lo único destacable de su presencia en la película. En su descargo hay que decir que el guión tampoco parece tener muy claro si su personaje es más una mujer de acción a lo Valeria o Bêlit, o una típica damisela en peligro, con lo que pasa de un extremo a otro sin más explicación. Del resto del reparto hay que mencionar al siempre correcto Ron Perlman (Hellboy) y a Leo Howard, que interpreta al Conan adolescente en la primera parte de la película, haciendo también un buen trabajo. En general, todos los actores del reparto hacen lo que pueden con las frases que les han tocado en el guión, pero no tienen mucho material con el que trabajar.

También debe mencionarse la breve intervención de Morgan Freeman, que da voz al narrador que introduce la película y explica la transición del Conan adolescente al maduro. Esa transición da muestra una vez más de la ineptitud de Nispel: mientras Freeman nos habla de las aventuras que ha tenido Conan cualquier director hubiera acompañado sus palabras con un montaje ilustrativo. Nispel nos obsequia con una pantalla en negro...

Pasando a considerar los aspectos técnicos, la fotografía y los efectos especiales de la película son correctos, combinando los paisajes de Bulgaria con fondos generados por ordenador para presentarnos unos reinos Hiborios más variados y espectaculares que los que vimos en 1982. Los efectos flaquean más en algunas criaturas generadas por ordenador, como unos prescindibles elefantes que acompañan al malvado Khalar Zym. Vestuario y ambientación en general también aprueban sin problemas, con un equilibrio razonable entre realismo y fantasía. El montaje de las secuencias de acción es igualmente irregular, oscilando entre lo claro de algunas secuencias (la persecución en el bosque) y lo totalmente confuso de otras (el guardián acuático). Como ya se ha comentado, este Conan es más rápido que versiones anteriores en su estilo de lucha, pero también abusa de los tajos dados con la espada empuñada a la inversa (como para apuñalar), que parecen más propios de una película de ninjas que de un bárbaro de Cimmeria. Por su parte, el montaje entre escenas es prácticamente inexistente, sin que llegue a crear una sensación de la distancia o el tiempo que transcurre entre una escena de acción y la siguiente. Este montaje frenético dificulta que ninguna escena pueda tener impacto emocional, pues no se deja tiempo para asimilarlas. Por no hablar de algunos momentos en los que la continuidad parece desaparecer, con amaneceres que se producen de forma instantánea y armaduras que dejan de usarse sin más explicación.

Por supuesto, la película ha caído en la tentación de convertirse al 3D en su post – producción, es de suponer que con los habituales resultados decepcionantes cuando se aborda de esta manera la imagen tridimensional. En general, parece que la producción intenta jugar la carta de ser "cool" y políticamente incorrecta. Esto hace que muchas cosas parezcan ideadas por una mentalidad infantil (o, si se prefiere, inmadura), como si los creadores se hubieran pasado todo el proyecto en plan: ¿y no molaría que...? ¿...que salga un barco cargado por elefantes? ¿...que el malo use una cimitarra doble? ¿...que la mala lleve unas garras a lo Freddy? ¿...que los Pictos gruñan como animales? ¿...y si la hacemos en 3D?. Y, además, para que se note que vamos en serio, vamos a decir que haya sangre y tetas... (aunque luego hay más de todo eso en series de TV como la excesiva Spartacus). Hubiera sido preferible una película más fiel a Howard (o, al menos, mejor hecha) aunque hubiera sido "para todos los públicos" (aunque, de acuerdo, no hubiera sido fácil...)

Si hay algo que casi nadie discute de la película de 1982 es que la música compuesta por Basil Poledouris es una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine. Fuese quien fuese el elegido para esta película, lo iba a tener francamente difícil para evitar las comparaciones. Si encima el elegido es Tyler Bates, un compositor con un estilo totalmente diferente, más apropiado para la creación de texturas que de melodías, la batalla puede darse por perdida de antemano. Bates hace uno de sus habituales trabajos funcionales, sin nada especialmente memorable, pero que tampoco funciona mal en el contexto de la película.

Lo peor de todo, al menos para los aficionados al Conan de Howard, es que una vez más se perpetúa entre el público una imagen incompleta y sesgada del personaje, y se le relaciona con una película que va a ser sinónimo de decepción. Por otra parte, el batacazo en taquilla de la película en el fin de semana de su estreno hace que las perspectivas para Conan como franquicia cinematográfica no sean buenas. La película cuenta con la desventaja en taquilla de su clasificación por edades: un “R” raramente garantiza resultados espectaculares de recaudación. El marketing del proyecto ha sido sin duda insuficiente, y no se ha sabido interesar a un público saturado por remakes (o similares…). Las críticas y el “boca a oreja” tampoco parece que le vayan a hacer aumentar los ingresos, aunque es un título que puede funcionar bien en el mercado doméstico. Teniendo en cuenta que el fin de semana de su estreno la película ha recaudado más o menos lo mismo que recaudó la de 1982 (sin ajustes por la inflación), puede decirse sin miedo a equivocarse que la película ha sido un fracaso.

Lógicamente, esta no es una película que sea un buen modelo a seguir para lanzar una serie de títulos protagonizados por Conan, y quizá un éxito en taquilla hubiera transmitido el mensaje de que esta es la manera de llevar al personaje a la gran pantalla. Con unos resultados simplemente mediocres, siempre queda la esperanza de que un mejor director haga un trabajo de mayor calidad en las inevitables continuaciones (pues el protagonista adecuado parece haberse encontrado). Además, Sean Hood ha comentado su interés por desarrollar un guión a partir de un par de historias de Howard, posiblemente con Black Colossus como historia principal y empleando The Frost Giant's Daughter como secuencia introductoria (a lo 007). Ahora, llegar a ver algún día esto hecho realidad parece menos probable, sobre todo gracias a Marcus Nispel y a los responsables de esta historia (productores y guionistas), que quizá es que simplemente no hayan sabido hacer un trabajo mejor por mucho empeño que hayan puesto (eso hay que reconocérselo: se nota mucha más desidia y desgana en la cuarta entrega de Piratas del Caribe, por ejemplo). Aunque si se tiene en cuenta que se van a estrenar secuelas de Ghost Rider y de G.I. Joe, quizá todo es posible y dentro de unos pocos años podamos ver de nuevo a Conan espada en mano, dominando las relucientes salas de cine.

Horror Hammer

Introducción

La productora Hammer Film Productions fue sin duda el origen de una nueva forma de mostrar el terror clásico en pantalla desde los años 50 hasta los 70, heredera de la Universal, que hizo lo propio en los años 30 y 40.

A pesar de no contar con grandes presupuestos, las películas de la Hammer solían resultar muy aparentes en pantalla, sabiendo sacar buen partido de los medios con los que se contaban (no era rara la reutilización de escenarios de un título a otro). Además, los repartos solían estar formados por competentes actores británicos, entre los que habría que destacar a los legendarios Christopher Lee y Peter Cushing. Entre los directores, no cabe duda de que el más destacado fue Terence Fisher, responsable en buena parte de los principales títulos de la productora, y de darles su característico estilo.

Sin duda una de las claves del éxito de las películas de la Hammer sería su uso del color. La Hammer sería pionera en mostrar la violencia de forma bastante gráfica, y exponer la sangre en un vívido color rojo. El Conde Drácula no era ya simplemente un aristócrata transilvano vestido en blanco y negro, sino que ahora la roja sangre chorreaba de sus colmillos. Por otra parte, los escenarios ya no son (necesariamente) lugares tenebrosos y llenos de telarañas, sino que hasta el castillo de Drácula es una mansión aparentemente bien iluminada, donde el horror surge casi a la luz del día. Sin duda todo un cambio al estilo de influencias expresionistas de la Universal.

Además de sus películas de horror gótico, la Hammer también es conocida por títulos como la serie de ciencia ficción iniciada con El Experimento del Dr. Quatermass (1955) o películas de fantasía prehistórica como Hace un Millón de Años (1966) o Cuando los Dinosaurios Dominaban la Tierra (1970).

Evidentemente, con la inmensa producción de la Hammer es imposible que todas las películas sean buenas (de hecho, como en todo, la proporción de material de mala calidad es muy superior a la de buenas películas). Aún así, son películas a las que nunca se les puede negar un cierto encanto (por no hablar de un estilo visual propio), como de antigua sesión doble, y que cuentan con fieles seguidores. Y es que la etiqueta de Horror Hammer se ha convertido prácticamente en la definición de un subgénero propio, de culto. Las influencias del estilo creado por la Hammer pueden verse tanto en producciones más o menos contemporáneas (como en el caso de Roger Corman) hasta en autores modernos como Francis Ford Coppola (Dracula de Bram Stoker) o Tim Burton (Sleepy Hollow). Es probable que al espectador moderno (acostumbrado a los excesos de títulos como Saw u Hostel) no le causen verdadero terror o impacto, pero siempre pueden verse, como decía Terence Fisher, como cuentos de hadas para adultos.

El Monstruo de Frankenstein
La película que iniciaría el exitoso ciclo de películas de terror de la productora es The Curse of Frankenstein (1957; La Maldición de Frankenstein), dirigida por Terence Fisher. Se trata de una interesante versión de la historia clásica, centrada más en el Barón Victor Frankenstein (interpretado por Peter Cushing), que en su Criatura (Christopher Lee), y esa será una de las constantes de la serie. Así, el verdadero monstruo es el científico loco, obsesionado por sus siniestros experimentos. Como curiosidad, tanto el maquillaje de la Criatura como el aspecto del laboratorio de Frankenstein son deliberadamente distintos de los popularizados por las películas de la Universal. Otro elemento de interés es la posibilidad de que toda la historia esté en la mente enferma del Barón, pues toda la película viene a ser un flashback narrado por el personaje de Cushing, del que se dan indicios para no considerarlo como un narrador fiable. Por supuesto, esta ambigüedad desaparece con las secuelas de la película.

The Revenge of Frankenstein (1958; La Venganza de Frankenstein) es una secuela directa de la anterior, que empieza donde acababa aquella. En esta película no existe una Criatura como tal, y el personaje monstruoso como tal (independientemente del propio Barón) tiene los rasgos de un ser humano (el actor Michael Wynn), aunque a medida que su mente se va degradando, también lo hace su aspecto. De todas formas, su apariencia está más próxima a un Mr. Hyde, más apoyada por la iluminación y la expresividad del actor, que a un cadaver andante hecho a partir de partes humanas. En consecuencia, el planteamiento se acerca más a elementos psicológicos, en vez de presentar al habitual monstruo desgarbado.

The Evil of Frankenstein (1964) presenta una nueva versión de la historia, difícilmente conciliable con las películas anteriores. La Hammer ya ha llegado a un acuerdo con la Universal, y en esta película tanto la Criatura (interpretada por un luchador neozelandés llamado Kiwi Kingston) como el laboratorio se parecen más a los popularizados por las películas de Boris Karloff, aunque resultan menos logrados (el maquillaje es especialmente flojo). Por otra parte, Fisher no pudo dirigirla a causa de un accidente y se ocupó de ello Freddie Francis. El Barón se ve obligado a regresar a su hogar e intenta devolver la vida a su Criatura. La idea central de la película es interesante (a pesar de relegar a segundo plano la maldad del Barón) y tiene personajes atractivos, pero el principal problema es lo mucho que le cuesta a la trama “entrar en materia”. El flashback en el que Peter Cushing narra la creación original de la criatura es una nueva historia que no tiene nada que ver con la primera película (¿de nuevo se trata de un narrador no fiable?).

En Frankenstein Created Woman (1967; Frankenstein Creó a la Mujer), Terence Fisher vuelve a la dirección para dar la versión Hammer del tema de La Novia de Frankenstein, protagonizada por la playmate Susan Denberg (cuya voz fue doblada debido a su fuerte acento austriaco). El Barón, tras los problemas ocasionados por sus transplantes cerebrales, se pone metafísico y decide experimentar con los transplantes de almas. Así, su criatura esta vez es el alma de un vengativo hombre en el cuerpo de una mujer. La trama en realidad es sencilla, pero Fisher sabe como crear tensión mediante la construcción de la atmósfera. Sólo por eso, y por su originalidad, se convierte en uno de los títulos más interesantes de la serie.

En Frankenstein Must Be Destroyed (1969; El Cerebro de Frankenstein) el Barón, más despiadado que nunca, vuelve a sus experimentos alrededor del transplante de cerebros (centrados en el enloquecido cerebro de un colega), a la vez que chantajea a una joven pareja para que le ayuden. Tras unos prometedores inicio y planteamiento (y unos escenarios por encima de la media habitual), la trama pierde algo de fuelle en su tramo final, una vez la Criatura de turno interpretada por Freddie Jones (no deja de ser un cerebro en un cuerpo ajeno, sin más maquillaje que una cicatriz) empieza a desarrollar sus ansias de venganza, aunque de manera inteligente: este monstruo no es un simple bruto tambaleante. También es cierto que a la película le sobra algo de metraje, lo que se explica porque hay unas cuantas escenas añadidas tardíamente al guión o incluso al final del rodaje (creando además alguna que otra inconsistencia).

The Horror of Frankenstein (1970; El Horror de Frankenstein) está realizada por un equipo totalmente nuevo, y protagonizada por un Barón Frankenstein más joven (Ralph Bates). La Criatura está interpretada por David Prowse (famoso por ser el cuerpo de Darth Vader), con un aspecto no muy amenazador. El guión es una nueva versión de la historia original, con un Barón joven (y mujeriego). Muchas situaciones tienen un toque levemente humorístico, que quitan tensión a la historia, pero tampoco son suficientes para convertirla en una parodia. En resumen, esta especie de remake es uno de los títulos más flojos de la serie (y casi no puede considerarse parte de ella).

Por suerte, en Frankenstein and the Monster from Hell (1974) vuelven los habituales Terence Fisher y Peter Cushing, además de repetir David Prowse debajo de un disfraz de aspecto simiesco. El Barón se oculta ahora en un manicomio, de cuyos internos obtiene los materiales necesarios para sus siniestros experimentos. La trama es la habitual, con toques esta vez de la historia de La Bella y la Bestia. Si en la película anterior se había optado por elevar el nivel de erotismo para atraer al público, en esta en cambio se resaltan los elementos más sangrientos de los experimentos de Frankenstein.

A pesar de tener alguna que otra película destacable, la Hammer no alcanzaría tanta popularidad con Frankenstein como lo haría con Drácula. Puede que una de las razones sea la ausencia de una imagen característica para la Criatura: el aspecto de la creación del Barón es distinto en cada una de las películas. Así, es imposible hacer sombra a la imagen establecida por Boris Karloff (y continuada por Lon Chaney Jr.) en las películas de la Universal. Por otra parte, hay que tener en cuenta que el Frankenstein de la Hammer presenta como verdadero monstruo al Barón Frankenstein, siendo su Criatura no más que una víctima o una herramienta del verdadero villano. Finalmente, no parece haber una verdadera continuidad dentro de la serie: no es raro que un personaje parezca morir en una película para reaparecer (sin explicación alguna) en la siguiente.

El Conde Drácula
Sólo un año después de iniciar el ciclo de películas de Frankenstein, la Hammer se pondría a trabajar en el Vampiro más famoso de todos los tiempos. La serie se inicia con Dracula (1958; Drácula), libre adaptación de la novela de Bram Stoker en la que repite el trío principal responsable del primer Frankenstein (Fisher, Cushing y Lee). Así, aunque se sigue a grandes rasgos el desarrollo del original, se toman ciertas libertades e introducen variaciones (que en muchos casos parecen impuestas por limitaciones del presupuestop y de la breve duración de la película). El protagonista es el doctor Van Helsing interpretado por Cushing, mientras que Christopher Lee (con apenas un par de frases) hace una interpretación muy física y basada en las miradas del Conde Drácula, alejada del acento y teatralidad popularizados por Lugosi. Es interesante remarcar que toda la acción parece situarse en una misma región alemana, restándole cierta grandiosidad a la historia original.

En su continuación, The Brides of Dracula (1960; Las Novias de Drácula), el Conde sólo aparece en el título y mencionado un par de veces (con lo que Christopher Lee tampoco aparece en esta película). El protagonista vuelve a ser Cushing como Van Helsing, que se enfrenta a otro caso de vampirismo, esta vez en Transilvania (aunque los nombres de lugares y personas siguen siendo mayoritariamente germánicos). La dirección de Fisher es correcta y parece contar con más medios (o sacarles mejor partido), y también lo es la historia (a pesar de algunos elementos discutibles), pero el vampiro interpretado por David Peel carece del carisma y la presencia de Lee. Aún así, en conjunto se trata de una buena película, que demuestra que puede tratarse el tema del vampirismo sin necesidad de recurrir a Drácula (aunque se le siga usando como gancho comercial en el título).

Esa idea la lleva aún más allá The Kiss of the Vampire (1963), en la que la única referencia a Drácula sería el superficial parecido físico con Lee que tiene el vampiro que interpreta Noel Willman. Esta historia (ambientada a principios del siglo XX) narra las vicisitudes que sufre una pareja de recién casados al caer en manos de una siniestra familia bávara (que en ocasiones parece una secta), de las que saldrán con la ayuda del experto local en vampiros. Ni Fisher, ni Lee, ni Cushing participan en esta película, que incide en el vampirismo como símbolo de una decadencia que amenaza al “orden establecido”. La película es destacable por su categoría de “rareza” (que también hace que no se la considere habitualmente al hablar de las películas de Drácula en la Hammer) y por un final bastante espectacular (y que fue descartado como conclusión de The Brides of Dracula).

En Dracula: Prince of Darkness (1966; Drácula, Príncipe de las Tinieblas) vuelven Fisher y Lee (pero no Cushing), para hacer que Drácula resurja de sus cenizas (bastante literalmente) en esta continuación de la película de 1958 (presentada como tal en los propios títulos de crédito, que nos muestran imágenes de dicha película a modo de resumen). Se trata de una historia en la que una pareja de matrimonios de viaje se ven atrapados en el castillo del Conde. A pesar de ser una historia original, utiliza elementos de la novela de Stoker que aún no habían sido empleados (como un personaje que recuerda a Renfield). La dirección de Fisher (a pesar de algunos errores de continuidad) crea la tensión poco a poco, sin precipitar el impactante regreso de Drácula. Christopher Lee no estaba satisfecho con las frases que le correspondían en el guión, así que decidió interpretar al Conde sin decir ni una sola palabra durante toda la película. El destino final de Drácula es lo bastante ambiguo como para no complicar demasiado su regreso en futuras continuaciones.

Como curiosidad, hay que comentar que inmediatamente tras esta se rodó Rasputin: The Mad Monk (1966; Rasputín: El Monje Loco), reutilizando parte del reparto y los escenarios (práctica bastante habitual). Se trata de una mezcla de drama histórico y película de terror libremente inspirada por la vida del personaje principal, en la que lo único destacable es la actuación de un Lee que da vida al misterioso monje de magnética personalidad.

Christopher Lee encabeza el reparto de Dracula Has Risen from the Grave (1968; Drácula Vuelve de la Tumba), en la que se enfrenta a un resuelto sacerdote, contra el que busca venganza. La película hace especial hincapié en el aspecto sexual de la seducción del Conde hacía su víctima. A ello ayuda que la chica Hammer de esta película sea Veronica Carlson (que también aparece en un par de películas de Frankenstein), probablemente la más atractiva de todas las víctimas que se habían puesto hasta ahora al alcance de Drácula. Freddie Francis (también conocido por su labor como director de fotografía) emplea una iluminación que hace que muchas escenas tengan un aspecto irreal y estilizado, siendo este aspecto de la película quizá lo más destacable (pues el guión no es especialmente original, a pesar de emplear aspectos “polémicos” como el erotismo y la corrupción de un hombre de la Iglesia).

En Taste the Blood of Dracula (1970; El Poder de la Sangre de Drácula), el Conde interpretado por Christopher Lee es resucitado por un grupo de caballeros que buscan emociones fuertes debajo de una fachada de respetabilidad. Drácula de nuevo emplea la venganza como justificación para sus actos (aunque sea poco creíble: el motivo expuesto para vengarse de quienes le han devuelto a la no–vida es bastante endeble). Quizá lo más llamativo sean las escenas que muestran la decadencia de las víctimas de Drácula, así como el uso que hace de la progenie de estas para vengarse (en su particular visión del “ojo por ojo, colmillo por colmillo”), y el tono incestuoso de algunas escenas. Por lo demás, se trata de una película bastante rutinaria, pero aún mantiene el tipo.

Igualmente poco estimulante es Scars of Dracula (1970; Las Cicatrices de Drácula), en la que ya ni siquiera se hace un esfuerzo por justificar la enésima resurrección del Conde, e incluso puede considerarse que no continúa con el hilo narrativo de las anteriores películas. La historia vuelve a buscar algo de inspiración en la novela de Bram Stoker para algunas escenas, pero en general da la sensación de que se está volviendo a contar otra vez la misma historia sin grandes innovaciones. Está película, ya que no en la calidad, busca destacar por la cantidad: tiene más escenas sangrientas, más mujeres atractivas como víctimas de Drácula, y Christopher Lee tiene más frases en su guión que en los de todas las películas anteriores juntas (e incluso podría decirse que en ocasiones hasta está un poco sobreactuado).

En Dracula AD 1972 (1972; Drácula 73) Christopher Lee tiene por fin un rival a su altura con el regreso de Peter Cushing para interpretar a Van Helsing. Por curioso que parezca, ambos personajes sólo se habían enfrentado en la película original, aunque realmente en este caso Cushing da vida a un descendiente del Van Helsing original. Como no es raro en la Hammer, esta película establece de nuevo su propia historia, ignorando las películas anteriores para poder trasladar la acción a Londres. En esta ocasión Drácula resucita en el Londres de 1972 y, por desgracia, la ambientación moderna (despreciada por Lee) le da a la película un aspecto desfasado que es su mayor inconveniente. Así, aún en las escenas de ambientación más clásica, la banda sonora con toques funky resulta totalmente inapropiada, aunque en algunos casos no quede mal, como en el psicodélico ritual protagonizado por Caroline Munro (una de las varias chicas Hammer que también ha sido chica Bond, aunque secundaria). La historia (muy similar a Taste the Blood of Dracula) no está mal, aunque las únicas interpretaciones que se salvan sean las de Lee y Cushing. Sin embargo, el lastre de la ambientación setentera (incluida la descarada promoción de un grupo musical del que nunca más se supo) resulta excesivo para el espectador moderno.

The Satanic Rites of Dracula (1973; Los Ritos Satánicos de Drácula) es una secuela de la anterior, en la que un policía que aparecía en aquella pide la ayuda de Van Helsing para esclarecer unos misteriosos rituales en los que hay implicadas importantes personalidades. A pesar de que la historia presenta buenas ideas, con un Drácula que quiere vengarse de la humanidad desatando sobre ella una plaga de proporciones bíblicas, la película las desaprovecha. Drácula y el elemento vampírico tardan bastante en aparecer, y la mayor parte de la película parece una mezcla de cine de espionaje y policiaco, en la que aparecen más silenciadores que crucifijos. Al menos, el problema de la ambientación desfasada no se da en este título: aunque la película está ambientada en los años 70, no es tan obvio y descarado como en Dracula AD 1972. En resumen, se trata de una película irregular, que desaprovecha buenas ideas y que no sabe muy bien en qué género centrarse.

La serie se cierra con The Legend of the 7 Golden Vampires (1974; Kung Fu contra los Siete Vampiros de Oro), aunque esta película perfectamente podría considerarse fuera de la serie principal. Én realidad se trata de una película de artes marciales, coproducida con los estudios Shaw (y con un director asiático y uno británico, aunque sólo este aparece en los créditos). Drácula hace una breve aparición (aunque no es interpretado por Lee), y Cushing retoma su papel de Van Helsing. Por supuesto, no puede buscarse continuidad con el resto de la serie, ni en temática ni en historia, y la película sólo tiene interés por lo extravagante de su propuesta.

No cabe duda de que Drácula es el personaje que más popularidad dio a los estudios Hammer, y casi puede verse en paralelo la evolución y decadencia de esta serie de películas con las del resto de la productora. Buena parte del mérito es del mítico Christopher Lee, que (todo hay que decirlo) parece que acabó un poco cansado de su encasillamiento. Lee supo hacerse con su personaje desde el principio, dándole un sello y unas características propias que pasarían a la cultura popular como inseparables del vampiro transilvano. Tampoco hay que desechar la aportación de Peter Cushing, también convertido en un personaje icónico, a pesar de no aparecer en la serie tanto como su compañero. Y no olvidemos a Terence Fisher, responsable de las mejores películas de la serie (y, en general, de todas las salidas de los estudios Hammer).

La Momia y el Hombre Lobo
A pesar de haber tratado con Drácula y con Frankenstein dos de los monstruos clásicos que la Universal ya había llevado al cine, sería la Momia la primera de estas criaturas en ser adaptada a la pantalla después de que la Hammer llegara a un acuerdo con la productora americana para hacer remakes de sus películas clásicas (Al fin y al cabo, en los casos del Conde y del monstruo de Frankenstein puede hablarse simplemente de nuevas adaptaciones del original liteario).

Así, The Mummy (1959; La Momia) presenta un guión no muy original, con un grupo de arqueólogos que descubren una antigua tumba egipcia, sobre la que pesa una maldición que acabará por alcanzarles. A todos estos estereotipos de lo que debe ser una historia de momias malditas se une la habitual historia de amor prohibido, así como un extenso flashback ambientado en el antiguo Egipto que nos muestra el origen de la historia, así como las costumbres funerarias de la época. Como era de esperar, Peter Cushing da vida al arqueólogo que se enfrenta a la maldición y un Christopher Lee envuelto en vendas interpreta a la momia resucitada. Lee no repetiría este papel, probablemente debido a los daños y lesiones que sufrió durante el rodaje. La película, dirigida por Terence Fisher, es correcta aunque no muy original, y con un guión un poco descuidado (véase el desarrollo del personaje femenino).

The Curse of the Mummy’s Tomb (1964; La Maldición de la Momia) no aporta nada de especial interés con su previsible historia de arqueólogos, maldiciones y personajes misteriosos, y tampoco la salvan de su mediocridad unos limitados actores, unos diálogos forzados y unos intentos de humor poco logrados.

Lo mismo puede decirse de la levemente superior The Mummy’s Shroud (1966; El Sudario de la Momia), que al menos intenta introducir algunos elementos originales dentro de los habituales del subgénero de momias y maldiciones egipcias.

Tras estas dos secuelas, la última película dedicada a la Momia sería Blood from the Mummy’s Tomb (1971; Sangre en la Tumba de la Momia), una adaptación en la época contemporánea de la novela de Bram Stoker La Joya de las Siete Estrellas. El planteamiento de la película es algo más original: la momia deja de ser un muerto tambaleante envuelto en vendas para ser un espíritu astral en busca de un cuerpo para reencarnarse (y se trata del exuberante cuerpo de Valerie Leon). Por momentos, la película tiene tonos de terror psicológico más que de película de monstruos, pero el resultado general es decepcionante. A esto no ayudan unas interpretaciones bastante flojas: aunque el personaje de Valerie Leon tiene más profundidad, Lee era capaz de ser mucho más expresivo aunque sólo fuera con sus ojos entrevistos a través de las vendas.

Varios elementos temáticos de las historias de momias (inmortalidad, reencarnación, exotismo) aparecen también en She (1965; La Diosa de Fuego). Se trata de una película de aventuras basada en la novela del mismo nombre de Rider Haggard, en la que a los habituales Lee y Cushing se une el protagonismo de Ursula Andress. Por desgracia, su belleza es lo más destacable de una película bastante floja.

Curiosamente, la Hammer sólo produjo una película dedicada al fenómeno de la licantropía (¿quizá por las complejidades del maquillaje?). Se trata de The Curse of the Werewolf (1961; La Maldición del Hombre Lobo), dirigida por Terence Fisher y protagonizada por Oliver Reed. La película cuenta la historia de Leon, víctima de una maldición que le convierte en un monstruo. La primera parte de la historia cuenta los orígenes del hombre lobo, desde su nacimiento a su infancia, y tiene un tono más fantástico, como de antigua leyenda. La segunda parte nos muestra las habituales trágicas consecuencias de la maldición que aqueja a Leon. Ciertamente, la trama no ofrece grandes novedades respecto al mito del hombre lobo (más allá de las circunstancias de su nacimiento que le llevan a estar maldito), pero es un interesante punto de vista de una historia clásica.

Otra incursión en los monstruos clásicos sería la floja The Phantom of the Opera (1962; El Fantasma de la Ópera). Aunque en ocasiones refleja el buen hacer de Fisher a la hora de crear atmósferas, la película se ve lastrada por unos intérpretes y un guión bastante poco afortunados, y la historia acaba siendo más un melodrama alrededor de la pareja protagonista que una película de terror.

La Trilogía de la Familia Karnstein
A finales de los años 60 y principios de los 70, la Hammer tiene que modificar algunas de las constantes de sus películas para competir con un cine que cada vez ofrece más en cuestión de violencia y sexo. El cine británico (y, por extensión, el europeo) es más permisivo con el erotismo que el estadounidense, y ahí es donde la productora encuentra el medio para hacerse con su rincón en el mercado. También es importante considerar que en esta época se produce un cierto agotamiento de la fórmula que ha estado empleando la Hammer en los últimos años, y que no hay mucho más que pueda hacerse con personajes como Drácula y Frankenstein (cuyas películas también se ven influidas por esta tendencia).

Quizá el principal exponente de esta nueva etapa sean las tres películas que se han dado en llamar la Trilogía Karnstein. Se trata de tres películas que en realidad sólo tienen en común el punto de partida, basado en la novela Carmilla, de Sheridan Le Fanu. Las películas explotan el elemento lésbico de la trama, de una forma sorprendentemente explícita para la época, y la presencia de desnudos (más o menos justificados) es bastante abundante.

La primera de estas películas es The Vampire Lovers (1970; Las Amantes del Vampiro), protagonizada por la actriz polaca Ingrid Pitt en el papel de la vampira protagonista. El guión se basa en la mencionada obra de Le Fanu, y probablemente por ello es la que da mayor protagonismo al lesbianismo de la protagonista (presente en el texto original). La película tiene 3 actos bastante bien diferenciados: la presentación de los protagonistas, la seducción de la segunda víctima (repitiendo y ampliando esquemas del primer acto), y el inevitable desenlace. Se trata de una película bastante interesante, como adaptación del clásico, a pesar de múltiples elementos previsibles. Además cuenta con un prólogo atmosférico bastante logrado y con la siempre interesante presencia de Peter Cushing.

La más floja de la trilogía es Lust for a Vampire (1971). El cambio de la actriz protagonista (ahora la actriz danesa Yutte Stensgaard), así como de otros actores que dan vida a su “familia” (se supone que repitiendo papeles de la película anterior: el misterioso hombre de negro y la condesa) resulta un elemento a priori negativo. El cambio de rostro de Carmilla podría haber dado juego a la hora de crear intriga en el espectador, pero esto no se aprovecha en absoluto. El guión (presentado ya sólo como basado en los personajes de Le Fanu) introduce a la resucitada Carmilla en un colegio femenino, lo que resulta la excusa perfecta para mostrar abundantes desnudos totalmente gratuitos, aunque luego la vampira acabe enamorándose de un hombre. En general, el reparto es inferior al de la primera película y la película resulta bastante peor, a lo que contribuyen una inadecuada canción en algunas escenas y ciertas secuencias oníricas que oscilan entre lo interesante y lo ridículo.

La última entrega es Twins of Evil (1971; Drácula y las Mellizas), y cuenta una historia relacionada de forma muy leve con las dos anteriores. Así, aunque reaparece Carmilla (otra vez con un nuevo rostro), su papel es mínimo, y el verdadero villano es un descendiente suyo, el Conde Karnstein. A él se opone un fanático cazador de brujas al que da vida Peter Cushing, y que casi resulta tan inhumano como su rival. Precisamente la ambigüedad moral de los personajes es la mayor fuente de interés de esta película. Las gemelas del título son las hermanas Mary y Madeleine Collinson, dos antiguas playmates cuyas voces fueron dobladas: es obvio que no fueron escogidas para el papel por sus cualidades interpretativas. A pesar de ello, quizá sea la película de la trilogía con menor número de desnudos. Por el contrario, es mucho mayor el número de efectos visuales. En su conjunto, resulta una película cuanto menos interesante, rivalizando con la primera de la serie.

Otros títulos relacionados de manera indirecta con esta trilogía (por sus intérpretes o por referencias sutiles) serían Captain Kronos – Vampire Hunter (1974; Capitán Kronos, cazador de vampiros), historia de un cazador de vampiros pensada como inicio de una serie de películas (y cancelada por su poco éxito), y Countess Dracula (1971; La Condesa Drácula), basada en la historia de la Condesa Bathory.

X-Files: Creer es la Clave

Si hay una serie que hizo historia de la televisión en los años 90 esa es sin duda Expediente X. A lo largo de 9 temporadas, las investigaciones de los agentes del FBI Fox Mulder y Dana Scully dieron un nuevo giro a la típica serie policiaca, añadiendo el toque sobrenatural y, sobre todo, la temática conspiratoria a la trama. En 1998, como puente entre la quinta y sexta temporadas, Rob Bowman dirigió la película que llevaba a la gran pantalla el universo creado por Chris Carter, con discretos resultados. La película no pasaba de ser un episodio largo, y era casi imposible seguir su trama si no se conocía la serie, lo que complicó su éxito masivo entre el público.

Ahora, llega a nuestras pantallas X – Files: Creer es la Clave, la segunda película protagonizada por los agentes Mulder y Scully, esta vez dirigida por el propio Chris Carter. Por desgracia, la película llega tarde y a destiempo, con escasa promoción, casi como si se estrenara de tapadillo, como si sus responsables no confiaran demasiado en ella. Y, vista la película, se entiende que sea así: todo tiene un aire rutinario, como de episodio de relleno escrito para llegar al número necesario para la temporada. Hasta las flojas dos últimas temporadas tenían episodios mucho mejores.

Como bien conocen los aficionados, en Expediente X había dos tipos de episodios: los de la mitología, que trataban de los alienígenas y las conspiraciones gubernamentales al respecto, y los del monstruo de la semana, en los que la pareja del FBI investigaba algún caso no relacionado con dicha trama principal. De hecho, la mayoría de los episodios eran de este tipo (y varios de ellos estarán entre los mejores de la serie), aunque las temporadas se abrían y cerraban con capítulos mitológicos, ya que esta subtrama es la que le daba a la serie su carácter propio.

Chris Carter, cuando empezó a hablarse de este nuevo proyecto, advirtió que no se trataría de una película relacionada con la mitología, sino un caso independiente (un monstruo de la semana). Visto el final de la serie, en la novena temporada, no tiene mucho sentido poner a Mulder y Scully perdiendo el tiempo en investigar un caso cualquiera. Hubiera sido mucho más coherente dar un verdadero cierre a la trama mitológica con esta película, en vez de narrar la investigación de un expediente X del montón. Por supuesto, parece ser que Carter ha comentado que si se hace una tercera película, ya será para tratar el final de la mitología.

Evidentemente, se ha querido evitar el error de la película anterior para no cerrarse puertas ante el gran público. Aún así, es discutible que esto se consiga: un espectador que solo tenga un conocimiento superficial de la serie probablemente no entienda que Mulder y Scully no estén en el FBI, ni la situación actual de su relación o las menciones a William. En resumen, que ese “espectador tipo” se va a encontrar con unos Mulder y Scully que no va a reconocer, y la película tampoco hace mucho por aclarar estas dudas.

David Duchovny y Gillian Anderson están, como no podría ser de otra forma, correctos en los papeles de unos personajes que desarrollaron a lo largo de una década. Anderson consigue transmitir mejor las emociones que su inexpresivo compañero, pero no puede reprochárseles nada a ninguno de los dos: hacen lo que pueden con el material que les proporciona el guión. En cuanto a los secundarios, sus personajes no aportan nada en absoluto y se echa de menos que se haya recuperado a algunos secundarios de la serie (y se agradece cuando por fin aparece uno de los “clásicos” de la serie). Técnicamente, la película se muestra correcta, aunque no deja de tener un aspecto televisivo que parece que le reste entidad. También es verdad que Expediente X fue una de las primeras series en adoptar un look más cinematográfico, así que es posible que por eso el resultado parezca estar a mitad de camino entre el cine y la TV.

La historia en sí no va a sorprender al espectador, resultando bastante típica en su búsqueda de víctimas de un psicópata. El elemento “X” lo aportan las visiones de un sacerdote católico que tiene un (previsible) oscuro pasado. Por otra parte, hay resoluciones bastante increibles (como que Scully prepare un innovador tratamiento médico con la ayuda de Google), recursos narrativos flojos (¿hace falta sacar a Mulder con barba para indicar que ha pasado el tiempo y que vive aislado?), y partes no muy bien explicadas. El humor en ocasiones también peca de predecible: a estas alturas, reirse de George Bush no resulta precisamente transgresor. Y en cuanto al MacGuffin que hay tras los secuestros, es tan extremo que casi resulta ridículo. Por si fuera poco, hay ocasiones en que el ritmo es bastante lento, dando la sensación de que estamos viendo un episodio alargado de forma artificial (ni siquiera un episodio doble de los que eran habituales en la serie).

También hay que comentar un par de cosas sobre la versión española. La primera es que se ha cambiado la voz habitual de doblaje de la agente Scully, poniéndole una voz con un timbre demasiado juvenil (es la voz habitual de Neve Campbell, la protagonista de Scream), que no le hubiera pegado a la actriz ni en la primera temporada de la serie. Tampoco se entiende muy bien (aunque esta ya sea una batalla perdida) el cambio en la traducción del título: del I Want To Believe del título original se ha pasado a un incomprensible Creer es la Clave. Y lo peor es que esa frase se dice en un momento de la película, en la que Mulder dice algo como que “quiere creer” (remitiendo al famoso poster de su despacho), y en el doblaje dice que “creer es la clave”, con lo que el diálogo ni siquiera queda coherente.

La vuelta al cine de Expediente X sólo puede calificarse como decepcionante. Se trata de un thriller del montón, en el que casualmente aparecen unos agentes llamados Mulder y Scully, y que si no fuera por eso puede que se hubiera quedado en el mercado doméstico o no hubiera cruzado el Atlántico. La principal razón es la elección de una trama aislada de la mitología de la serie, que es lo que al fin y al cabo le daba sus señas de identidad. A los que no sean seguidores de la serie, la película les dejará bastante indiferentes (y no les animará precisamente a ver la serie original). Para los seguidores de la serie el impacto aún es mayor: sí, David Duchovny y Gillian Anderson salen en pantalla, pero lo que se está viendo no es un Expediente X.

Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal

Es muy difícil que una nueva entrega de algo que ya es historia del cine no acabe por defraudarnos: es algo que aprendimos con La Amenaza Fantasma. Dejando aparte la calidad intrínseca de la película, es casi imposible que esté a la altura de algo que llevamos años mitificando. ¿Es esta introducción una preparación para decir que Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal no cumple con lo prometido? No, no es eso: la película se presenta como una película de Indiana Jones, y eso es lo que es. Aunque sí es posible que la película no cumpla con lo esperado, que es una cosa distinta.

Así, la película no engaña a nadie: estamos viendo una película de Indiana Jones, con todo lo que ello conlleva. Y eso incluye el contar una aventura al estilo clásico (bueno, con toques de los años 80), donde los buenos ganan y los malos pierden, sin florituras visuales ni argumentales, y alguna que otra exageración y situaciones imposibles. La única concesión a la modernidad es la inevitable evolución tecnológica que se ve en los efectos especiales. En resumen, que la película sigue la fórmula de otras de la saga (dejando a El Templo Maldito como la única que se sale un poco del molde). Estamos viendo lo mismo que siempre: bien hecho, sí, pero no deja de ser más de lo mismo.

En todo caso, la película tampoco renuncia a adaptar su fórmula al paso del tiempo, con una ambientación propia de unos idealizados años 50 (homenajes incluidos a American Graffiti en el inicio, y al Marlon Brando de Salvaje en la entrada en escena del personaje de Shia LaBeouf). El habitual prólogo (que es el que más relación tiene con el resto de la película de toda la saga) concluye con una espectacular escena con el que Spielberg deja bien a las claras que Indiana Jones está en una nueva era. Por cierto, que dicho prólogo incluye una excesiva escena que seguro será polémica, aunque no es muy distinta de cosas que se han visto en El Templo Maldito...

El argumento, sin entrar en detalles reveladores, se adecúa perfectamente a la nueva era. Los rusos comunistas de la guerra fría no son males sucesores de los nazis en el papel de villanos, aprovechando que tanto Hitler como Stalin tenían una pequeña obsesión con lo sobrenatural. Además, el elemento de paranoia propio de la época está presente en la historia. Probablemente habrá elementos del guión que no gustarán nada a mucha gente, porque suponen un cierto cambio de orientación a lo que hemos visto de Jones hasta ahora, aunque son coherentes como aventura pulp de los años 50. En todo caso, es de agradecer el intento (por leve que acabe resultando) de hacer algo distinto. También son interesantes los guiños a lo que ha sido la actividad del Dr. Jones desde la última vez que lo vimos hasta el 1957 en que está ambientada la película. Tampoco faltan guiños al resto de la saga e, incluso, a la serie televisiva.

El paso del tiempo para nuestro protagonista es uno de los temas básicos de la película, y se ve reflejado en las inevitables bromas sobre la edad de Jones/Ford. También es la película en el que el peso de la acción está más repartido: si en las otras toda ella giraba alrededor de Jones, en esta casi podemos hablar de un trabajo de equipo, con lo que el protagonismo del héroe se diluye (¿pesan los años, Dr.Jones?). Dicho esto, no puede negarse que Harrison Ford está perfecto en el papel, mostrándose afectado por los años cuando es necesario, y olvidándose de las canas que tapa su sombrero cuando empieza la acción.

Si en las otras películas en el reparto no abundaban las caras conocidas, en esta es todo lo contrario: Cate Blanchett, Shia LaBeouf, John Hurt, Jim Broadbent... En general, los secundarios cumplen con lo que se espera de ellos, aunque hay algunos personajes un poco desaprovechados (como el que interpreta John Hurt). La química entre Ford y Shia LaBeouf tampoco llega a los niveles que había entre Ford y Connery, pero es que eso era prácticamente imposible. Si habría que destacar a alguno de los secundarios sería a Cate Blanchett, en su papel de archi-villana, aunque su interpretación nos la estropee un doblaje bastante malo (No se sabe que les pasa a nuestros actores de doblaje, que últimamente no dan una cuando tienen que doblar a un personaje con acento. Casi hubiera sido mejor que el personaje de Cate Blanchett tuviera el típico acento ruso de película antigua de 007...)

La banda sonora de John Williams está a la altura (¿y cuando no?), aunque no es especialmente destacable. Quizá se echa en falta algún tema nuevo que sea realmente memorable, más allá de la repetición del tema principal y del romántico de la primera película. La fotografía de Janusz Kaminski no desentona demasiado con la de las películas anteriores, es decir, que ha abandonado su habitual esteticismo para trabajar al servicio de la saga.

Quizá el principal problema que tiene la película es que va de más a menos. Así, las secuencias finales no consiguen estar a la altura de las divertidas y espectaculares escenas iniciales, y eso no puede impedir que uno salga del cine con peor sensación de la que tendría si hubiera sido al revés. Por ello, la película resulta levemente decepcionante: Harrison Ford demuestra que aún puede interpretar a Indiana Jones y resultar creíble, pero la película no acaba de estar a la altura y no tiene escenas especialmente memorables (como sí sucedía con las otras). Una pena que sea así cuando se supone que la búsqueda del guión ideal ha sido un largo y costoso proceso de años... En general, se parte de un buen material del que podría haber salido una muy buena película, pero por falta de algo intangible ("química" si se quiere) todo se queda en un entretenimiento decente.

Ahora bien, la película no está a la altura si la comparamos con la trilogía original. Probablemente sea la peor de las cuatro películas de Indiana Jones (aunque quizá con el paso del tiempo, la revaloricemos: no sería la primera vez), pero sigue siendo mejor que imitadores como Tomb Raider, La Búsqueda o, incluso, a La Momia (cuya primera película resulta un acercamiento al Indy clásico de lo más logrado). Y es que, a pesar de todo, Indiana Jones sigue siendo Indiana Jones, así que ¿como no disfrutar en el cine cuando se apagan las luces y empieza a sonar la música de Williams y sale la montaña del logo clásico de la Paramount?. Aunque luego, en frío, nos deje peor sabor de boca que las tres anteriores... En resumen, sentimientos encontrados

Indiana Jones: la Trilogía Original

En 1981, Steven Spielberg venía de fracasar con 1941, una comedia desmadrada bastante inferior (tanto en calidad como en resultados de taquilla) a sus dos anteriores trabajos (Tiburón y Encuentros en la Tercera Fase). Por su parte, George Lucas acababa de producir El Imperio Contraataca, probablemente la mejor película de su archiconocida trilogía galáctica. Lucas había estado pensando en Indiana Jones desde los años 70, rememorando los seriales de aventuras por entregas realizados en los años 30 y 40 (que él había visto en TV), y al parecer ya le había hablado de ello a Spielberg en 1977. A estos dos nombres básicos para esta trilogía se uniría finalmente el tercero: su actor protagonista, un Harrison Ford conocido sobre todo por su papel de Han Solo. A pesar de que Lucas no acababa de estar convencido (pues Ford ya había trabajado con él en sus otras películas, mismo motivo por el que estuvo a punto de no ser Han Solo), era la primera elección de Spielberg, y acabó por imponerse a nombres como los de Tom Selleck o Nick Nolte.

Con la combinación de estos tres nombres se sentaban las bases de lo que acabaría siendo una de las mejores series de películas de aventuras de todos los tiempos. George Lucas aportaba su capacidad de imaginar historias y mundos, reinventando y combinando elementos procedentes de muchas fuentes. Por suerte, Lucas (mejor productor que director) se apoyaba en uno de los directores con más talento de nuestro tiempo, Steven Spielberg. Finalmente, Harrison Ford aportaba su carisma como protagonista. Dicho esto, tampoco habría que olvidarse de John Williams, compositor de una banda sonora (en las tres películas) que acaba de redondear el conjunto, además de crear una serie de temas memorables. Ni del trabajo en el guión de la primera parte de Lawrence Kasdan (guionista también de El Imperio Contraataca), o de la labor en la sala de edición de Michael Kahn, quien se convertiría en montador habitual de las películas de Spielberg.

En Busca del Arca Perdida (1981)

La película empieza con la que acabará convirtiéndose en una de las constantes de la serie: un prólogo sin relación alguna (al menos directa) con el resto de la película. Esto puede verse tanto como una herencia de los seriales en que se basa la creación del personaje y su mundo (en los que es habitual el uso de un cliffhanger, dejando la acción inconclusa al final del episodio para finalizarla al inicio del siguiente), como del inicio de las películas de James Bond (que era lo que se planteaba hacer Spielberg cuando Lucas le dijo que tenía una idea mejor…). En todo caso, esta introducción no es un simple relleno y le sirve a Spielberg para presentarnos al personaje, así como para mostrarnos la primera de las escenas inolvidables de la película: la del robo del ídolo y la huída de la esfera de roca gigante. Además, de una forma u otra, estas escenas tendrán una leve relación con el resto de la trama.

Tras ello, la acción pasa a un ambiente universitario, en la que descubrimos al aventurero de la introducción convertido en un profesor de arqueología, gafas incluidas, en un cambio de aspecto tan radical (o más) que el que se da entre Superman y Clark Kent. Aquí es donde se nos presenta la trama principal, centrada en la búsqueda del Arca de la Alianza, que es “encargada” por el gobierno de los Estados Unidos para que no se hagan con ellas los que son los principales villanos de la saga: los nazis.

La trama nos lleva a diversos lugares exóticos, y conocemos a la chica de la película. Se trata de Marion Ravenwood, hija de un profesor de Jones con la que nuestro protagonista tuvo una relación con aspectos turbios y final doloroso. Marion está alejada del prototipo de chica en apuros (aunque eso no le impide meterse en abundantes líos de los que debe ser rescatada por Indiana), y a lo largo de toda la película da muestras de su iniciativa (y de la resistencia de su hígado). Su intérprete, Karen Allen, encabeza el reparto de coprotagonistas y secundarios, actores poco conocidos pero eficaces, que dan vida a un excelente conjunto tanto de aliados (Marcus Brody, Sallah) como de enemigos (Belloq, la némesis de Jones, o los siniestros nazis encabezados por Toht).

El resto de la película está repleto de escenas inolvidables: el breve enfrentamiento entre Indy y un espadachín en El Cairo (planeado inicialmente como un duelo mucho más largo, pero reducido a lo que se ve en pantalla a causa de los problemas estomacales que afectaban a Ford y a buena parte del equipo), el templo lleno de serpientes (que nuestro héroe odia con todas sus fuerzas), la brutal pelea alrededor del aeroplano nazi, la espectacular persecución en el camión para hacerse con el Arca… Todo ello concluye en un terrorífico y espectacular final apoyado por unos excelentes efectos especiales, realizados (como no) por la Industrial Light and Magic.

Curiosamente, para ser una película “ligera” de aventuras, y obra de un Spielberg al que se suele acusar (no siempre justamente) de forzar los finales felices, esta película concluye con un tono claramente agridulce. Aunque Indiana derrota a los malos y se queda con la chica, la conclusión muestra que el gobierno se ha aprovechado de él y el Arca se esconde en un almacén (que parece adelantarse a lugares similares que veremos en Expediente X) en vez de mostrarse en un museo.

La película fue un éxito tanto entre la crítica como entre el público. Además de ser el título más taquillero de 1981 fue nominada a ocho Oscars (incluido el de Mejor Película), de los que ganaría cuatro, además de un quinto Oscar especial al Montaje de Efectos de Sonido. La clave de su éxito probablemente esté en la recuperación de un estilo de cine de acción y aventuras considerado anticuado en su época, dándole un nuevo barniz de modernidad gracias a los avances tecnológicos y a un guión preciso y lleno de un irónico sentido del humor, encabezados por un personaje y un actor protagonista rebosantes de carisma.

Indiana Jones y El Templo Maldito (1984)

El éxito de la primera película hace se plantee de forma casi inevitable la realización de esta secuela o continuación, aunque curiosamente está ambientada en 1935, un año antes que la película anterior. Entre ambas, Spielberg dirige una de sus películas más conocidas, E.T. (1982), mientras que Lucas concluye su (primera) trilogía galáctica con El Retorno del Jedi (1983). Por su parte, Ford venía de un complejo rodaje en lo que se convertiría en un clásico de culto, Blade Runner (1982).

De nuevo, tenemos una escena inicial ajena al resto de la película, en la que Spielberg homenajea a un par de géneros en los que no había trabajado. Así, los créditos iniciales se ven mezclados con un número musical en el club Obi Wan (uno de los guiños a Star Wars que también abundan en la trilogía) propio de los clásicos de Fred Astaire y Ginger Rogers, y la acción inicial nos presenta a un Harrison Ford que podría perfectamente estar interpretando a James Bond.

Esta vez la trama está más localizada que en la primera parte, sin tanto viaje y cambio de escenario, limitándose a ser una aventura menos “trascendente” situada en la India, alejada de la importancia a nivel arqueológico y estratégico que suponía la búsqueda del Arca de la Alianza. El guión también nos presenta a un Jones que oscila entre sus deseos de buscar fama y fortuna y el comportarse como un héroe (en este caso, salvando a unos niños secuestrados).

Por un lado, esta película tiene un tono más ligero, propiciado por los secundarios que acompañan a Indy. Para empezar, al Doctor Jones le ha “crecido” un compañero infantil, un niño asiático que se hace llamar Tapón, sin duda un elemento creado para que el público más joven empatice con él. Por ello, la película cae en alguno de los defectos que suelen tener las películas con niño, aunque también le sirve a Spielberg para insinuar uno de los temas habituales de su cine, el de las relaciones paterno – filiales. Por otra parte, la chica de la película está muy alejada del papel fuerte que tenía Marion: la cantante Willie Scott responde al prototipo de rubia tonta y superficial. En consecuencia, el humor de la película es bastante poco sofisticado, aunque no por ello menos efectivo.

Por otro lado, esta película tiene algunos de los momentos con mayor oscuridad de la saga. Así, vemos a niños torturados y torturando, corazones arrancados del pecho de sacrificios humanos y al propio héroe maltratando a un niño (aunque sea bajo la influencia de un maligno brebaje), algo inconcebible en el cine comercial estadounidense. Por no hablar de las escenas abiertamente pensadas para provocar desagrado en el espectador, como la de los insectos (que continúan con la tradición iniciada con las serpientes en la primera parte) o la de la cena exótica en el palacio hindú. Como curiosidad, esta película (a sugerencia de Spielberg) condujo a la creación de una nueva categoría intermedia (el PG–13) en las calificaciones por edades estadounidenses, entre el “todos los públicos” y el “para mayores”.

La película también es más abiertamente fantástica que la primera parte. Si en En Busca del Arca Perdida el elemento sobrenatural aparecía poco a poco para estallar en el clímax final, aquí está presente desde el tramo central de la película. Por otra parte, la conclusión de la película depende menos de la exhibición de efectos visuales, aunque no por ello carece de tensión o espectacularidad, gracias a escenas como la persecución de las vagonetas o la del puente colgante.

En general, la película destaca entre las otras dos de la trilogía original por su cambio de temas y escenarios. Por ello mismo, mucha gente cree que carece de los elementos clásicos de las películas de Indiana Jones (los nazis, el desierto, las grandes reliquias religiosas), pero también por eso mismo mucha gente la valora por su originalidad. Y es que con esta trilogía no sucede como con otras, como con Star Wars (en la que parece que el consenso es que El Imperio Contraataca es la mejor de todas), y no hay una película que se considere mejor que las otras.

Indiana Jones y La Última Cruzada (1989)

Entre esta película y la anterior pasaría algún tiempo más que entre la primera y la segunda. Mientras tanto, Spielberg hace sus primeros intentos por ser considerado como un director “serio” con El Color Púrpura (1985) y El Imperio del Sol (1987). Intentos, por otra parte, fallidos: tendría que llegar todavía el momento más adelante con La Lista de Schindler. Lucas, por su parte, se dedicaba a la producción con suerte desigual, desde Dentro del Laberinto (1986) o Willow (1988) a Howard el Pato (1986) y las películas de los Ewoks. Mientras tanto, Harrison Ford se ha convertido ya en una de las mayores estrellas de Hollywood, en títulos como Único Testigo (1985) o Armas de Mujer (1988).

En esta tercera parte se ahonda un poco más en el carácter y, en definitiva, en el personaje de Indiana Jones. Esto ya sucede desde la espectacular escena inicial, que juega con el equivoco de hacernos pensar que estamos viendo al Doctor Jones en acción, hasta que descubrimos que en realidad estamos viendo una aventura del joven Indiana. Una estupenda elipsis nos lleva a la conclusión de la historia en el presente de la película, en el año 1938.

El guión de la película casi puede considerarse un calco o remake de la de la primera parte (y este quizá sea su peor defecto). No sólo es que nos encontramos con los mismos enemigos y reaparezcan personajes secundarios, y que de nuevo se busca un importante objeto de la tradición judeo–cristiana, sino que muchos elementos estructurales de la trama parecen adaptados de En Busca del Arca Perdida. Dicho esto, la película en ningún momento se hace aburrida ni sufre a causa de esta repetición.

El principal hallazgo de la película es el del personaje del Doctor Henry Jones, el padre de Indiana, interpretado por un excelente Sean Connery. La química existente entre Ford y Connery hace de su relación un elemento básico de la película, tanto en sus elementos más cómicos como en los más sentimentales. Por no hablar de la otra excelente pareja cómica que forman Connery y Denholm Elliott, que da vida al inolvidable Marcus Brody, el único hombre capaz de perderse en su propio museo. Quizá porque el núcleo de la película está en la relación entre Indiana Jones y su padre, el personaje femenino está más descuidado, aunque la atractiva Doctora Elsa Schneider cumple con su papel de mujer fatal.

Esta película también cuenta con los mejores momentos cómicos de la trilogía, tanto gracias a lo que es comedia puramente física como a gags apoyados en las ingeniosas frases de su guión. El clímax de la película, además del esperado espectáculo, nos presenta la culminación de la evolución de los personajes principales a la que hemos asistido a lo largo de la película. Y es que la búsqueda del Grial no deja de ser un símbolo de la verdadera búsqueda que realizan los dos Doctores Jones.

El mayor triunfo de esta película es que es más que capaz de ignorar los defectos que le impone la repetición respecto a la primera parte, y sabe convertir en una virtud lo que pudiera parecer un recurso facilón (el emparejar al protagonista con un pariente).

El Futuro de Indiana Jones

Cuando se estrenó la tercera parte, Indiana Jones ya se había convertido en uno de los iconos inconfundibles de la cultura popular moderna. Además de las tres películas, Indiana Jones protagonizaría comics, novelas y videojuegos más allá de las típicas adaptaciones fílmicas. George Lucas también produciría una serie de televisión para contarnos Las Aventuras del Joven Indiana Jones, tan ambiciosa como irregular.

Inevitablemente, durante mucho tiempo se estuvo hablando de una cuarta entrega de la serie (y eso antes de la era de Internet). A bote pronto, algunos de los rumores hablaban de una adaptación del exitoso videojuego Indiana Jones and The Fate of Atlantis, aunque esto parecía más deseo de los fans que algo viable. También se mencionaba que en la hipotética cuarta parte aparecería el hermano de Indiana Jones (por aquello de repetir lo que había dado buen resultado en la tercera película), interpretado nada menos que por Kevin Costner (que a principios de los 90 era una estrella emergente). Todo aquello, como bien sabemos, no pasó del estado de rumor.

Mientras tanto, Steven Spielberg se convertía en una de los más respetados y exitosos directores de cine de la actualidad (y, por que no decirlo, de la historia del séptimo arte), con el público y la crítica rendidos a sus pies. George Lucas tenía tiempo de rodar una segunda trilogía de Star Wars, y acumular el dinero suficiente para dedicarse a hacer lo que quiera, sin importante la opinión del público o la crítica. Mientras tanto, Harrison Ford se dedicaba en estos años a protagonizar productos de calidad cada vez inferior, hasta que se reunión con Spielberg y Lucas para volver al personaje que le dio la fama (con permiso de Han Solo)

El tiempo pasó y, cuando ya parecía imposible, casi 20 años después de la última entrega, se va a producir el estreno de la cuarta película de la saga: Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal. El tiempo ha pasado inevitablemente y la película está ambientada en los años 50 (es difícil pensar en un Harrison Ford sesentón interpretando al personaje que era en los años 30), los malos van a ser los rusos (como corresponde a la época de guerra fría), y hasta es posible que Indiana Jones tenga un hijo (no está muy claro cual es el papel que interpreta el joven Shia LaBeouf). Si el resto de los elementos que han convertido a Indiana Jones en un hito del cine de aventuras seguirán intactos, lo podremos ver en nuestras pantallas muy pronto.

The Making of Star Wars

Como espectadores, pocas veces nos planteamos el esfuerzo y el coste que hay tras la realización de una película. Nos sentamos en una sala oscura y confiamos en que el director y todo el equipo que tiene detrás nos ofrezcan un producto por el que nos haya merecido pagar la entrada. Naturalmente, esto no quiere decir que haya que perdonarle a una película sus defectos porque tenga mucho trabajo detrás, pero sí que es un elemento más a considerar a la hora de hacer un análisis exhaustivo (porque, precisamente, muchas veces ese trabajo ha sido insuficiente).

Este libro escrito por el periodista J.W. Rinzler presenta y detalla la creación de una de las películas míticas de todos los tiempos: La Guerra de las Galaxias. Independientemente de la opinión que se tenga de ella, pocas personas se atreverían a negar que esta película es un título imprescindible a la hora de conocer la historia del séptimo arte, y que marcó un punto de inflexión en la industria y en la forma de entender el cine de ciencia ficción y el espectáculo cinematográfico.

El libro está creado a partir de una buena cantidad de entrevistas y testimonios de la época, y ese quizá sea uno de sus mayores atractivos. En ningún momento se habla de las secuelas, más que como una posibilidad y un punto de enfrentamiento por el que disputarían George Lucas y la Fox. Así, la perspectativa y las opiniones presentadas son siempre de unos años alrededor del estreno de Star Wars (cuando aún no era A New Hope), y las protagonizan prácticamente todos los miembros del equipo, desde George Lucas y los productores de la Fox hasta los técnicos, pasando por los miembros del reparto. Además, no faltan las opiniones de algunos de los amigos de George Lucas: Steven Spielberg, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Brian de Palma…

Aunque el libro no se limita a exponer los fragmentos de entrevistas, sino que los va enlazando y ordenando en orden cronológico, quizá lo que se echa un poco en falta es un poco más de contenido analítico o crítico. En vez de eso, el texto es más bien expositivo y nos cuenta (como avisa en su subtítulo el libro), la historia definitiva detrás de la película original, dejando que el lector saque sus propias conclusiones.

Con casi 400 páginas de buen tamaño (el libro tiene más o menos las dimensiones de un LP), el nivel de detalle que se nos ofrece llega a ser apabullante. También es digna de mencionar la cantidad de material gráfico que se utiliza (probablemente no haya una sola página sin algún tipo de ilustración): fotografías de la época, arte conceptual (como las legendarias láminas creadas por Ralph McQuarrie), storyboards

Pero hay que insistir en que este no es uno de esos libros decorativos, cuyo único interés está en mirar sus imágenes. El texto recoge de forma tremendamente detallada todo el proceso de creación de la película, desde las primeras ideas de Lucas hasta las reacciones de la crítica y el público tras el estreno. Aunque hacer un resumen completo es casi imposible, sí que hay varios puntos que merecen ser mecionados.

En lo que se refiere a la historia propiamente dicha, el texto nos lleva a través de las distintas versiones del guión y de las ideas de George Lucas. Muy pronto queda claro que Lucas resulta tremendamente detallista, y que sus primeras versiones de la historia son excesivas para una única película. Así, poco a poco el guión se va simplificando (y depurando), pero Lucas no abandona la complejidad del universo que está creando. Por supuesto, eso no quiere decir que tuviera planeadas las dos trilogías desde el principio, ni mucho menos. De hecho, muchos de los conceptos e ideas son bastante diferentes de lo que acabarán siendo (sin irse muy lejos, la idea de Darth Vader como padre de Luke Skywalker no aparece todavía en ningún momento). Como curiosidad, Lucas sí que hace en esa época una mención a los denostados (y con razón) midiclorianos que reaparecerán en La Amenaza Fantasma.

El proceso de casting también es narrado con bastante detalle. Es curioso pensar que Harrison Ford al principio sólo iba a las sesiones para dar la réplica a los actores (Lucas no quería repetir actores con los que ya hubiera trabajado, en el caso de Ford en American Graffiti). Y que Han Solo podría haber sido Christopher Walken o Kurt Russell. Y que Jodie Foster tenía muchas posibilidades para ser la Princesa Leia, pero fue descartada porque su juventud (14 años) le impedía trabajar las mismas horas que un adulto.

El rodaje se nos narra prácticamente día a día, con insertos de los planes de rodaje para cada día que permiten ver como van rodándose las escenas, y aparecen los problemas e inconvenientes. También se mencionan aquí algunas de las escenas que acabarían en la sala de montaje, como la relación de Luke con sus amigos o la escena entre Han Solo y Jabba (recuperada/retocada en las ediciones especiales).

Es evidente que Star Wars supuso una revolución en el campo de los efectos especiales, quizá no tanto en lo que se hacía, pero sobre todo en para qué se utilizaban. Así pues, buena parte de la historia de esta película está enlazada con la historia de la ILM (Industrial Light & Magic), la empresa de efectos especiales creada por Lucas para este proyecto, y casi indiscutiblemente líder actual en su campo. Además de los problemas económicos y de gestión, Lucas y la ILM se enfrentaron a los inevitables plazos y fechas de entrega impuestos por el estudio.

Obviamente, el principal protagonista de esta “novela” es un joven director de poco más de 30 años llamado George Lucas. El cineasta californiano es una figura discutida y polémica entre los aficionados al cine en general y a Star Wars en particular, y este libro permite conocerle un poco mejor, al menos en lo que se refiere a la época en que rodó esta película. Los problemas a los que se enfrentó durante la producción, en la que tuvo que poner buena parte de su propio bolsillo para que saliera adelante, y las tensas relaciones con la Fox parecen explicar bastantes cosas. Sin pretender buscar justificaciones o hacer análisis psicológicos "de todo a 100", visto todo eso parece comprensible su aparente obsesión por el control y por disponer del dinero necesario para poder hacer lo que le venga en gana con sus próximas películas. En el libro ya aparecen su insatisfacción con el resultado de la película (que acabará culminando en la creación de las "ediciones especiales") y su agotamiento que le lleva a renunciar a la dirección (pasarían más de 20 años antes de que volviera a ponerse tras las cámaras).

Por todo esto y mucho más, The Making of Star Wars: The Definitive Story Behind the Original Film se presenta como la referencia indiscutible sobre la producción de La Guerra de las Galaxias, y es un libro que no debería faltar en la biblioteca de los aficionados al universo creado por Lucas que quieran conocer en profundidad sus orígenes, o en la de los cinéfilos que quieran conocer el absoluto "como se hizo" de esta película.

Los Crímenes de Oxford

La última película de Alex de la Iglesia, que llevaba 4 años sin estrenar ningún largometraje, es la adaptación de la novela del autor argentino Guillermo Martínez, también conocida como Crímenes Imperceptibles. Como era de esperar por la naturaleza del proyecto, de la Iglesia deja de lado buena parte de su particular universo y forma de entender el cine para sacar adelante una correcta adaptación del libro a la pantalla. A priori parece que no era un proyecto adecuado para el director vasco, pero así nos demuestra que no le importa adaptarse a las características de un cine que no es el suyo. Aún así, la película tiene algunos momentos de humor muy propios de de la Iglesia, aunque en general parece evidente que es su trabajo menos personal, lo que puede decepcionar a algunos de los espectadores.

La película, al igual que la novela (respecto a la que no introduce grandes cambios), es un misterio clásico, un whodunit, que dicen los ingleses. Tenemos los esperados crímenes misteriosos que sacuden a una pequeña comunidad, y a la pareja de detectives aficionados (en este caso, matemáticos) que intentan resolver el caso. El motivo matemático de los crímenes es poco más que una excusa para darle un toque de “thriller intelectual” a la historia, pero poco más. La matemática y la filosofía también sirven para introducir unos cuantos elementos de reflexión en el guión, y aquí es donde se encuentra probablemente su mayor problema. La película cuenta con demasiadas escenas en que los personajes se limitan a discutir y filosofar en voz alta, algo que puede funcionar en el libro, pero ralentiza la película.

Como ya se ha dicho, Alex de la Iglesia se limita a hacer un trabajo clásico para contarnos el misterio alrededor de los asesinatos. Si acaso, destaca un poco el imposible plano secuencia que enlaza a los personajes al principio de la película. En la película vemos demasiadas referencias a otras películas (Pi, V de Vendetta, El Silencio de los Corderos). Así, en momentos parece que estemos viendo un ejercicio de estilo a lo Tarantino, aunque la suma de elementos es demasiado inconexa para encontrarle cierta coherencia: ¡si hasta podemos ver similitudes formales con El Código Da Vinci!.

En el reparto destaca sin duda John Hurt (V de Vendetta, Hellboy), que demuestra su categoría y experiencia a lo largo de todo el metraje. Elijah Wood (El Señor de los Anillos) está en su línea habitual (o sea, tirando a flojo, aunque en ningún caso lamentable), y no consigue llegarle a la suela de los zapatos a Hurt. El reparto femenino también está correcto, tanto Julie Cox (Dune (TV)) como Leonor Watling (Salvador). Hay que destacar que el rodaje se ha hecho en inglés, y Watling es la única española del reparto (para la versión española ha sido doblada, y confieso que llegué a pensar que se había doblado a sí misma). Lo que sí es criticable es la escasa credibilidad como posible pareja de Wood con cualquiera de las dos actrices: el aspecto juvenil del actor tiene un pase para hacer de estudiante de doctorado, pero resulta difícil imaginarlo como pareja de ambas mujeres.

La banda sonora es de uno de los habituales del cine español, Roque Baños, que hace incluso un pequeño papel como director de orquesta. Su trabajo es correcto, aunque previsible, recordando en ocasiones a las composiciones de Bernard Hermann para Hitchcock (otra referencia demasiado obvia). La fotografía y el resto de aspectos técnicos son correctos, si bien no especialmente llamativos. Si acaso, se echa en falta un mayor aprovechamiento del excelente escenario que supone Oxford, pues en la película abundan los interiores y los planos cortos de los actores.

En resumen, Los Crímenes de Oxford es una correcta y entretenida película de misterio, protagonizada por un inmenso John Hurt, pero también es uno de los trabajos más impersonales de Alex de la Iglesia. Así, aunque el director de Bilbao hace un trabajo correcto, los fans de su estilo se verán defraudados. Sin duda, no se trata de una película que vaya a pasar a la historia, aunque si buscamos un poco de intriga sin muchas más pretensiones, podremos pasar casi un par de horas de entretenimiento. Correcta, pero prescindible.

Blade Runner

Blade Runner es una de las películas míticas del cine, que ha pasado de fracaso de público y crítica a título de culto e imprescindible en todas las listas en apenas 25 años. La esperada edición en DVD me ha llevado a recordar unas cuantas cosas sobre mi relación con esta película, así como las sensaciones provocadas por el disfrute una vez más de este título mítico.

En ningún caso este pretende ser un artículo sobre la película. Al fin y al cabo, es un título sobre el que han corrido ríos de tinta, y sería difícil aportar algo nuevo. Al fin y al cabo, el texto definitivo ya lo escribió Paul Sammon con su Futuro en Negro, recomendable para todo el que quiera saber algo sobre esta película. Una alternativa más barata (y más fácil de encontrar) sería Blade Runner de Miguel Ángel Prieto.

Mi Historia con Blade Runner

Debo confesar que no recuerdo cuando fue la primera vez que vi Blade Runner. Fue en la tele, claro, porque el año de su estreno (1982) era demasiado pequeño y mi padre me llevó a ver otra de las películas del año: E.T., más adecuada para mi edad de entonces. Además, tampoco habría que olvidar que la película de Ridley Scott no fue precisamente un éxito en su estreno.

Investigando un poco, y tirando de algunos recuerdos, llego a la conclusión de que probablemente viera Blade Runner en la primera emisión de la película que se hizo en RTVE, en Noviembre del 1988. Creo recordar que en aquella época fue todo un “acontecimiento” el estreno de un título así, y que un compañero de clase me recomendó que no me la perdiera. Por suerte, le hice caso. Me gustaría poder contar que tuve una especie de revelación, o de epifanía, con esta película, pero tampoco fue así. Es cierto que me gustó, y me gustó mucho, pero nada más. Supongo que me llamaron la atención la excelente recreación del Los Angeles del futuro (uno de los puntos fuertes indiscutibles de la película), pero sin dejar de lado la historia detectivesca que había detrás, con sus antiheroicos protagonistas.

El libro de Dick, ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? lo leí en 1991 (esto lo sé porque es el año de la edición de mi ejemplar, no por mi memoria). La verdad es que no me impresionó, incluso diría que no me gustó demasiado. No sé si se debe a que no se parecía demasiado a la idea que yo me había hecho a partir de la película, o a que Philip K. Dick es un autor que no acaba de llegarme (aunque digo esto habiendo leído sólo un par de novelas suyas: Dick sigue siendo una de mis asignaturas pendientes).

En 1992 se estrenaría el Director’s Cut. Entonces fue cuando empecé a oir hablar de los problemas que había tenido Ridley Scott durante la producción, y de que la versión estrenada no era su preferida y, en fin, toda la historia que los aficionados conocemos bien hoy en día. Este montaje sí que pude verlo en el cine, en concreto en el desaparecido cine Tyris (hoy convertido en un ultramoderno spa urbano). Supongo que no debió ser un estreno muy masivo: al fin y al cabo era una película de 10 años atrás, y encima en VO subtitulada (algo que es toda una rareza en según y que ciudades, y más entonces).

Otra confesión: en ningún momento me planteé viendo este nuevo montaje la posibilidad de que Deckard fuese un Replicante. No sé si es porque las pistas eran demasiado sutiles para mi mente juvenil (acaba de entrar en la mayoría de edad), o porque tenía demasiado asimilada la primera versión, en la que Deckard es “sólo” un detective menos humano que sus presas.

Probablemente ese mismo año es cuando adquiero mi primera copia de la película en formato doméstico. Se trataba del primer número de un coleccionable de Salvat dedicado al cine fantástico, con cuya primera entrega venían los VHSs de Blade Runner y 2001 (menudo par de joyas…). Se trataba del montaje original, claro: el montaje del director lo tengo grabado de su emisión en Canal+ (supongo que un par de años después). Curiosamente, está doblado (recordemos que en cines se estrenó sólo en VO), y juraría que tiene más “voz en off” de la que debería, por lo que se convertiría en un curioso montaje alternativo. De todas formas, esto tendría que comprobarlo cuidadosamente comparando versiones: no es cuestión de ir lanzando rumores acerca de la existencia de otra versión de la película.

A finales de 1997 se lanza el videojuego basado en la película, que creo recordar fue bastante revolucionario para la época. Nunca he sido muy aficionado a los videojuegos, pero como buen aficionado de la película, este me lo compré y lo jugué. Probablemente en esa época sería cuando oiría hablar por primera vez de la posibilidad de que Deckard sea un Replicante.

El siguiente paso, el de tener Blade Runner en DVD, tardaría más de lo esperado. A pesar de la implantación del formato, esta era una de esas películas míticas que faltaban por aparecer en DVD (una vez publicadas las trilogías de Indiana Jones y de Star Wars, que también se hicieron de rogar). Existía una versión bastante floja del Director’s Cut, sin material adicional y escasa calidad audiovisual, y el año pasado salió una versión restaurada de ese mismo montaje, pero era un simple aperitivo del lanzamiento estrella de 2007 en DVD: la edición definitiva de Blade Runner coincidiendo con su 25º Aniversario. Me negué a comprar las versiones anteriores, pero esta no podía dejarla pasar.

El DVD

Estamos ante una de las ediciones en DVD más completas que pueden encontrarse en el mercado, aunque habría unas cuantas cosas que criticar acerca de la política comercial de Warner.

La edición cuenta con un total de 5 discos, en los que se recogen nada menos que 5 montajes alternativos de la película. El Montaje Definitivo es una nueva versión de la película supervisada por Ridley Scott. Básicamente, se trata del mismo montaje que el Director’s Cut de 1992 (también incluido), con mejoras tanto respecto a la calidad audiovisual como para eliminar algunas incongruencias y defectos de la película.

Los que preferimos el Montaje Original también disponemos de él, tanto en su versión Americana como en la Internacional (un poco más violenta). Estos montajes (así como el Director’s Cut) tienen una calidad audiovisual bastante buena, aunque no tanto como la versión Definitiva. Como punto a favor hay que señalar que en todos los montajes se ha incluido el doblaje castellano original y que para las nuevas escenas del Montaje Definitivo se ha contado con los mismos actores de doblaje. Finalmente, se incluye como curiosidad un Workprint, una de las primeras copias de trabajo de la película.

La película cuenta con abundantísimo material extra de todo tipo, sumando en total alrededor de las 7 horas. Tenemos desde un completo documental detallando toda la producción de la película hasta escenas eliminadas o extendidas, pasando por material promocional o dedicado al proceso de restauración de la película. El punto negro respecto a los extras es el habitual de las ediciones de Warner: la no subtitulación de los audiocomentarios. En este caso, son un total de 4 los audiocomentarios que no podremos disfrutar si no tenemos un buen nivel de inglés.

La película salió publicada a finales de 2007 en España en una completa (y limitada) edición para coleccionistas, presentada en un maletín de plástico metalizado y con diverso material adicional: una reproducción de una carta de Ridley Scott, una imagen lenticular de la película (esas que parece que se muevan según les dé la luz), unas láminas de bocetos e imágenes de la película, un unicornio de plástico simulando la figura de origami de Gaff, y una pequeña reproducción de un spinner (los “coches voladores” de la película).

Sin duda, una presentación impresionante y que los más aficionados atesoraremos en nuestras colecciones. Hay que agradecer a Warner que haya traido esa misma presentación (cosa que no ha hecho en la mayor parte de Europa). Por desgracia, mientras en el resto de Europa (y del mundo) salían varias ediciones a la vez (de 2 y 5 discos), en España sólo salía el maletín, sin que se supiera si iban a salir las otras versiones (Oficialmente: las leyes del mercado dicen que acabarán saliendo mientras sea negocio). Así, bastante gente que quería la película pero no estaba dispuesta a gastarse el dinero que valía la edición coleccionista (o no la encontraba, pues ha sido bastante limitada) acababa comprando algunas de las ediciones en tiendas on-line del Reino Unido, pues la edición que se comercializaba allí es exactamente la misma que aquí (doblajes incluidos).

Una vez agotados los maletines, Warner ha anunciado la aparición de una caja metálica con los mismos discos y algunos de los “regalos” del maletín (y a prácticamente el mismo precio). Eso sí, en exclusiva para una tienda on-line, y sin que se sepa aún si van a salir ediciones más económicas. En conclusión, muy bien para Warner por traernos estas presentaciones, pero muy mal por la forma de sacar el material al mercado y por la poca información (y respeto) hacia los clientes.

La Película y sus Montajes

De momento, sólo he visto el nuevo montaje, el Montaje Definitivo de la película. Lo cierto es que no aporta realmente mucho más de lo que ya habíamos visto en versiones anteriores, y podríamos considerarlo simplemente como la versión “mejorada” del montaje del director del 1992 (que queda “obsoleto” existiendo este). El trabajo de restauración que se ha hecho es excelente y se ve casi tan bien como una película de este mismo año. De hecho, creo que es esta vez la primera que he podido ver el famoso “brillo de ojos” que tienen los Replicantes. La estupenda calidad de imagen permite disfrutar como nunca del excelente diseño de producción y efectos visuales con que cuenta la película. Por otra parte, los cambios que se han hecho a la película son prácticamente imperceptibles, y en muchos casos sólo te das cuenta al ver el sorprendente documental donde se explican algunas de las “mejoras” que se han hecho (como poner la cara de Joanna Cassidy en vez de la de la especialista cuando atraviesa los cristales, o usar la boca de un hijo de Harrison Ford para sincronizar el movimiento de los labios con el diálogo).

De todas formas, para mí lo importante de este pack es la existencia del Montaje Original en el disco 3, pues es mi montaje preferido (Aparte de que, por una cuestión de manía personal, me gusta tener las cosas tal y como se estrenaron). Esa es la película, con ese montaje, que se convirtió en una de mis películas preferidas. Es muy de agradecer que, aunque Scott considere como “bueno” su último montaje, nos dé la oportunidad de disfrutar de los otros.

La voz en off de Deckard me parece imprescindible para darle ese tono noir que tiene toda la película. Puedo entender que en ocasiones resulte un poco cargante (aunque no es mi caso), y lo cierto es que en muchas de las escenas eliminadas la voz en off tiene un contenido bastante flojo (así pues, bien eliminadas están). Sin embargo, en la película me parece básica para entender la evolución del personaje de Deckard. Por otra parte, como esta es la primera versión que vi, es como si la echara en falta en los otros montajes y, en cierto modo, la recuerdo en mi interior y “oigo” lo que Deckard está pensando aunque Ridley Scott no me lo quiera mostrar. Además, me da la sensación de que el montaje del director sería demasiado críptico para un espectador “virgen” que no hubiera visto antes esta otra versión.

Otro punto vital en la diferencia de montajes sería lo del final feliz: es cierto que siempre me ha chirriado un poco esa parte, aunque tampoco me molestaba especialmente. En todo caso, su eliminación es una de las cosas que me gustan del montaje del 92: prefiero como final el ascensor cerrándose a la excursión por el campo.

En cuanto a si Deckard es o no es un Replicante… es algo que podría estar discutiéndose hasta el final de los tiempos, y no se llegaría a una conclusión definitiva. En mi opinión, esa es una de las grandezas de la película: cualquiera de las explicaciones es posible y cada espectador puede escoger la que prefiera (aunque cada uno de los dos montajes le “oriente” más hacia una u otra hipótesis). Para mi Deckard nunca ha sido un Replicante: si Deckard es un Replicante esto se convierte en simplemente una sorpresa, un giro final a lo Sexto Sentido, y pierde buena parte de la profundidad filosófica. Vale: es otro Replicante que ignora su naturaleza y que ha sido puesto a cazar a otros Replicantes, ¿y qué?. Pero si Deckard es un ser humano, la película nos dice mucho más sobre la naturaleza las personas y nos da más motivos de reflexión. En ese caso, Deckard es un humano deshumanizado, mientras que sus presas son seres artificiales con mucha más humanidad que los seres “naturales”. Sólo al final, tras el tremendo monólogo de Roy Batty, Deckard se plantea su naturaleza como ser humano (sí, subrayado por la voz en off).

Y es que Blade Runner es una película con varias capas, de simple aventura futurista a relato existencial, de recreación de un futuro posible a reflexión sobre la humanidad. En todo caso, imprescindible.