Conan el Bárbaro

Se hace un poco raro salir satisfecho del cine porque la película que se ha visto no es tan mala como uno se esperaba, pero eso es lo que sucede con Conan el Bárbaro. Lo visto hasta el momento en la mediocre campaña de marketing, sumado al nombre del director asociado al proyecto, no invitaba precisamente al optimismo. Las primeras críticas, tanto de aficionados al género y al personaje como de críticos generalistas, confirmaban en su mayoría estas expectativas. Y es cierto, Conan el Bárbaro no es precisamente una buena película, ciertamente no la que se merecen el personaje y su creador, pero no pueden dejar de encontrarse algunos aspectos positivos entre los abundantes problemas del largometraje.

Aunque la película se ha intentado presentar desde el principio como una nueva adaptación del personaje, la sombra del largometraje de 1982 ha sido difícil de esquivar, y tampoco parece que los productores se hayan esforzado mucho por hacerlo. La coincidencia de titulo y logotipo, el contar el origen del personaje, el ser una historia de venganza, e incluso contar con elementos temáticos y estéticos sospechosamente similares, hacen que no quede muy claro si finalmente estamos viendo un remake o no. Por poner un ejemplo cercano en el tiempo, esta película se parecería en su planteamiento, más que a Batman Begins, a Superman Returns (al menos Bryan Singer es un buen director).

Hay que reconocer que la película lo tiene difícil para contentar a los distintos tipos de espectadores que se enfrentan a ella. Por un lado, a los aficionados del personaje original de Robert E. Howard, que echan de menos la adaptación de las historias originales. Por otro lado, a los fans de Arnold Schwarzenegger, muchos de los cuales consideran una herejía que su ídolo no protagonice la película o, en su defecto, algún otro culturista (o estrella de la lucha). Finalmente, quizá los menos exigentes sean los espectadores "mayoritarios", a los que puede que les parezca raro que Conan no se parezca al antiguo gobernador de California, pero a los que tampoco les importara mucho (algunos, como mucho, puede que incluso sepan que hay cómics de Conan...)

El director de este Conan el Bárbaro es Marcus Nispel, procedente del mundo del videoclip, y cuya carrera incluye un par de remakes de clásicos del terror de los 70 y la fallida película de aventuras Pathfinder: El Guía del Desfiladero (otro remake). Con ese curriculum no podía esperarse gran cosa, aunque quizá con este largometraje haya hecho su mejor trabajo. Sin embargo, todo parece indicar que el es el principal responsable de algunos de los mayores defectos de la película (además, para eso es el director).

Para la historia, de forma difícilmente justificable, se ha optado por ignorar la obra de Robert E. Howard y crear una historia nueva para contarnos el origen del personaje, como ya se hizo en la película de 1982. Hubiera sido muy fácil adaptar uno de los relatos de Howard (o juntar un par), siendo que siempre es mas fácil adaptar textos breves que novelas, y además se hubieran ganado puntos con los fans del personaje literario, y se hubiera podido utilizar la fidelidad al original como herramienta de venta de la película. Sin embargo, se ha optado por el pastiche, por contar una historia que esta más próxima a los títulos publicados en los 80 y 90 por autores de encargo. Y, como sucede con estos mismos libros, no es fácil hacer compatible la historia con una continuidad basada en las historias originales: parece que hay que asumir que el Conan cinematográfico no es el literario. Y, como sucede con muchos de los pastiches, el tono de la historia no es el de los relatos escritos por Howard. Aunque Conan no deja de oponerse en ocasiones a grandes amenazas de proporciones épicas, la mayor parte de las veces los peligros a los que se enfrenta tienen un ámbito mucho más limitado (y, en muchos casos, estas son sus mejores historias). Por el contrario, el Conan de los pastiches (incluyendo la historia de esta película) suele tener que derrotar a un hechicero que quiere hacerse con el poder absoluto y acabar con el mundo como se le conoce.

Por otra parte, quienes han seguido de cerca el proceso de producción de esta película cuentan que el guión definitivo (con ajustes y reescrituras de última hora de gente como Sean Hood, realmente interesado en el personaje original) se ha librado de elementos realmente lamentables que aparecían en los primeros borradores. Aun así, la historia sigue siendo mediocre, como lo son la mayoría de los diálogos, aunque se agradecen algunos guiños a los textos de Howard, por breves y fuera de contexto que estén. También parece ser que la mayor parte del guión dedicado a la exposición o a desarrollar un poco las motivaciones de los personajes se ha quedado por el camino, sea porque Nispel decidió eliminar estas escenas en la sala de montaje o porque ni siquiera se dignó a rodarlas. Como resultado, la película se convierte en una secuencia de escenas de acción tras escenas de acción que acaban saturando al espectador con un ritmo excesivo: la película no se hace larga (tampoco lo es), pero en ocasiones se agradecería un ritmo más pausado.

De cualquier personaje literario pueden existir tantas interpretaciones distintas como lectores, y hay que reconocer que el Conan de esta película está más próximo al creado por Howard que el de 1982. En la película tenemos ocasión de asistir a sus grandes alegrías y a sus grandes melancolías, y vemos a Conan no sólo como un guerrero individualista (capaz de ahuyentar a un enemigo con la fuerza de su presencia), sino también como un líder de hombres. Ahora bien, algunos aspectos son más discutibles. En un momento dado Conan es presentado como un libertador de esclavos, para más tarde aparecer como un torturador sádico: ninguno de los dos extremos parecen propios del Conan de Howard. Por no hablar de su tratamiento de Tamara, la protagonista femenina, que además hace que la evolución de su relación no resulte nada creíble. Pero claro, si Nispel se dedica a dar entrevistas en las que dice que ha querido mostrar a "Conan el Misógino"... Conan no es que vaya a ser un adalid del feminismo, pero ¿misógino?

El mundo Hiborio en el que se mueve Conan está moderadamente bien representado, dando la sensación que se ha querido mantener un tono estético acorde con lo establecido con los actuales cómics publicados por Dark Horse. Dicho esto, no hay pocas incongruencias a poco que uno intente buscarle un poco de lógica y coherencia a la geografía (en su mayor parte inventada para la ocasión) y a las culturas que aparecen en la película. Por cierto, y como anécdota, creo que Conan no menciona a Crom en toda la película: una muestra más del desdén por la ambientación original.

Quien mejor parado sale de la película es sin duda su protagonista, un Jason Momoa que ha sabido superar las dudas iniciales que su selección ocasionó. No era fácil seguir los pasos de un Arnold Schwarzenegger que, a pesar de su poca adecuación para interpretar al Conan de Howard, supo crear una imagen que poca gente consigue separar del personaje. La caracterización de Momoa como Conan es casi perfecta (sólo le faltan los ojos azules...), y su físico resulta más creíble como guerrero que el de un culturista depilado y aceitado. Además, en este Conan no vemos sólo la tremenda fortaleza del personaje, sino también su agilidad felina. Y, por supuesto, Momoa resulta mejor actor que un joven culturista austriaco que apenas podía decir sus frases sin un fuerte acento. En cierto modo, le sucede lo mismo que a James Purefoy en Solomon Kane: actor y personaje merecían una película mejor.

Stephen Lang (Avatar) y Rose McGowan (Planet Terror) dan vida correctamente a los villanos del film, aunque sus personajes resultan excesivos y casi caricaturescos y, de nuevo, lastrados por una falta de definición habitual en toda la película. La belleza de Rachel Nichols (G.I:Joe) es lo único destacable de su presencia en la película. En su descargo hay que decir que el guión tampoco parece tener muy claro si su personaje es más una mujer de acción a lo Valeria o Bêlit, o una típica damisela en peligro, con lo que pasa de un extremo a otro sin más explicación. Del resto del reparto hay que mencionar al siempre correcto Ron Perlman (Hellboy) y a Leo Howard, que interpreta al Conan adolescente en la primera parte de la película, haciendo también un buen trabajo. En general, todos los actores del reparto hacen lo que pueden con las frases que les han tocado en el guión, pero no tienen mucho material con el que trabajar.

También debe mencionarse la breve intervención de Morgan Freeman, que da voz al narrador que introduce la película y explica la transición del Conan adolescente al maduro. Esa transición da muestra una vez más de la ineptitud de Nispel: mientras Freeman nos habla de las aventuras que ha tenido Conan cualquier director hubiera acompañado sus palabras con un montaje ilustrativo. Nispel nos obsequia con una pantalla en negro...

Pasando a considerar los aspectos técnicos, la fotografía y los efectos especiales de la película son correctos, combinando los paisajes de Bulgaria con fondos generados por ordenador para presentarnos unos reinos Hiborios más variados y espectaculares que los que vimos en 1982. Los efectos flaquean más en algunas criaturas generadas por ordenador, como unos prescindibles elefantes que acompañan al malvado Khalar Zym. Vestuario y ambientación en general también aprueban sin problemas, con un equilibrio razonable entre realismo y fantasía. El montaje de las secuencias de acción es igualmente irregular, oscilando entre lo claro de algunas secuencias (la persecución en el bosque) y lo totalmente confuso de otras (el guardián acuático). Como ya se ha comentado, este Conan es más rápido que versiones anteriores en su estilo de lucha, pero también abusa de los tajos dados con la espada empuñada a la inversa (como para apuñalar), que parecen más propios de una película de ninjas que de un bárbaro de Cimmeria. Por su parte, el montaje entre escenas es prácticamente inexistente, sin que llegue a crear una sensación de la distancia o el tiempo que transcurre entre una escena de acción y la siguiente. Este montaje frenético dificulta que ninguna escena pueda tener impacto emocional, pues no se deja tiempo para asimilarlas. Por no hablar de algunos momentos en los que la continuidad parece desaparecer, con amaneceres que se producen de forma instantánea y armaduras que dejan de usarse sin más explicación.

Por supuesto, la película ha caído en la tentación de convertirse al 3D en su post – producción, es de suponer que con los habituales resultados decepcionantes cuando se aborda de esta manera la imagen tridimensional. En general, parece que la producción intenta jugar la carta de ser "cool" y políticamente incorrecta. Esto hace que muchas cosas parezcan ideadas por una mentalidad infantil (o, si se prefiere, inmadura), como si los creadores se hubieran pasado todo el proyecto en plan: ¿y no molaría que...? ¿...que salga un barco cargado por elefantes? ¿...que el malo use una cimitarra doble? ¿...que la mala lleve unas garras a lo Freddy? ¿...que los Pictos gruñan como animales? ¿...y si la hacemos en 3D?. Y, además, para que se note que vamos en serio, vamos a decir que haya sangre y tetas... (aunque luego hay más de todo eso en series de TV como la excesiva Spartacus). Hubiera sido preferible una película más fiel a Howard (o, al menos, mejor hecha) aunque hubiera sido "para todos los públicos" (aunque, de acuerdo, no hubiera sido fácil...)

Si hay algo que casi nadie discute de la película de 1982 es que la música compuesta por Basil Poledouris es una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine. Fuese quien fuese el elegido para esta película, lo iba a tener francamente difícil para evitar las comparaciones. Si encima el elegido es Tyler Bates, un compositor con un estilo totalmente diferente, más apropiado para la creación de texturas que de melodías, la batalla puede darse por perdida de antemano. Bates hace uno de sus habituales trabajos funcionales, sin nada especialmente memorable, pero que tampoco funciona mal en el contexto de la película.

Lo peor de todo, al menos para los aficionados al Conan de Howard, es que una vez más se perpetúa entre el público una imagen incompleta y sesgada del personaje, y se le relaciona con una película que va a ser sinónimo de decepción. Por otra parte, el batacazo en taquilla de la película en el fin de semana de su estreno hace que las perspectivas para Conan como franquicia cinematográfica no sean buenas. La película cuenta con la desventaja en taquilla de su clasificación por edades: un “R” raramente garantiza resultados espectaculares de recaudación. El marketing del proyecto ha sido sin duda insuficiente, y no se ha sabido interesar a un público saturado por remakes (o similares…). Las críticas y el “boca a oreja” tampoco parece que le vayan a hacer aumentar los ingresos, aunque es un título que puede funcionar bien en el mercado doméstico. Teniendo en cuenta que el fin de semana de su estreno la película ha recaudado más o menos lo mismo que recaudó la de 1982 (sin ajustes por la inflación), puede decirse sin miedo a equivocarse que la película ha sido un fracaso.

Lógicamente, esta no es una película que sea un buen modelo a seguir para lanzar una serie de títulos protagonizados por Conan, y quizá un éxito en taquilla hubiera transmitido el mensaje de que esta es la manera de llevar al personaje a la gran pantalla. Con unos resultados simplemente mediocres, siempre queda la esperanza de que un mejor director haga un trabajo de mayor calidad en las inevitables continuaciones (pues el protagonista adecuado parece haberse encontrado). Además, Sean Hood ha comentado su interés por desarrollar un guión a partir de un par de historias de Howard, posiblemente con Black Colossus como historia principal y empleando The Frost Giant's Daughter como secuencia introductoria (a lo 007). Ahora, llegar a ver algún día esto hecho realidad parece menos probable, sobre todo gracias a Marcus Nispel y a los responsables de esta historia (productores y guionistas), que quizá es que simplemente no hayan sabido hacer un trabajo mejor por mucho empeño que hayan puesto (eso hay que reconocérselo: se nota mucha más desidia y desgana en la cuarta entrega de Piratas del Caribe, por ejemplo). Aunque si se tiene en cuenta que se van a estrenar secuelas de Ghost Rider y de G.I. Joe, quizá todo es posible y dentro de unos pocos años podamos ver de nuevo a Conan espada en mano, dominando las relucientes salas de cine.

El Que Escribe Desde las Sombras: Las Colaboraciones y Revisiones de H.P. Lovecraft

Lovecraft necesitaba dinero. Tras una infancia más o menos acomodada, las circunstancias situaron al autor de Providence en una complicada situación adulta, con necesidad de ganarse el sustento y con poca capacidad e inclinación para dedicarse a oficio alguno. Ni siquiera consideraba la escritura como una actividad profesional, viéndose a sí mismo eternamente como un aficionado. Sin embargo, su habilidad con las palabras sí que le permitió ganar algunos dólares mediante el oficio de revisor o, directamente, ghost – writer (lo que en castellano se suele conocer como un negro: alguien que escribe textos que firman otros).

Las tareas de Lovecraft como revisor pueden encuadrarse en dos grandes grupos. Por un lado, no solía negarse a examinar y revisar textos a sus amistades y conocidos (trabajo por el que, presumiblemente, no cobraría). Por otra parte, llegó a anunciarse en prensa y aceptaba encargos que iban desde las revisiones editoriales normales, al desarrollo de relatos desde cero (o, al menos, desde una breve sinopsis proporcionada por el cliente).

Estas revisiones y colaboraciones no pueden dejarse de lado al examinar la obra de Lovecraft, especialmente teniendo en cuenta que suponen un número importante de títulos en relación a su obra “en solitario”, y que en muchos casos son relatos de Lovecraft en todo menos en la firma de publicación. En todo caso, no siempre es fácil saber cuando empieza la labor de Lovecraft y cuando acaba la de su co–autor. En algunos casos pueden descubrirse pistas e indicios en la correspondencia del autor, lo que puede llegar a provocar que se descubran aún en nuestros días textos en los que Lovecraft intervino en alguna medida. Aunque en ocasiones también aparecen confusiones y casos dudosos, como sucede con el relato The Thing in the Moonlight, originado en la narración de un sueño a Donald Wandrei y “completado” en 1941 por J. Chapman Miske, considerándose en ocasiones como un relato de Lovecraft, cuando nunca tuvo esa pretensión.

También debería mencionarse aquí The Challenge From Beyond (1935), a pesar de tener más valor como curiosidad y por las credenciales de los participantes, que como relato en sí mismo. Se trata de un cuento escrito mediante el sistema round–robin (es decir, por turnos) en el que participaron C.L. Moore, Abraham Merritt, H.P. Lovecraft, Robert E.Howard, y Frank Belknap Long. En general, cada autor da muestra de su estilo propio, y el relato adolece de una diversidad de estilos y una orientación y objetivos poco claros.

Finalmente, mención aparte merece lo que se ha dado en llamar “colaboraciones póstumas”. En muchos casos, se trata de relatos escritos a modo de homenaje a partir de textos inacabados o fragmentos de cartas, como por ejemplo The Treader of the Dust (1935) de Clark Ashton Smith, The Black Tome of Alsophocus (1969) de Martin S. Warnes, o The Snouted Thing (1991) de J. Vernon Shea. En todo caso, la intervención de Lovecraft se reduce a ser el desencadenante del relato. Pero sin duda alguna el mayor “colaborador póstumo” de Lovecraft fue August Derleth, responsable por otro lado de popularizar la obra lovecraftiana. Derleth publicó un total de dieciseis historias firmadas por Lovecraft y él mismo. En realidad se trata de relatos escritos y desarrollados totalmente por Derleth, basados en algún apunte del cuaderno de ideas y anotaciones de Lovecraft, cuya involuntaria participación se reduce a eso.

Primeras Colaboradoras


Las primeras colaboraciones en las que participó Lovecraft parecen haberse originado a partir de verse incolucrado en el campo del periodismo amateur.

Su primera colaboradora fue Winifred V. Jackson, una poetisa sin talento para la prosa (según Lovecraft), con la que se ha especulado acerca del posible interés romántico que habría tenido el autor. En The Green Meadow (1919) se presenta una la descripción inacabada de otro mundo a partir de un extraño cuaderno encontrado en un meteorito. Por su parte, en The Crawling Chaos (1920) es una sobredosis de opio lo que provoca un viaje onírico a otro mundo en el que se presencia su destrucción. En ambos casos se trata de relatos muy similares a otros de la etapa Dunsaniana de Lovecraft, clara (y explícitamente) emparentados con el resto de su Ciclo Onírico. Como curiosidad, ambos relatos fueron publicados con la doble firma de sus dos autores, pero escondidos bajo pseudónimos.

Poco se sabe de Anna Helen Crofts, con la que Lovecraft comparte la autoría de Poetry and the Gods (1920), un breve relato de apreciación y exaltación del lenguaje poético protagonizado por una versión femenina del típico personaje lovecraftiano.

Lovecraft también colaboró en un par de ocasiones con Sonia H. Greene, antes de contraer matrimonio con ella. The Horror at Martin's Beach (1922), también conocido como The Invisible Monster, está escrito a partir de un borrador realizado por Greene. Se trata de un relato de horror ambientado en una localidad costera en el que se puede intuir algo del Lovecraft dedicado al terror marino. Más flojo resulta Four O'Clock (1922), una historia de obsesión psicológica y culpa en la que se intenta fallidamente crear tensión mediante el recurso de la repetición de una frase.

Amigos y Patronos


Lovecraft era amigo de la familia Eddy, con uno de cuyos miembros (C.M. Eddy Jr.) compartiría relatos y oportunidades de trabajo, gracias al trabajo de Eddy como agente de Houdini. En el caso de los relatos co–escritos con Eddy, la labor de Lovecraft parece ser más la de revisor y editor que la de escritor en la sombra.

Poca influencia de Lovecraft puede encontrarse en Ashes (1924) un melodramático relato sobre un científico loco y un compuesto que lo transforma todo en cenizas. Siendo muy generoso, puede verse en esta historia una fuente de inspiración para The Case of Charles Dexter Ward.Más trabajo de re–escritura parece que hubo en The Ghost–Eater (1923) un relato de fantasmas (con toques de licantropía) correcto pero sin nada destacable. El mejor relato de esta pareja probablemente sea The Loved Dead (1923), una macabra historia de necrofilia, al parecer considerada escandalosa cuando se publicó (lo que aumentó las ventas de Weird Tales). La última colaboración con Eddy es Deaf, Dumb, and Blind (1923), una interesante idea con una estructura típicamente lovecraftiana a la que sin embargo le falta “algo”. Se trata de la historia de una muerte en extrañas circunstancias, descrita por un mutilado de guerra con amplias limitaciones sensoriales.

El famoso mago y escapista Harry Houdini fue utilizado como gancho publicitario por la revista Weird Tales. Al parecer, Lovecraft escribió la única columna firmada por Houdini que apareció en la revista, pero también escribió completamente (a partir de una supuesta historia real que le contó Houdini) un relato que aparecería firmado por el escapista. Eddy, Lovecraft y Houdini también tenían en proyecto un libro The Cancer of Superstition, dedicado a combatir la superstición, que quedó abandonado con la muerte del mago.

Under the Pyramids (1924), también publicado como Imprisoned with the Pharaohs narra en primera persona (el protagonista se supone que es el propio Houdini) una terrible visión o sueño presenciada en Egipto. La primera parte del relato es casi un cuaderno de viajes dedicado a Egipto y El Cairo, seguido por el descubrimiento de unas horribles momias híbridas. Probablemente esta sea una de las mejores “colaboraciones” en las que participó Lovecraft.

Revisor Profesional


A medida que aumenta la reputación de Lovecraft y su círculo de corresponsales, los trabajos de colaboración se vuelven más variados, y empezando a incluir tanto a aficionados como a profesionales de la escritura.

Wilfred Blanch Talman era un colaborador habitual de Weird Tales y llegó a actuar como agente de Lovecraft, que le re–escribió el relato Two Black Bottles (1926), una historia más bien floja de brujería y magia negra, robo de almas y asesinatos.

El traductor, periodita, autor, abogado y erudito de origen judío Adolphe de Castro al parecer era uno de los clientes más fiables de Lovecraft, con el que trabajó en un par de ocasiones. The Last Test (1927) es un detallista relato al que le sobran extensión y melodrama, y al que Lovecraft aportó el origen alienígena de la enfermedad alrededor de la que gira la historia. En The Electric Executioner (1929) se parte de una idea central interesante (un inventor loco atrapa a un hombre en un tren), pero de nuevo le sobra detallismo y la parte sobrenatural (que mezcla los mitos de Cthulhu con los aztecas) tampoco aporta nada.

Quizá el más consagrado de los escritores con los que colaboró Lovecraft fuera Henry S. Whitehead, un antiguo misionero que había quedado fascinado por las costumbres y tradiciones caribeñas. En The Trap (1932) Lovecraft es el completo responsable de la parte central, que describe detalladamente otra dimensión a la que ha sido trasladado un estudiante mediante un misterioso espejo. Bothon (1946) también tiene elementos típicos de la obra lovecraftiana, pero está menos logrado que otros relatos similares. En este caso, un golpe en la cabeza altera los sentidos del protagonista y le permite recordar su existencia prehistórica en un legendario continente. Whitehead además empleó una idea de Lovecraft para su relato Cassius.

Duane W. Rimel es otro autor con el que Lovecraft colaboró en alguna ocasión y con el que compartió la idea de lanzar una revista de ciencia ficción. The Tree on the Hill (1934) trata de un extraño árbol que sirve de puerta a otro mundo, pero su interesante planteamiento se ve estropeado por su flojo desarrollo. The Disinterment (1935) es un relato de horror en primera persona con científico loco. Sus personajes actúan de forma poco creíble y Lovecraft ha tratado mucho mejor en otras ocasiones este tipo de horror personal. The Jewels of Charlotte (1935) quiere ser ambiguo pero se pasa de la raya y se convierte en, directamente, flojo. Un último relato, el Dunsaniano The Sorcery of Aphlar (1934) pertenece a la categoría de colaboraciones en las que la participación de Lovecraft es dudosa.

Aunque la colaboración más conocida con E. Hoffman Price es Through the Gates of the Silver Key, también trabajaron juntos en Tarbis of the Lake (1934), un forzado relato de ambiente más o menos exótico en el que un hombre se obsesiona por la mujer a la que ama, que resulta ser una momia egipcia.

Uno de los más pintorescos clientes de Lovecraft debió ser William Lumley, interesado por el ocultismo, y que afirmaba ser un antiguo marino que había presenciado todo tipo de cosas extrañas. En The Diary of Alonzo Typer (1935) abundan los elementos propios de los Mitos de Cthulhu (aunque es difícil saber si los incluyó Lovecraft o ya estaban en el borrador original de Lumley). Por lo demás, es un clásico relato de casa encantada que afecta al estudioso que va a investigarla. Lovecraft permitió que Lumley se quedará con todo el dinero cobrado por el relato, y este le obsequió una traducción del Libro de los Muertos.

Kenneth Sterling acabaría abandonando la escritura por la medicina, pero él y Lovecraft firmaron la publicación de In the Walls of Eryx (1936). Se trata de toda una rareza en la obra lovecraftiana, pues se trata de un relato de ciencia ficción “tradicional” sobre un colono humano en Venus. Por lo demás, el relato no es muy destacable, aparte de por un final que podría considerarse relativamente “moderno”. Lovecraft duplicó la extensión del relato a partir del borrador de Sterling.

Zealia Bishop


Zealia B. Reed era una joven viuda (con un hijo) que intentaba ganarse la vida con la escritura y a la que una amigo común puso en contacto con Lovecraft para que le echara una mano (remunerada, eso sí). Lovecraft, que escribió totalmente tres relatos a partir de unas breves sinopsis de su cliente, tuvo bastantes problemas para recibir sus honorarios, especialmente después de que la viuda volviera a casarse y se conviertiera en Zealia Bishop. Por lo demás, la mayor parte de su obra gira alrededor de la literatura romántica, no de la fantástica.

The Curse of Yig (1928) es un interesante relato acerca de una maldición de un antiguo dios indio de las serpientes (Yig no es presentado nunca como un miembro del panteón cthulhoideo, a pesar de que muchos imitadores lo utilizarán así), que acaba con un matrimonio y engendra una horrible criatura.

La “colaboración” más extensa de todas las realizadas por Lovecraft es The Mound (1930). A partir de lo que parece una típica historia de fantasmas indios (esa era la sinopsis de Bishop), lovecraft desarrolla una historia de una extraña civilización prehistórica que pervive hasta nuestros días. No tan logrado como otros relatos similares (probablemente porque la civilización no es lo bastante “alienígena”), contiene aún así elementos interesantes, como es el uso de las tradiciones americanas. Esto ya aparecía en el relato anterior, y es una característica diferenciadora de los relatos firmados por Bishop (pero escritos por Lovecraft...)

El más flojo de estas tres historias es Medusa's Coil (1930), la versión lovecraftiana del mito de la Górgona. A pesar de algunas partes interesantes, el resto es prescindible o excesivo. Además, el relato tiene un “golpe” final tan racista como inútil, que incluso llegó a ser censurado por Derleth al publicar el relato.

Hazel Heald


No es mucho lo que se sabe de Hazel Heald, aparte de que fue presentada a Lovecraft por la familia Eddy, y que sus intenciones románticas hicieron que el autor de Providence se distanciara de ella. El trabajo de Lovecraft en este caso se centró en la re – escritura de un total de cinco relatos de Heald, convirtiéndose así en una de las colaboraciones más prolíficas.

The Man of Stone (1932) es una historia acerca de un brujo vengativo en la que Lovecraft introdujo elementos propios de los Mitos de Cthulhu para intentar darle otro aire.

Una de las mejores obras escritas en pareja por Lovecraft es sin duda The Horror in the Museum (1932), una especie de Pickman's Model ambientado en un siniestro museo de cera y aderezado con elementos de los Mitos de Cthulhu y toques macabros.

En contraste, Winged Death resulta más flojo, a pesar de su interesante planteamiento que mezcla ciencia y superstición, y le sobra alguna que otra página.

A pesar de algunos defectos, también es muy bueno Out of the Aeons (1933), que gira alrededor de una extraña momia en un museo y la actividad que genera. Se trata de una historia de los Mitos de Cthulhu en estado puro, quizá más parecida a sus imitadores que al propio Lovecraft, pero aún así imprescindible.

Mucho menos original es The Horror in the Burying–Ground, un correcto relato macabro que se deja leer, ambientado en un cementerio y protagonizado por un enterrador.

Robert H. Barlow


El autor que en más ocasiones colaboraría con Lovecraft fue el joven de Florida Robert H. Barlow, al que consideraba un autor muy prometedor. Sin embargo, el principal papel de Barlow en relación con la obra de Lovecraft estaría relacionado con la labor de conservación de los manuscritos del escritor, que le nombró su albacea literario a su muerte.

The Hoard of the Wizard–Beast (1933) es una breve pieza fantástica no especialmente destacable sobre un tesoro y su guardián. Igualmente breve es The Slaying of the Monster (1933), que trata con tono de fábula la historia de un pueblo que se dirige a matar al monstruo que los amenaza.

Otra rareza es The Battle That Ended the Century (1934), una pieza cómica sobre un combate de boxeo en la que aparecen caricaturizados (empleando los apodos habituales creados por Lovecraft) amigos y conocidos, que parecen ser los verdaderos destinatarios de la historia (más allá del gran público).

El estilo de Barlow empieza a aparecer en “Till A' the Seas” (1935), un relato ambiental y atmosférico que describe la muerte del último habitante de una Tierra moribunda debido a una catástrofe ambiental descrita con una sorprendente clarividencia y precisión.

Poco puede decirse de Collapsing Cosmoses (1935), una viñeta incompleta de ciencia ficción interplanetaria.

Como otras historias, The Night Ocean (1936) tiene su origen en un sueño de Lovecraft. El relato consiste sobre todo en la creación de una atmósfera poética y reflexiva mientras el artista protagonista reposa en una localidad costera y encuentra algún elemento misterioso.

Colaboraciones y Conclusiones


Ninguno de los relatos que Lovecraft escribió en colaboración (entiendo este término de la manera más amplia posible) estará nunca incluido en lo mejor de su obra. Al fin y al cabo, estos relatos eran un trabajo y es poco probable que le despertaran tanto interés (y, por lo tanto, dedicación) como los desarrollados a partir de ideas propias. Aún así, en esta categoría hay un puñado de relatos que merecen ser considerados por lo menos en la “segunda división” de la obra de Lovecraft. Muchos autores, entre los que seguramente pueda incluirse a la totalidad de sus colaboradores, nunca pueden aspirar a tanto.

Un Caballero de Providence

La emoción más antigua y más fuerte de la humanidad es el miedo, y el miedo más antiguo y más fuerte es el miedo a lo desconocido.

En 1890, en Providence (Rhode Island), nació el que probablemente sea el principal renovador del género de terror en el siglo XX, Howard Phillips Lovecraft. A pesar de empezar a escribir de manera bastante precoz, no sería hasta una edad relativamente madura cuando empezaría a considerarse a sí mismo como un escritor de ficción. Hasta entonces, su principal interés había estado centrado en la poesía y en el ensayo, llegando a estar bastante involucrado en el movimiento del periodismo amateur.

De hecho, no puede considerarse a Lovecraft un autor especialmente prolífico. Por supuesto, no se le puede comparar con un verdadero profesional del pulp como Seabury Quinn (más de 150 relatos publicados sólo en Weird Tales), pero también sale bastante malparado si se le compara “a peso” con los otros miembros de Los Tres Mosqueteros de Weird Tales. Así, Night Shade Books ha publicado las fantasías completas de Clark Ashton Smith en un conjunto de cinco volumenes, mientras que para hacerse con una muestra representativa (que no completa) de la obra de Robert E. Howard es necesario hacerse con una decena de libros publicados por Del Rey, unos cinco de Bison Books, y algún otro volumen suelto más. En comparación, la obra de ficción de Lovecraft puede recogerse en un único (aunque grueso) tomo, como ha hecho Barnes & Noble.

Sin embargo, no puede olvidarse el resto de la producción de Lovecraft que, aunque a priori parezca menos interesante, no deja de ser reveladora respecto a los intereses del autor. De su mente salieron abundantes artículos y ensayos, poesía, y una cantidad ingente de cartas, que probablemente convierten a Lovecraft en una de las personas que más correspondencia ha mantenido en toda la historia de la humanidad. Se estima que Lovecraft escribió unas 100.000 cartas, y una prueba de la abundancia de su correspondencia es que las Selected Letters publicadas por Arkham House ocupan cinco volúmenes.

De Lovecraft como persona se ha tenido siempre una imagen bastante estereotipada, con elementos verdaderos y otros que no lo parecen tanto, a poco que se examine su vida y su obra con un poco de cuidado. La idea de un Lovecraft misántropo, misógino, conservador y aislado en una mansión de Providence se desvanece muy fácilmente. Para empezar, hay que tener en cuenta las múltiples amistades por correspondencia que mantuvo, tanto como con hombres como con mujeres (de vivir hoy, Lovecraft probablemente sería un adicto a las redes sociales), a los que proporcionaba todo tipo de apoyo en cartas que a veces tenían decenas de hojas. Además, a unos cuantos de esos corresponsales los visitó en persona, en los diversos viajes con los que recorrió principalmente el Este de Norteamérica, y que le llevaron de Quebec a Nueva Orleans. Y si bien es cierto que nació en una familia acomodada, al llegar a la vida adulta poco era el dinero que quedaba de los negocios familiares y puede decirse que Lovecraft pasó no pocos apuros económicos, acrecentados por su poca capacidad para conseguir un trabajo estable y “normal”.

De hecho, ni siquiera puede considerarse a Lovecraft como un escritor profesional, y él mismo se veía como un amateur, más interesado en la creación literaria por simple impulso artístico, que en hacer negocio con sus relatos. Así, esto le llevó a ganarse el sustento haciendo de revisor de todo tipo de textos y de “negro” literario (o ghost writer en la terminología inglesa). Las revisiones que hizo para algunos de estos autores (y autoras), en su mayoría poco más que aficionados, en muchos casos suelen considerarse más obra de Lovecraft que de sus “colaboradores”.

Políticamente, si bien es cierto que en su juventud era un nostálgico de la época en que Estados Unidos era súbdito de la monarquía británica, en los últimos años de su vida demostró mantenerse bastante informado de lo que sucedía a su alrededor, y mostró posiciones más bien próximas a un socialismo moderado. En general, Lovecraft mostró siempre una capacidad de evolución y coherencia en sus ideas de todo tipo que lo alejan de cualquier tipo de dogmatismo, con una única excepción: su racismo. El miedo y desprecio a los extranjeros de todo tipo no le abandonó nunca, a pesar de haberse casado con una judía de origen ruso. Merece la pena comentarse que el de Lovecraft fue un matrimonio que, aunque breve y acabado en divorcio, no puede calificarse como infeliz, aunque sí como indiferente.

Más absurdo todavía sería considerar a Lovecraft como un depositario de saberes arcanos, creyente en sus propios dioses y creaciones. Lovecraft tenía tres intereses principales (que se reflejan en su obra): lo extraño, lo antiguo, y la ciencia. Gran aficionado a la astronomía (escribió en un periódico una columna dedicada a esta ciencia en su juventud), no pudo dedicarse a los estudios superiores (al parecer, las matemáticas no eran su fuerte), pero obtuvo una amplia formación autodidacta en todo aquello que atraía su interés. Esta formación incluía también amplios conocimientos relacionados con la antigüedad, y en cuanto a “lo extraño”, su interés era puramente literario, como bien demuestra en su imprescindible ensayo Supernatural Horror in Literature.

Sí es más cierta la imagen de un Lovecraft enfermizo y nervioso desde su infancia, al que no es ajena la depresión. Ahí sí responde más al tópico del genio, de la persona de temperamento artístico y neurótico. Y sería su mala salud (real, no imaginada), la que acabaría con su vida en 1937, tras un doloroso cancer intestinal.

Los Mitos de Cthulhu


Lovecraft, como gran conocedor del género fantástico y de terror, muestra muy pronto dos influencias bien diferenciadas y reconocidas: Edgar Allan Poe y Lord Dunsany. De hecho, el propio autor llega a lamentarse en una de sus cartas de que no ha encontrado aún una voz narrativa propia, dividiendo su obra en “relatos a lo Poe” y “relatos a lo Dunsany”. Por supuesto, Lovecraft acabaría encontrando su propio mundo, por lo que se puede clasificar su obra en tres fases o tipos distintos:


  • Relatos de terror y macabros
  • Fantasías oníricas
  • Mitos de Cthulhu

Estas categorías, por supuesto, son generales y no excluyentes, aunque por regla general sí que es posible asociar un relato de Lovecraft a una sola de estas como categoría principal. En la primera categoría se encuentran aquellos relatos de terror más “genéricos”, en los que la influencia más clara es Poe y otros autores o elementos clásicos del género. Las fantasías oníricas al estilo de Lord Dunsany constituyen lo que se suele conocer como Ciclo Onírico o historias de la Tierra de los Sueños. Se trata de relatos más fantásticos que terroríficos que transcurren en un mundo ficticio al que se llega a través de los sueños.

La tercera categoría, sin duda, es la que más fama y reconocimiento ha dado a Lovecraft. Se trata de unos relatos en las que puede decirse que cristalizan todas sus influencias e ideas para crear un nuevo estilo de terror, en el que Lovecraft por fin encuentra su verdadera voz: el horror cósmico. Los saberes perdidos en tomos antiguos, las razas de tiempos pretéritos y la insignificancia del ser humano son algunas de las principales características de estas historias.

Sin embargo, Lovecraft nunca parece tener la intención de crear una mitología coherente y detallada para dar soporte a estos relatos, y de hecho no le da ningún nombre (más que un humorístico Yog-Sothothery). Para Lovecraft (y muchos de los que empiezan a colaborar en esta pseudo – mitología) todo es poco más que un juego literario, una forma de hacer que parezcan más “realistas” o “coherentes” una serie de historias independientes al mencionar como si fueran reales diversos elementos (libros, seres, dioses, demonios…) creados en otros relatos e incluso por otros autores. Así, por poner un ejemplo, si Lovecraft necesita en un momento dado mencionar un libro arcano se encuentra con dos opciones: inventarse uno totalmente nuevo, o utilizar uno ya aparecido y explicado en un relato de su amigo Robert E. Howard. Por lo demás, los relatos no tienen por que tener relación estilística alguna: pueden ser tanto historias de horror cósmico (lo más habitual en Lovecraft) como relatos de brujos, vampiros o fantasmas.

Este juego deja de serlo años después de la muerte de Lovecraft, cuando August Derleth, uno de sus amigos y corresponsales, empieza a intentar sistematizar las creaciones ficticias de Lovecraft y su “Círculo”. El error de Derleth es doble: por un lado buscar coherencia en algo que nunca pretendió tenerla, y por otro dar su propia interpretación de la mitología Lovecraftiana, a la que convierte en una típica lucha entre el bien y el mal (algo totalmente opuesto a lo que se ve en la obra de Lovecraft). Dicho esto, no hay que olvidar la magnífica labor de Derleth como creador de la editorial Arkham House, lo que le permitiría dar a conocer la obra de Lovecraft y facilitar el acceso a un público más extenso.

Tras Derleth, los Mitos de Cthulhu (expresión acuñada por él) se convierten en un cajón de sastre en que cabe casi cualquier cosa por “contagio”, siempre que mencione alguno de los libros o seres ya creados por otros autores. Este extremo puede llegar a verse en libros tipo Enciclopedia de los Mitos de Cthulhu, en que podemos ver aparecer al mismísimo Conan por una extraña aplicación de la ley de los seis grados de separación: Howard menciona R'lyeh en una historia de Bran Mak Morn, Bran aparece con Kull en un relato, Kull vive en la prehistoria de la Era Hiboria, ergo, Conan es un personaje de los Mitos de Cthulhu. Evidentemente, siguiendo esta lógica, casi cualquier obra de ficción va a poder relacionarse con la obra Lovecraftiana.

Al fin y al cabo, los relatos de Lovecraft que se consideran como parte de los Mitos de Cthulhu son una parte relativamente pequeña de su obra (aunque ciertamente la más importante), siendo apenas más de diez (y de muchos podría discutirse acerca de su inclusión en esta lista):


  • The Nameless City
  • The Festival
  • The Colour Out of Space
  • The Call of Cthulhu
  • The Dunwich Horror
  • The Whisperer in Darkness
  • The Dreams in the Witch House
  • At the Mountains of Madness
  • The Shadow Over Innsmouth
  • The Shadow Out of Time
  • The Haunter of the Dark
  • The Thing on the Doorstep
  • The Case of Charles Dexter Ward

El Joven Lovecraft


Hasta nuestros días han llegado varias muestras de los esfuerzos más tempranos de un Lovecraft aún niño, como son los relatos The Little Glass Bottle (1897), The Secret Cave, or John Lees Adventure (1898), The Mystery of the Grave–Yard (1898) y The Mysterious Ship (1902). Además, sabemos de la existencia de otros títulos de aproximadamente la misma época, como The Noble Eavesdropper, The Haunted House, The Secret of the Grave, John, the Detective, y The Picture, pero que no han sobrevivido. Como es de esperar, se trata de textos infantiles, plagados de errores ortográficos y gramaticales, y que no tienen más valor que el de la curiosidad que representan. Quizá es llamativo el tratamiento de la muerte que aparece en The Secret Cave (escrito el mismo año en que muere su padre), y la existencia de una segunda versión más extensa y depurada de The Mysterious Ship, como si Lovecraft empezara a familiarizarse con el concepto del borrador de un relato.

Al parecer, a los 18 años Lovecraft destruyó (o, al menos, lo intentó) todos sus escritos infantiles y juveniles, de los que salvaría un par. El primero de ellos es The Beast in the Cave (1905), un correcto relato en el que un hombre atrapado en la oscuridad se enfrenta a un monstruoso hombre degenerado. Este sería su primer relato “maduro” y en él se pueden intuir algunas características de historias posteriores. Por su parte, The Alchemist (1908) parece mostrar la influencia de Poe y de la novela gótica, con su protagonista aislado y víctima de una maldición ancestral. Curiosamente, el final tiene una explicación relativamente racional, anticipando el tratamiento que daría Lovecraft a lo sobrenatural. Ahora bien, ya se aleja un poco de la poco creíble justificación racional de algo que parece sobrenatural, típica del gótico.

El Regreso del Escritor


Tras unos años de problemas constantes (la muerte de su abuelo, los problemas económicos que ello trajo, la imposibilidad de seguir con una educación superior…), dedicándose a la poesía, Lovecraft empezó a moverse por los círculos de la prensa amateur, a la vez que comenzaba a establecer su círculo de amistades por carta. Fueron algunos de estos de estos corresponsales los que al parecer le animaron a volver a la ficción.

En los primeros relatos de esta etapa pueden verse también indicios del escritor en que se convertirá Lovecraft. The Tomb (1917) es la historia de un joven obsesionado de manera enfermiza con una tumba, lo que le lleva a tener “visiones” del pasado. El primer relato que Lovecraft publicó profesionalmente es el más logrado Dagon (1917). La historia trata de un enloquecido marinero que relata sus experiencias al encallar en un extraño fondo marino, levantado a la superficie por un temblor sísmico.

Pero no todo son relatos de terror en esa época. Sus siguientes dos obras tienen propósito declaradamente humorístico. En A Reminiscence of Dr.Samuel Johnson (1917), el narrador relata una serie de anécdotas que afirma haber vivido con el autor inglés. Por su parte, Sweet Ermegande (1917) es una parodia del folletín romántico con personajes estereotipados. Aparte de en sus cartas, no hay más muestras del humor Lovecraftiano hasta Ibid (1928) una sátira que parte de una idea original (la biografía del supuesto autor “Ibid”, autor de “Op.Cit”, muy citado por los estudiosos), pero se alarga en exceso en su desarrollo. En todo caso, no serían estos relatos cómicos la mejor muestra de la obra de Lovecraft.

En esta época Lovecraft también empieza a escribir los primeros relatos del Ciclo Onírico. En Polaris (1918), la contemplación de una estrella conduce a la visión de una remota ciudad de tiempos lejanos. En este relato aparecen por primera vez algunos elementos míticos, como ciertas criaturas o libros: los Manuscritos Pnakóticos tienen el honor de ser el primer libro ficticio creado por Lovecraft.

Igualmente onírico es Beyond the Wall of Sleep (1919), aunque se combina con un enfoque de tipo científico, que permite al protagonista descubrir una existencia cósmica como seres en el mundo de los sueños.

El breve Memory (1919) muestra influencias tanto de Poe como de Dunsany en su descripción de un remoto futuro en que el hombre se ha extinguido.

Tras estas historias, Old Bugs (1919) aparece como una rareza. Se trata de una previsible fábula moralizante en contra del alcohol (Lovecraft era un abstemio militante), dirigida a un amigo suyo, al que hace protagonista en un futuro 1950.

Con The Transition of Juan Romero (1919), Lovecraft regresa al terror, aunque no se mostraba muy satisfecho con este relato que mezcla un misterioso abismo con demasiados elementos ajenos, convirtiéndolo casi en una caricatura de relato pulp.

En The White Ship regresamos al mundo de los sueños, acompañando a un protagonista que pierde una existencia en unas tierras maravillosas por querer llegar a donde nadie ha ido jamás.

The Doom That Came to Sarnath (1919) también muestra claras influencias de Lord Dunsany, describiendo una fabulosa ciudad y la maldición que le impusieron los antiguos moradores de sus tierras.

De regreso al mundo real, nos encontramos por primera vez con Randolph Carter en The Statement of Randolph Carter (1919), un relato basado en un sueño del autor. Esta historia de cementerios y seres subterráneos resulta tan efectiva como poco original. Carter es un personaje recurrente en otros relatos relacionados con el Ciclo Onírico, bastante inspirado por el propio Lovecraft.

The Terrible Old Man (1920) por su parte nos presenta a Kingsport, la primera ciudad creada en la Nueva Inglaterra imaginaria de Lovecraft. Se trata de un relato breve que juega con elementos siniestros e inexplicables, creando más una atmósfera terrorífica que narrando hechos pavorosos.

El interés por la antigüedad de Lovecraft aparece en The Tree (1920), una fantasía con toques de leyenda ambientada en la Grecia clásica.

Con The Cats of Ulthar (1920) Lovecraft sigue desarrollando el paisaje de su Tierra de los Sueños, narrándonos el siniestro origen de la prohibición de matar gatos que rige la ciudad de Ulthar.

En The Temple (1920), Lovecraft vuelve al terror de ambientación marítima, en una historia algo menos lograda que su precursor Dagon, aunque tiene el detalle anecdótico de ser el primer relato que publicó en Weird Tales.

Y si este relato insiste en uno de los elementos habituales en su obra, Lovecraft nos presenta otro en Facts Concerning the Late Arthur Jermyn and His Family. Se trata de la historia de la familia Jermyn, sutil y macabra a la vez, llena de elementos de bestialismo e hibridación. Puede verse como una evolución de The Beast in the Cave y, a la vez, un antecedente temático de The Shadow Over Innsmouth.

The Street (1920) muestra al peor Lovecraft (como persona, aunque como autor aquí tampoco es que se luzca mucho), narrando la historia de Estados Unidos con tono de fábula, desde un punto de vista claramente xenófobo y anglosajón.

Celephaïs (1920) nos devuelve a la Tierra de los Sueños, esta vez presentada como un lugar en el que liberarse de las limitaciones del gris mundo real. Como curiosidad, se menciona casualmente una ciudad llamada Innsmouth.

From Beyond (1920) es una historia de desarrollo quizá algo previsible, pero que de nuevo trae elementos científicos a la obra de Lovecraft. En este relato la ciencia permite acceder a la percepción de lo que hay “más allá” del mundo normal. En cierto modo, es un planteamiento similar al de las historias del Ciclo Onírico, pero narrado con coartada científica y resultados más terroríficos que maravillosos. En resumen, es más un relato de terror y ciencia ficción qun una luminosa fantasía.

Nyarlathotep (1920) es un breve retrato del ser que aparece en el título (y que aún no tiene forma de deidad de los Mitos de Cthulhu), presentado como una especie de científico itinerante que muestra sus maravillas en un mundo en crisis.

En The Picture in the House (1920) asistimos a una historia de terror rural y canibalismo ambientada en la región del Miskatonic (mencionada aquí por primera vez, al igual que la ciudad de Arkham). La idea del relato es buena, su desarrollo quizá no tanto (aunque no puede negarse su efectividad), y nos presenta de manera oficial la región como escenario idóneo para el terror.

El breve Ex Oblivione (1921) vuelve a presentar los sueños como un refugio, llegando incluso a insinuarse un paralelismo con la muerte como preferible a la vida. No resulta muy sorprendente este punto de vista, teniendo en cuenta que Lovecraft llegó a considerar el suicidio en alguno de sus periodos más depresivos.

The Nameless City (1921) es otro relato que extrae su inspiración de Dunsany, pero Lovecraft le va dando carácter propio. La exploración de una antiquísima ciudad en ruinas en mitad del desierto revela la existencia de una antigua raza reptiloide. Por primera vez se menciona aquí a Abdul Alhazred, así como a su verso más famoso.

The Quest of Iranon (1921) está ambientado de nuevo en la Tierra de los Sueños, y narra también una búsqueda imposible (como en otros relatos de este tipo).

Más impersonal es The Moon–Bog (1921), un relato de terror típico, con la particularidad de estar ambientado en Irlanda, que gira alrededor de unas extrañas ruinas que parecen malditas.

El excelente (aunque el propio autor no pensara lo mismo) The Outsider (1921) vuelve a mostrar la influencia de Poe. Se trata de una historia con un logrado giro final y toques góticos, en la que el narrador sale de su castillo en busca de compañía, para acabar descubriendo una terrible verdad.

Lovecraft vuelve al tema de la búsqueda de aquello que no debe ser conocido en The Other Gods (1921), un nuevo relato del Ciclo Onírico en que el protagonista quiere llegar al hogar de los dioses.

The Music of Erich Zann (1921) fue un relato bastante popular en su época. Es una historia de terror más o menos “genérica” protagonizado por un misterioso músico que toca sus notas para un público aún más misterioso e inquietante.

Herbert West – Reanimator (1921) fue publicado por entregas, lo que supone su mayor inconveniente, debido a las innecesarias y repetitivas recapitulaciones que hay en cada una de sus partes (impuestas por el editor). Por lo demás se trata de un macabro relato con toques casi paródicos, interesante por su pionero enfoque científico del tema de los muertos vivientes, y poco más.

Hypnos (1922) presenta los sueños como algo terrorífico, asustando a los protagonistas hasta el extremo de evitar el dormir, y jugando con elementos relacionados con la locura y lo inexplicable.

What the Moon Brings (1922) es una simple descripción de la transformación (terrorífica) que causa la luz de la luna en un paisaje.

Azathoth (1922) es la breve descripción de un personaje, planeado inicio de una novela nunca continuada.

En The Hound (1922), unos saqueadores de tumbas se ven acosados por las sensaciones causadas por un extraño amuleto. En este relato poco llamativo, por vez primera se menciona el Necronomicon, libro atribuido al ya mencionado Abdul Alhazred.

The Lurking Fear (1922) también tiene forma de serial, pero está mejor construido que Herbert West – Reanimator. La historia narra una serie de muertes y sucesos inexplicables alrededor de una vieja casa, relacionados de alguna manera con sus dueños originales y sus horribles descendientes.

Como no es raro en la obra de Lovecraft, el narrador y protagonista de The Rats in the Walls (1923) pertenece a una familia de siniestra reputación. El regreso a su mansión ancestral le lleva a enfrentarse a la historia de su familia y el horrible culto al que pertenecían. Una mención casual al dios Nyarlathotep, al que adjudica los rasgos que más adelante empleará para la entidad Azathoth, es indicativo del uso Lovecraftiano de los Mitos de Cthulhu: casi casual y sin buscar una innecesaria coherencia interna.

The Unnamable (1923) está narrado por un escritor de apellido Carter. Sin duda, se trata de Randolph Carter, aquí claramente presentado como alter ego del propio Lovecraft. El relato no deja de ser más que una leyenda local, cuya narración es motivada por una discusión filosófica.

El Necronomicon es parte importante de la trama de The Festival (1923), cuyo narrador se traslada a Kingsport para participar en un rito invernal de “su gente” (con las implicaciones que ello tiene). De nuevo, el protagonista lleva en su propia sangre la relación con el horror en esta historia de lograda atmósfera.

Pesadillas en Nueva York


En 1924 Lovecraft se casó con Sonia Greene, y el matrimonio se mudó a Nueva York, estableciéndose en Brooklyn. Aunque al principio a Lovecraft le fascinó la ciudad, esto cambiaría pronto al perder su mujer la tienda que poseía y tener que quedarse solo y sin ser capaz de conseguir ningún empleo.

The Shunned House (1924) es una mezcla no muy lograda de relato típico de encantamientos y elementos “extraños” Lovecraftianos, en el que se oponen supersticiones de vampirismo con enfoques científicos. Quizá lo más interesante sea el tono nostálgico de un Lovecraft desplazado a Nueva York y que echa de menos su Providence natal.

The Horror at Red Hook (1924) es un relato descaradamente xenófobo, escrito por un Lovecraft horrorizado por el barrio en que vivía en Nueva York (ciertamente, no en una de las mejores zonas de la ciudad). Aunque se insinúa que los malvados cultistas son extraños entre los demás extranjeros, el tono racista es ineludible. Por otra parte, tampoco es un gran relato, con la única curiosidad de utilizar elementos de ocultismo “tradicional” (algo casi inusual en Lovecraft).

El mismo origen puede verse en He (1925), cuyo protagonista se muestra asqueado por una moderna Nueva York “infectada” por extranjeros. Al menos, el relato es un poco mejor que el anterior, con sus visiones ocasionadas por un misterioso brujo y espíritus de aspecto similar a los futuros shoggoths.

In the Vault (1925) es un relato macabro (Weird Tales lo rechazó por ser demasiado gráfico) ambientado en un cementerio y protagonizado por un insensible enterrador. Quizá tenga un desarrollo bastante típico y previsible, pero el resultado está bastante logrado.

Cool Air (1926), inspirado claramente por Poe (con algunos toques de Arthur Machen), también fue rechazado por Weird Tales, por miedo a la censura. Es el último de los relatos escritos y ambientados en Nueva York, y sin duda, el mejor de todos. La historia trata de un médico que precisa de un frío extremo para sobrevivir a una rara enfermedad

The Descendant (1926) es un simple esbozo acerca de una antigua familia, que sólo destaca por añadir algún detalle más a la historia del Necronomicon y alguna mención similar (el Signo Antiguo). Siempre parece discutible la publicación de fragmentos y relatos que un autor no consideraba finalizados (aunque en el caso de Lovecraft, tremendamente crítico con su obra, eso nos hubiera privado de verdaderas maravillas). Sin embargo, con Lovecraft se llega al extremo de publicar esbozos e incluso fragmentos de cartas como si se tratara de auténticos relatos. No dejan de resultar curiosos, pero si se ignora su verdadera naturaleza el resultado es disminuir la percepción de la calidad de la obra de Lovecraft, al ser obviamente inferiores a sus relatos finalizados.

I Am Providence


Separado de su mujer Sonia, que había encontrado trabajao en Cleveland, Lovecraft acabó por acordar con ella un divorcio que nunca se materializaría del todo. El escritor regresó así a vivir en Providence, y sería esta última década de su vida en la que crearía sus mejores obras.

Y esta fase creativa comienza nada más y nada menos que con The Call of Cthulhu (1926), uno de sus mejores y más conocidos relatos, y que sirve para dar nombre a toda su “mitología”. Inspirado por Le Horla de Guy de Maupassant en lo temático y por The Three Impostors de Arthur Machen en lo formal, este relato es una de las primeras exposiciones completas que Lovecraft realiza de su universo imaginario. Una estructura narrativa poco usual, basada en la presentación de tres testimonios distintos y relacionados, permite al escritor crear lentamente la sensación de horror cósmico que busca, aunque sin renunciar a un climax espectacular. Lo de menos en la obra de Lovecraft es la presencia del monstruo o de la criatura alienígena: lo importante es lo que ello supone para la insignificante existencia humana.

El regreso al terror macabro lo representa Pickman's Model (1926), un relato muy bueno a pesar de lo predecible de su final. No es difícil intuir muy pronto cual es el verdadero origen de los realistas cuadros pintados por el personaje principal, pero ello no le quita un ápice de horror a la historia.

Lovecraft regresa al Kingsport del Terrible Anciano en The Strange High House in the Mist (1926), combinando el típico tema de la casa misteriosa con su Ciclo Onírico.

Y el Ciclo Onírico de Lovecraft alcanza su máxima expresión en The Dream Quest of Unknown Kadath (1926), novela que Lovecraft no consideraba finalizada. El protagonista de la historia es un viejo conocido, Randolph Carter, que busca una ciudad que ha visto en sueños. En sus viajes por la Tierra de los Sueños se encontrará con diversos enemigos (como los Hombres de Leng y las Bestias Lunares), pero también inesperados aliados (como el pintor Pickman y sus gules). A la vez compendio de todos los relatos del Ciclo Onírico y homenaje a su amada Providence, esta novela se muestra interesante, pero con un estilo no apto para todos los paladares, por lo que no sorprende que divida a los aficionados a Lovecraft.

Carter regresa, habiendo perdido la capacidad de soñar, en The Silver Key (1926), relato en que lo más interesante es la lograda transición que se produce en la narrativa cuando el Carter adulto vuelve a los recuerdos de su infancia.

El amor de Lovecraft por su Providence natal vuelve a aparecer extensamente en The Case of Charles Dexter Ward (1927), cuya parte realista incluye una precisa descripción de la ciudad de Nueva Inglaterra. La parte sobrenatural la representa una interesante trama de nigromancia alquímica que, desde el prólogo, se sabe que no va a acabar bien para los protagonistas. Además de mencionar a Randolph Carter, por primera vez aparece aquí el nombre de Yog – Sothoth (y con parte importante en la trama), acompañado de otras referencias a los Mitos más circunstanciales. Así, aunque la novela se suele considerar parte de los Mitos de Cthulhu, su inclusión es discutible, ya que estos sólo aportan parte del contexto, mientras que en la trama lo más importante no es el horror cósmico, sino una historia terrorífica más “tradicional”.

Para Lovecraft, que solía ser bastante crítico con su obra, su relato favorito propio era The Colour Out of Space (1927), que mezcla el terror con la ciencia ficción sin que haya verdaderos elementos “sobrenaturales”. Los efectos del extraño meteorito y el “color” que surge de él parecen anticiparse a los de la radioactividad, y en esta historia Lovecraft consigue presentarnos un verdadero “alienígena”, un ser totalmente incomprensible desde la perspectiva del ser humano. Si la novela anterior suponía una cierta reelaboración de los temas típicos de brujería y nigromancia del género de terror, con esta historia Lovecraft establece un nuevo patrón que marcará el resto de su obra (y que ya se anticipaba en otros relatos anteriores).

La narración de un sueño del propio Lovecraft compone The Very Old Folk (1927), que trata de un romano que se enfrenta en Pamplona a un antiguo culto. Está claro que Lovecraft nunca lo elaboró pensando en la publicación, de ahí su aspecto inacabado.

Tampoco estaba pensado para ser publicado History of the Necronomicon (1927), breve historia del infame libro enviada a varios de sus amigos.

La clara influencia de Arthur Machen se ve en The Dunwich Horror (1928), historia de la extraña y siniestra familia Whateley, más en concreto del joven Wilbur, y del invisible horror que se desata en la región a la muerte de este. A pesar de la calidad del relato, hay que reconocer que el desenlace de la trama no es muy original: los Whateley con sus destructivos planes para la humanidad aparecen un poco como villanos bidimensionales, a los que por suerte derrotan las fuerzas del bien (eso sí, representadas por hombres de ciencia).

En The Whisperer in Darkness (1930) Lovecraft regresa a la ciencia ficción terrorífica. El relato gira alrededor de una antigua raza alienígena (los Outer Ones, también conocidos como “Hongos de Yuggoth”), compuesta por científicos y mineros, sin verdaderos planes contra los seres humanos. Sin embargo, sus métodos son lo bastante terribles como para que no dejar indiferentes a quienes los presencian. Las referencias a los Mitos de Cthulhu son abundantes, quizá en exceso, estableciendo aquí el modelo que seguirán las malas imitaciones de Lovecraft (del que no imitarán el efectivo terror cósmico del relato).

El relato anterior (así como los Mitos) es referenciado en At the Mountains of Madness (1931), que puede considerarse tanto un homenaje/continuación del Arthur Gordon Pym de Poe, como una versión mejorada de The Nameless City. Esta novela corta trata acerca de una expedición antártica, y el frío tono científico del inicio aparece como consecuencia de ello. Esta objetividad se va perdiendo a medida que se encuentran las ruinas de una raza alienígena (los Elder Ones) y se va revelando la historia de estos Antiguos. Finalmente, el terror directo lo provocan los shoggoths, herramientas/creaciones/esclavos descontrolados de estos seres tecnológicamente avanzados. Además de por su calidad intrínseca (aunque su estilo narrativo no es muy usual), esta historia es imprescindible en la obra Lovecraftiana por presentar claramente un enfoque científico de toda la mitología que ha ido esbozando en sus relatos, despojándolos así de significado sobrenatural.

En The Shadow Over Innsmouth (1931) aparece una tercera raza del pasado: los Deep Ones o Profundos. Con esto parece que Lovecraft cierra su trilogía de orígenes para otras razas o seres terroríficos, que vienen del Exterior, del Pasado o de las Profundidades. En esta historia, un turista llega a la extraña ciudad de Inssmouth, investigando los misterios locales durante el día. Por desgracia, la noche le atrapa en la ciudad y se ve obligado a huir de sus aberrantes habitantes, descubriendo diversos secretos oscuros. El relato contiene referencias a los Mitos de Cthulhu bastante más sutiles, y quizá por eso funcione mejor como relato de terror “tradicional” (aunque no carece del horror cósmico habitual en Lovecraft). La historia no carece de un cierto subtexto racista y xenófobo, pero al menos aquí el autor utiliza sus miedos para crear uno de sus mejores relatos.

Con The Dreams in the Witch House (1932) Lovecraft regresa a la mezcla de ciencia y brujería. Un estudiante desarrolla unas avanzadas teorías matemáticas que le permiten entrar en contacto con otras dimensiones, y ello le arrastra a las prácticas y ritos de una antigua bruja. Quizá sea uno de los relatos más flojos de esta etapa, pero es que Lovecraft está ahora en su mejor momento como escritor, y hasta las peores historias se revelan como prácticamente imprescindibles.

Lovecraft y E. Hoffmann Price (a incitación de este último) coescribieron el relato Through the Gates of the Silver Key, (1933) innecesaria secuela de la saga del Ciclo Onírico protagonizada por Randolph Carter, a cuyo destino se le quita todo el misterio que Lovecraft había dejado abierto en The Silver Key.

Probablemente tampoco se encuentre entre los mejores relatos de esta época The Thing on the Doorstep (1933), escrito en solo tres días. Se trata de un regreso a las historias de brujería “tradicional”, aunque con toques de los Mitos. Aún siendo un texto “menor”, no pueden dejarse de lado sus toques macabros y sus interesantes protagonistas, especialmente logrados considerando que Lovecraft no destaca precisamente por sus retratos de personajes. Entre ellos se encuentra el personaje femenino mejor trazado por Lovecraft (aunque tampoco es que haya muchos más donde elegir). También es curioso su ámbito, limitado a las experiencias de los personajes centrales, sin nada que remita al horror cósmico Lovecraftiano.

The Evil Clergyman (1933) es el relato de un sueño protagonizado por un extraño clérigo y su colección de libros prohibidos. Como sucede con otros casos similares, no es un verdadero relato, sino que está extraído de la correspondencia de Lovecraft.

The Book (1933) es un fragmento de historia sin completar, adaptación en prosa de uno de sus poemas, escrito en una época en la que Lovecraft está experimentando con diversos estilos y técnicas. No queda claro hacia donde iría esta historia de conjuros que cambian la perspectiva de ver el mundo.

Muy parecido a At the Mountains of Madness es The Shadow Out of Time (1935), que quizá cuenta con una narrativa más lograda (a pesar de que se escribió en apenas unos días), pero carece del efecto novedoso del relato anterior. Esta vez el protagonista experimenta de manera más directa los actos de unas nuevas criaturas (conocidas como la Gran Raza), capaces de desplazar sus mentes por el tiempo. Esto hace que el terror cósmico sea a la vez algo más próximo y personal, a lo que también ayuda un personaje protagonista mucho más elaborado. Si no existiera su predecesor, sería considerado sin duda como la mejor obra de Lovecraft. Como no es así, ambas obras deben compartir los afectos de los lectores.

Menos ambicioso es The Haunter of the Dark (1935), escrito como respuesta a The Shambler from the Stars, un relato de Robert Bloch en el que el autor hacía aparecer a un alter ego del propio Lovecraft. Bloch escribiría en 1950 una tercera parte (más floja) de esta especie de trilogía (The Shadow from the Steeple). En cierto modo, esto es una muestra más de cómo entendía Lovecraft los Mitos de Cthulhu: un juego literario entre amigos que aprovechan sus relatos para “matarse” entre sí en forma de personajes. Independientemente de la anécdota sobre su origen, se trata de un excelente relato, que toma el ancestral miedo a la oscuridad y lo integra perfectamente en los Mitos de Cthulhu, de manera sutil y efectiva.

Y quizá sea adecuado que The Haunter of the Dark sea el último relato escrito por Howard Phillips Lovecraft. Es una historia escrita como respuesta y muestra de aprecio a uno de sus muchos amigos por correspondencia, y que nos cuenta que en la oscuridad viven cosas que la humanidad no está preparada para entender. En cierto modo, toda una síntesis de cómo entendía Lovecraft su vida, de cómo entendía sus relatos.